¿Qué ocurre cuando una conversación digital termina movilizando agencias de inteligencia internacionales? La pregunta apareció mientras viajaba en colectivo y observaba, a través de la ventanilla, el edificio de la Escuela de Educación Técnica N.º 1. No era una escena de ese día. El viernes pasado no hubo clases. Era, más bien, el recuerdo de una imagen habitual: estudiantes ingresando al establecimiento, grupos conversando en la vereda, docentes atravesando el portón de entrada. Horas antes había leído la noticia sobre una amenaza contra una escuela de Paraná que activó alertas internacionales, organismos nacionales de seguridad y fuerzas provinciales. Desde entonces, aquella imagen cotidiana comenzó a verse de otra manera. La escuela seguía allí, pero ya no aparecía únicamente como un espacio de enseñanza. También se había convertido en un objeto de observación.
Los sistemas contemporáneos de seguridad funcionan precisamente a través de esa transformación de la mirada. Los acontecimientos no solo ocurren: son detectados, clasificados y convertidos en imágenes operativas. Una conversación digital, dispersa entre mensajes y plataformas, fue interpretada como señal de riesgo y transformada en una representación de amenaza. Esa imagen comenzó entonces a circular por distintas escalas institucionales hasta producir efectos concretos sobre el territorio. Antes de la intervención policial existió una operación visual. Alguien observó, interpretó y decidió que aquello merecía atención. La amenaza no fue simplemente descubierta; fue construida como objeto visible.
La cuestión es relevante porque las imágenes no son reflejos neutrales de la realidad. Son formas de organización del mundo. Ver implica seleccionar, jerarquizar y atribuir sentido. Cuando un sistema de vigilancia identifica una amenaza, no solo registra información: produce una determinada lectura de los hechos. Desde esta perspectiva, la seguridad contemporánea depende cada vez menos de la presencia física de agentes y cada vez más de infraestructuras capaces de transformar datos en imágenes de riesgo. Algoritmos, plataformas digitales y organismos de inteligencia participan de un mismo proceso de visualización anticipada. Lo que se vigila ya no es únicamente lo que ocurre, sino aquello que podría llegar a ocurrir.
La situación también permite observar una dimensión geopolítica menos visible. La primera lectura legítima del peligro no surgió en la comunidad educativa afectada ni en instituciones locales. Provino de redes tecnológicas y organismos de inteligencia vinculados al Norte global. La capacidad de observar, clasificar y definir qué constituye una amenaza continúa concentrándose en espacios que ocupan posiciones privilegiadas dentro de la economía mundial de la información. La colonialidad ya no opera solamente sobre territorios o recursos; también organiza regímenes de visualidad. Algunos actores poseen la capacidad de mirar y producir imágenes autorizadas del riesgo. Otros aparecen fundamentalmente como objetos de esa mirada.
La rutina escolar continúa. Las aulas se llenan, los docentes enseñan y los estudiantes circulan por los pasillos. Sin embargo, el episodio deja una pregunta abierta sobre las formas contemporáneas del poder. Mientras las autoridades educativas observan con celo los libros de temas y señalan la incompletud de registros administrativos, los sistemas de vigilancia operan desde la lógica del capital cognitivo: procesan datos, anticipan conductas y construyen imágenes del peligro en tiempo real. El contraste resulta inquietante. Casi una escena de teatro del absurdo. Una burocracia controla papeles mientras una compleja arquitectura global de observación decide qué merece ser visto, protegido o considerado una amenaza.
J. Noriega
imagen. IA













