En el recreo del jueves Facundo le rompió el labio a Tomás Nievas de un cabezazo. No fue el primero. En octubre le había torcido el pulgar a una nena de segundo sin que quedara claro por qué. En agosto hubo un episodio con la directora: Facundo en el pasillo, brazos cruzados, la vista fija en el piso con una quietud que ella describió como desafiante y que la maestra definió después, en voz baja, de otro modo: como si escuchara algo que los demás no podían oír.
Convocaron a los padres.
No vinieron los padres. Llegó una tía que en realidad era la pareja de un tío que tampoco era del todo tío. Se sentó en la silla pequeña frente al escritorio grande y dijo que hacía lo que podía: que la madre estaba entre Neuquén y Roca, que el padre era “un tema”, que Facundo a veces no dormía, que a veces llegaban desconocidos a la casa. Repetía: hacía lo que podía.
La directora tomó nota. La psicopedagoga habló de vínculos primarios y sostén. La maestra escuchó sin intervenir. Más tarde dijo en la sala de profesores: el problema no es que no tenga límites. Es que sabe exactamente hasta dónde llega cada uno. Y siempre un poco más.
Facundo tiene nueve años.
La casa donde vive —cuando está— es precaria, de chapas y madera, levantada en un borde de barrio sin nombre firme, donde el viento entra como si tuviera permiso. No hay aislamiento. Todo se filtra: el ruido de la calle de tierra, los motores lejanos, las voces que se cruzan en patios vecinos. De noche, la oscuridad no tapa, expone. Facundo escucha eso y escucha más: lo que no se nombra pero insiste, lo que sigue aun cuando el resto calla.
La madre de Facundo se fue y volvió varias veces. Siempre con los mismos nombres alrededor: Neuquén, Roca, un primo, una deuda, algo por resolver. El padre es una foto en el teléfono de la tía que no es tía. En la imagen, los brazos cruzados, la mirada fija en un punto fuera del encuadre, como midiendo una distancia que los demás no ven.
Lo que hay en Facundo no es carencia. Es extensión: demasiado espacio sin forma, demasiada intemperie sin borde. Creció en esa exposición donde todo continúa. Aprendió a leer lo que no se interrumpe. Aprendió a medir en la oscuridad.
Por eso sabe hasta dónde llega cada uno.
En las reuniones de personal circula otra cosa: que es insostenible, que el grupo está afectado, que los padres preguntan, que la escuela tiene límites, que el equipo de orientación intervino, que hay un protocolo, que algo debe hacerse, que ya se hizo lo posible.
Lo que no circula es esto: que Facundo lee con una velocidad que llamó la atención desde el primer día. Que en plástica produce objetos que no coinciden con la consigna, ni mejores ni peores, simplemente desplazados, como si resolviera problemas que no fueron planteados. Que una vez, ante la discusión por el recreo del jueves, dijo: yo no empecé. Y cuando la directora preguntó quién entonces, respondió: empezó antes.
Nadie supo qué hacer con esa frase.
El acta de la reunión extraordinaria recomienda evaluación externa y treinta días de observación antes de medidas definitivas. La palabra expulsión no aparece. Se usa la fórmula: desvinculación transitoria por el bien del grupo.
La maestra firma. Esa noche no duerme. Piensa en “empezó antes”. En la tía que hacía lo que podía. En la madre entre Neuquén y Roca. Y entiende, sin decirlo, que no hay orden estable: solo conflicto latente encarnado, como una historia que no termina de resolverse y sigue mirando desde su primera oscuridad.
J. Noriega
imagen. IA













