Me desperté a las tres de la mañana. No había tenido ninguna pesadilla. Fue una sensación de vacío, como si durante la noche alguien hubiera retirado una parte invisible del mundo. Permanecí unos segundos inmóvil, intentando reconocer qué faltaba. No encontré respuesta.
Fui hasta la cocina. Abrí la canilla para lavarme las manos. Entonces lo vi. En el centro de la palma derecha había un agujero. No una herida. Un agujero perfecto. El agua atravesaba la mano y caía del otro lado. Podía ver la pileta a través de mi carne. No dolía. Moví los dedos. Todo funcionaba con normalidad. No había sangre. Solo una ausencia limpia.
Tomé un cuchillo e introduje lentamente la punta por el agujero. La vi aparecer del otro lado de la mano. No sentí absolutamente nada. Lo retiré y observé la piel intacta. Miré el piso buscando una gota de sangre. No había ninguna. Me acerqué a la ventana para aprovechar la luz de la calle. El agujero seguía allí, tan real como mis dedos.
Me obligué a respirar despacio. Busqué explicaciones sencillas: una alucinación, una fiebre, un sueño del que todavía no terminaba de salir. Apoyé la frente contra la heladera. El metal estaba frío. El piso era sólido. El olor del café de la tarde seguía flotando en la cocina. Todo parecía confirmar que el mundo existía. Sin embargo, cada certeza duraba apenas un instante. Bastaba con mirar otra vez el agujero para que todo lo demás se volviera sospechoso.
Entré al living y comprendí que el agujero no estaba únicamente en mi mano. En medio de la habitación había otro. Negro. Del tamaño de una mesa ratona. Empujé una silla hacia él. Desapareció sin hacer ruido. Esperé el golpe. Nunca llegó.
Entré al baño buscando un espejo. Al abrir la puerta encontré otro abismo ocupando casi toda la habitación. La cerré de inmediato y corrí hasta la puerta de entrada.
No estaba el pasillo.
Solo un espacio infinito.
Estrellas. Nebulosas. Galaxias suspendidas en una oscuridad inmensa. No parecían lejanas. Era como si el departamento hubiera quedado abierto sobre el universo.
Cerré la puerta. Intenté ordenar las ideas. Tal vez mis sentidos me engañaban. Tal vez nada de lo que veía estaba ocurriendo realmente. Recordé: un genio maligno, infinitamente poderoso, podía fabricar un mundo entero para hacerme creer en cosas que no existían. Si era así, no podía confiar en mis ojos, ni en mis manos, ni en el suelo que pisaba. Debía existir alguna verdad que resistiera incluso el engaño más perfecto.
Busqué un cuaderno y una lapicera.
Entonces advertí que el agujero de mi mano había crecido. Alcanzaba la muñeca. Intenté escribir cualquier frase. No importaba cuál. Bastaba con dejar una marca antes de que todo terminara.
La lapicera atravesó el vacío donde antes había dedos.
Miré alrededor. Los muebles mostraban pequeños huecos negros. El respaldo de una silla. Una fotografía. La biblioteca. Cada vacío crecía lentamente, como si el universo hubiera comenzado a olvidar su propia materia.
Comprendí entonces que no estaba perdiendo el mundo. El mundo estaba perdiendo la capacidad de contenerme.
Quise aferrarme a una última certeza.
No encontraba ninguna. No porque hubiera dejado de pensar. Sino porque la palabra comenzaba a quedarse sin mundo.
El agujero alcanzó el pecho. Después la garganta. No hubo dolor. Solo una disminución lenta. La última idea apareció sin voz.
Si el genio maligno existía, esta vez había ganado.
Ya era tarde.
J. Noriega
imagen. IA














