“La plata no sale de los árboles.” “No se puede gastar más de lo que entra.” “La emisión siempre genera inflación.” Las escuché en una cola del banco, en la sala de profesores y en conversaciones de comerciantes preocupados por las ventas. Son frases de sentido común que circulan con naturalidad porque parecen describir una verdad evidente. Sin embargo, detrás de ellas no hay solamente experiencia cotidiana. Hay también teorías económicas sedimentadas que, con el tiempo, dejaron de presentarse como teorías para convertirse en explicaciones aparentemente obvias de la realidad. Lo que parece una observación espontánea suele ser el resultado de décadas de debates, disputas intelectuales y decisiones políticas que terminaron cristalizándose en fórmulas repetidas hasta volverse invisibles.
Buena parte de la discusión económica contemporánea ocurre precisamente allí: en el momento en que una interpretación particular logra presentarse como sentido común universal. La tradición liberal y austriaca sostiene que la inflación surge principalmente de la expansión monetaria, que los mercados transmiten información más eficientemente que los gobiernos y que las intervenciones estatales suelen producir distorsiones cuyos costos aparecen más tarde. La fortaleza de esta mirada reside en su coherencia interna. El problema comienza cuando esa explicación deja de verse como una perspectiva entre otras y pasa a ocupar el lugar de explicación natural de toda economía posible.
La cuestión es especialmente relevante para América Latina. Las teorías económicas más influyentes fueron elaboradas en contextos históricos muy diferentes a los nuestros. Surgieron en países con monedas fuertes, mercados financieros desarrollados y posiciones centrales dentro de la economía mundial. Cuando esas categorías se trasladan automáticamente a sociedades atravesadas por endeudamiento externo, dependencia tecnológica, concentración económica y vulnerabilidad financiera, parte de nuestra experiencia histórica queda fuera del análisis. La inflación, por ejemplo, deja de ser un fenómeno vinculado a relaciones globales de poder para aparecer exclusivamente como un problema técnico de administración monetaria. Lo mismo ocurre con el empleo, la inversión o el desarrollo: procesos complejos son reducidos a variables abstractas que muchas veces no logran capturar las condiciones concretas de nuestras economías periféricas.
La discusión económica no gira únicamente alrededor de números, presupuestos o estadísticas. También involucra formas de interpretar la realidad y de imaginar futuros posibles. Cuando una teoría se vuelve dominante, no sólo organiza diagnósticos; también delimita aquello que puede pensarse como solución. Algunas preguntas ganan centralidad mientras otras desaparecen del horizonte. Determinados problemas se vuelven visibles y otros quedan relegados a un segundo plano. Así, las teorías económicas no describen simplemente el mundo: contribuyen a construirlo simbólicamente.
Por eso, el desafío no consiste en reemplazar una ortodoxia por otra. Consiste en recuperar la capacidad de producir categorías desde nuestra propia experiencia histórica. Una economía decolonial no niega las teorías existentes; las reubica en su lugar. Las reconoce como herramientas parciales y situadas, no como verdades universales. El lugar de la teoría económica no está por encima de la historia: está dentro de ella. Y desde América Latina, pensar la economía exige comenzar por esa evidencia. Ninguna sociedad puede comprender plenamente sus problemas si los observa exclusivamente con conceptos producidos para otras trayectorias históricas. La autonomía intelectual comienza cuando una comunidad logra transformar su propia experiencia en fuente legítima de conocimiento.
J. Noriega
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