Volvió a ocurrir. El fútbol desobedeció a los pronósticos. Porque a los partidos hay que jugarlos. Porque la pelota nunca acepta del todo las jerarquías. Antes del comienzo, muchos imaginaban una goleada argentina. La confirmación de una superioridad escrita de antemano. Casi una obligación. Pero el juego respiró por otro lado. Cada recuperación. Cada pase. Cada avance de Cabo Verde recordó que el fútbol no pertenece a las estadísticas, sino a las emociones compartidas.
La diferencia de historia era inmensa. De un lado, una selección campeona del mundo, reconocida en todos los rincones del planeta. Del otro, un equipo que todavía lucha por hacerse visible en el mapa del fútbol mundial. Sin embargo, durante ciento veinte minutos, la cancha suspendió esa desigualdad. Allí apareció una verdad que demasiadas veces los relatos deportivos ocultan: el protagonista nunca es un héroe solitario. Es el equipo. Mientras muchos medios vuelven a construir la leyenda de Lionel Messi, como si todo comenzara y terminara en él, el partido mostró otra cosa. Once voluntades latiendo al mismo tiempo. Un nosotros antes que un yo.
El filósofo africano Achille Mbembe escribió que toda dominación cultural necesita producir a un otro subordinado para confirmar su propia centralidad. También el deporte traslada ese prejuicio. Se espera que unos brillen y que otros apenas acompañen la escena. Cabo Verde rechazó ese lugar. No pidió permiso para competir. Jugó con dignidad. Con inteligencia. Con una alegría que nunca confundió el respeto con la resignación. Jugó como juega el Sur cuando decide creer en sí mismo. Le recordó al mundo que la historia pesa, pero nunca alcanza para jugar un partido.
Y entonces apareció la imagen más potente. El encuentro terminó, pero nadie necesitó humillar al otro para celebrar. Hubo abrazos. Sonrisas. Camisetas intercambiadas. El adversario volvió a ser un compañero de juego. Aquellos abrazos dijeron más que cualquier resultado. Allí el fútbol recuperó algo que el mercado del espectáculo suele olvidar: el rival no existe para ser destruido, sino para hacer posible el partido. Sin el otro, no hay juego. Sin reconocimiento, tampoco hay victoria que permanezca. El fútbol, por un instante, volvió a parecerse a la vida que deseamos.
Quizá esa haya sido la verdadera enseñanza de Cabo Verde. No solamente que a los partidos hay que jugarlos. También que la grandeza nunca consiste en confirmar una superioridad esperada, sino en reconocer la humanidad del que está enfrente. Ojalá la selección argentina conserve siempre ese camino. Ganar, sí. Pero sin olvidar que el fútbol alcanza su cumbre cuando el mundo deja de dividirse entre enemigos y vuelve a latir como un juego de compañeros. Esa fue, acaso, la mayor victoria de la noche. La que no figura en el marcador, pero permanece en la memoria.
En ese sentido, el partido también funcionó como una pequeña pedagogía colectiva. No para enseñar superioridades, sino para desmontarlas. Cada disputa por la pelota fue una forma de igualdad momentánea, una suspensión de los lugares fijos que suelen ordenar el mundo. Incluso el silencio del estadio, en ciertos tramos, parecía reconocer esa suspensión. Allí donde se esperaba rutina apareció incertidumbre. Allí donde se anticipaba dominio emergió resistencia. Y en esa oscilación mínima se jugó algo más que fútbol: una pregunta sobre cómo miramos al otro cuando el resultado deja de ser destino y se vuelve apenas posibilidad compartida en común.
J. Noriega
imagen. IA













