«No busco la mejor jugada, sino la jugada que plantea los problemas más difíciles.»
—Magnus Carlsen

A las seis y veinte de la tarde, cuando el calor todavía permanecía pegado a las paredes, Martín recibió el mensaje.

Tenemos que hablar.

Reconoció el número de Laura aunque hacía nueve meses que no hablaban. Dejó el teléfono sobre la mesa y continuó acomodando las piezas del ajedrez. Jugaba solo desde que ella se había ido. No porque le gustara ganar, sino porque prefería esas posiciones en las que ninguna jugada terminaba de ser correcta.

El mensaje volvió a vibrar.

¿Podés venir?

Martín miró el reloj. Después, el tablero.

Tenía las negras.

La posición había cambiado mientras él miraba el teléfono. Un caballo estaba ahora en una casilla que no recordaba haber tocado. Martín acercó la cara. El caballo parecía más pequeño que antes, casi de madera vieja.

Había una jugada sencilla: mover la dama, cambiar piezas, entrar en un final favorable. La conocía de memoria.

Pero había otra.

Sacrificar el caballo.

Martín lo hizo.

Entonces escuchó, desde la habitación vacía, el ruido de una puerta que se abría.

No había ninguna puerta allí.

Tomó el teléfono.

Voy.

Laura vivía a doce cuadras. Martín caminó sin apuro. La calle estaba llena de gente, motos, colectivos y persianas que comenzaban a bajar. En una esquina, un hombre esperaba junto a un auto con el capot abierto. Una mujer hablaba por teléfono frente a una farmacia.

Al pasar junto a una vidriera, Martín se vio reflejado.

Su reflejo no caminaba. Se había detenido frente al tablero.

Martín siguió. No volvió a mirar la vidriera, aunque durante varias cuadras oyó detrás de él el sonido de sus propios pasos, desfasados apenas, como si otra versión de sí mismo caminara por una calle paralela, cercana, que todavía no figuraba en ningún mapa.

Laura lo esperaba en la vereda.

—Pensé que no ibas a venir.

—Yo también.

Ella sonrió apenas.

—Necesito pedirte algo.

Sacó un sobre del bolsillo del abrigo.

—Vendí la casa.

Martín reconoció el logotipo del banco. La casa de sus padres. La casa donde habían vivido juntos cuatro años.

—Quedaron algunas cosas —dijo Laura—. Necesito que firmes.

Sacó una hoja.

Había dos casillas: aceptación y rechazo.

Martín tomó la lapicera.

—¿Eso es todo?

Laura miró hacia el edificio.

—Casi.

—¿Qué falta?

—Lo que no supimos repartir.

Por un instante, las ventanas del edificio se iluminaron todas al mismo tiempo. Detrás de cada una apareció la misma habitación: la casa que habían compartido. En una estaba la mesa. En otra, los libros. En otra, las fotografías. En la última, ellos dos, sentados frente a frente, como si todavía vivieran allí.

Laura no pareció sorprendida.

—A veces pasa —dijo.

Martín bajó la lapicera.

—¿Desde cuándo?

—Desde que la vendí.

—¿Y qué querés que haga?

Laura señaló la hoja.

—Elegí.

Martín miró las dos casillas.

Después miró las ventanas.

Sacó el teléfono. En la pantalla había aparecido una fotografía del tablero de su departamento.

Las negras habían perdido la dama.

Pero el caballo sacrificado estaba de nuevo en su lugar.

Martín tachó aceptación.

Tachó rechazo.

Laura lo observó.

—Eso no vale.

—Ya veremos.

Él guardó la hoja en el bolsillo.

—Mañana volvemos.

—¿A la casa?

—Sí.

—Ya no es nuestra.

Martín miró las ventanas. Ahora todas estaban oscuras.

—Tal vez nunca fue solamente nuestra.

Laura permaneció callada. Después preguntó:

—¿A qué hora?

—A las diez.

—¿Y qué vamos a llevarnos?

Martín pensó en la mesa, los libros, las fotografías.

—No sé.

Laura sonrió.

—Entonces todavía hay tiempo.

Esa noche, al regresar, Martín encontró el tablero exactamente como lo había dejado.

O casi.

El caballo estaba en su casilla.

La puerta inexistente permanecía abierta.

Y detrás de ella comenzaba la habitación.

Martín no se movió.

Desde el otro lado llegó la voz de Laura:

— Movés vos.

Sobre el tablero, las negras esperaban.

J. Noriega

imagen. IA

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