Subí al colectivo y, después de pagar, sentí algo raro. No era miedo ni mareo. Era como si el aire de adentro pesara más que el de la calle. El colectivo avanzaba casi vacío. Miré hacia el fondo y vi tres guazunchos apretados contra el vidrio. Estaban inmóviles, juntos, mirando hacia afuera. Pensé que estaba viendo mal. Volví a mirar. Seguían allí.

Caminé unos pasos por el pasillo y entonces vi las ranas. Había algunas debajo de los asientos, otras entre los pies de los pasajeros. Una saltó junto a una mochila. Nadie pareció sorprenderse. Después vi una comadreja sentada entre una mujer y un hombre que miraban sus teléfonos. Había otras. También plantas: una enredadera crecía desde una ventanilla, pastos largos aparecían entre las piernas de los pasajeros y una planta de flores amarillas salía de una mochila abierta.

Me quedé parado en el medio del colectivo.

—¿Qué está pasando?

Nadie respondió. Miré al colectivero por el espejo. Me estaba mirando.

—Subí todo lo que pude —dijo.

—¿Qué?

—Todo.

Señaló hacia atrás.

—Me avisaron que se viene un diluvio.

—¿Quién?

No contestó. Una señora sentada en la primera fila se dio vuelta. Tenía el pelo mojado.

—¿No viste los terremotos de Colombia? —me preguntó.

—No.

—Ah.

Volvió a mirar hacia adelante.

Quise bajarme. Toqué el timbre. No sonó. Volví a tocar. Nada.

—Abra la puerta —le dije al colectivero.

Él siguió manejando.

Afuera comenzó a llover. Primero unas gotas; después, una cortina de agua. La calle desapareció. El agua cubrió la vereda, los autos, los árboles. Quise abrir la puerta manualmente, pero no pude.

Miré hacia el fondo. Los tres guazunchos seguían contra el vidrio. Las ranas habían comenzado a moverse. Las comadrejas se escondieron debajo de los asientos. Las plantas crecían. Una rama atravesó el techo.

El agua ya llegaba a las ruedas.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

El colectivero me miró por el espejo.

—Arriba.

—¿Arriba adónde?

—Todo lo que podamos.

El colectivo siguió avanzando. Ya no había calle. Avanzábamos sobre el agua. Miré por la ventanilla. No había casas, ni árboles, ni cables. Sólo agua.

A lo lejos aparecieron las luces de otro colectivo.

Venía en sentido contrario.

También iba lleno de animales.

Sentí nuevamente aquello que había sentido al subir. No era miedo. Era reconocimiento. Como si el viaje no hubiera comenzado cuando subí.

Como si nosotros hubiéramos estado viajando desde mucho antes.

Entonces los animales se pusieron de pie.

Los tres guazunchos abandonaron el fondo. Las ranas saltaron hacia la puerta trasera. Las comadrejas salieron de debajo de los asientos. Pensé que iban a escapar.

La puerta se abrió.

Afuera había agua. Pero los animales bajaron. Uno detrás de otro. Caminaron sobre la superficie como si fuera tierra firme. Los guazunchos avanzaron primero. Después las ranas. Después las comadrejas. Los pasajeros miraban en silencio. Yo también.

Entonces comprendí que el colectivo no era un refugio. Era otra cosa.

Miré al colectivero.

—¿Adónde los lleva?

Por primera vez pareció sorprendido.

—¿A ellos?

Señaló por la ventanilla.

—Ellos ya saben.

Miré hacia afuera. Los animales se alejaban sobre el agua. Entonces vi algo que me dejó sin respiración. No estaban huyendo del diluvio. Estaban yendo hacia él.

A lo lejos, en medio del agua, aparecía una línea oscura. Parecía una costa, pero avanzaba lentamente hacia nosotros.

El colectivero encendió las luces.

—Ahora sí —dijo.

—¿Ahora sí qué?

No respondió.

El colectivo aceleró. Miré nuevamente por la ventanilla. La línea oscura se acercaba. No era una costa. Eran árboles.

Miles de árboles.

Venían flotando juntos, arrastrados por la corriente, formando una masa enorme de ramas y raíces. Los animales comenzaron a desaparecer entre ellos. Entonces comprendí por qué el colectivero había dicho que había subido todo lo que pudo.

No había recogido pasajeros. Había recogido lo que debía sobrevivir. El colectivo siguió avanzando hacia los árboles. Y por primera vez entendí que el diluvio no estaba llegando.

Ya había comenzado.

J. Noriega

imagen. IA

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