Jesús cumplía siete años y Malvina había decidido preparar la torta. Desde temprano ocupó la cocina como si organizara una ceremonia. Batió los huevos, midió la harina, derramó parte de la leche y volvió a empezar. Quería que todo saliera perfecto para él. No advertía que esa era una de sus fallas: creer que aquello que hacía por Jesús era, por ese solo hecho, lo que Jesús necesitaba.

Había elegido siete amigos. Los conocía a todos y había pensado dónde sentarlos, qué servirles y a qué hora cortar la torta. Cuando llegaron, la casa se llenó de zapatillas, vasos de gaseosa y gritos. Jesús corría entre ellos con una alegría que a Malvina le parecía excesiva. Lo llamó dos veces para acomodarle el pelo. Él se apartó riendo y volvió con los otros.

Mientras encendía el horno, recordó el día en que supo que estaba embarazada. Primero había sentido miedo. Después, una especie de obediencia frente a algo que ya estaba ocurriendo dentro de ella. Recordó las consultas, las conversaciones entrecortadas, la espera. Y recordó el nacimiento: una luz blanca, una puerta, manos que entraban y salían, su cuerpo agotado y aquel llanto que tardó unos segundos en reconocer como el de su hijo.

Entonces escuchó la voz de su abuelo.

No sabía si había hablado realmente o si la memoria había aprendido a imitarlo. Era la voz que tenía cuando trabajaba en el patio y hablaba sin mirar a nadie. Dijo una frase breve, de esas que Malvina había olvidado durante años. Después volvió el ruido de los chicos y la voz desapareció.

Malvina miró la torta.

Había quedado torcida. El chocolate se había acumulado en un borde y una de las velas no entraba derecha. Intentó corregirla con el cuchillo. La empeoró. Se quedó quieta, con la mano apoyada sobre la mesa.

En un cajón guardaba una carta de su madre. La había recibido años atrás y nunca había sabido qué hacer con ella. La buscó. El papel estaba añejo. Reconoció inmediatamente la letra.

La carta hablaba de ella, pero no como Malvina había esperado. Su madre no pedía perdón ni explicaba el pasado. Escribía que había cosas que una madre hace creyendo que cuida y que, con el tiempo, descubre que también pueden dañar. Al final había una frase que Malvina leyó dos veces: «No confundas estar para alguien con elegir por él».

Desde el comedor llegó una carcajada. Jesús entró corriendo.

—¿Qué es eso?

Malvina levantó la carta.

—Una carta de tu abuela.

Jesús la miró apenas y después señaló la torta.

—¿La cortamos?

Malvina estuvo a punto de decirle que todavía no, que las velas estaban mal puestas, que faltaba acomodar los platos. Miró nuevamente la torta torcida. Pensó en el embarazo, en el nacimiento, en la voz de su abuelo y en la letra de su madre. Por primera vez entendió que quizá había pasado demasiado tiempo intentando que el amor tuviera una forma justa.

—Sí —dijo—. Vamos.

Los siete chicos se acercaron a la mesa. Malvina clavó las siete velas sin enderezarlas. Jesús encendió la primera y luego las demás. Cuando comenzaron a cantar, cada uno lo hizo a su propio ritmo.

Malvina no los corrigió.

Jesús sopló. Las llamas desaparecieron y una pequeña columna de humo subió sobre la torta imperfecta.

—Pedí un deseo —dijo uno de los chicos.

Jesús sonrió.

Malvina no preguntó cuál.

Cortó la primera porción y se la dio a su hijo. Él la recibió con las dos manos, como si fuera una cosa sagrada. Malvina lo miró comer y comprendió que los años corrían, lenta y silenciosamente, como el arroyo que se escuchaba de fondo.

La carta quedó sobre la mesa.

Afuera seguían jugando.

Por un instante volvió a escuchar la voz de su abuelo, pero esta vez no intentó entender qué quería decirle.

Solo se dejó atravesar por esa voz.

J. Noriega

imagen. IA

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