La zapatería quedaba sobre Corrientes, entre dos dietéticas y un local que vendía peluches chinos que, si uno los miraba demasiado tiempo, parecían estar vendiendo algo más que a sí mismos.
Graciela entró sin intención de comprar nada. Llevaba tres semanas con licencia psiquiátrica. El psiquiatra le había dicho: camine hasta que los pensamientos se gasten solos. Nadie le explicó que los pensamientos no se gastan. Que son de ese material que se estira, se deforma, pero no cede.
Vio al chico de espaldas. Probándose unas zapatillas negras frente al espejo bajo, con la concentración de alguien que no mira las zapatillas sino el tiempo: ese tiempo denso, anterior a toda decisión, en que el mundo todavía podría ser cualquier cosa.
Giró para llamar a la vendedora y el movimiento duró, para Graciela, lo que dura una partida cuando uno ya sabe que va a perder pero sigue jugando porque detenerse sería admitir algo que va más allá del tablero. Lo reconoció. Faustino Oro. El nombre llegó después del cuerpo, como siempre llegan los nombres importantes: tarde, innecesariamente, como un subtítulo en un idioma que ya entendías.
—¿Faustino?
Levantó la vista sin sorpresa.
—Sí.
—Trabajo en una revista escolar —dijo Graciela—. ¿Te puedo hacer unas preguntas?
Mientras hablaba, el local empezó a cambiar de escala. No dramáticamente: con esa discreción con que cambian las cosas cuando nadie las vigila. La fila de botas en oferta se extendió hacia atrás más allá de los metros reales. La vendedora que se alejaba al fondo siguió alejándose más allá del fondo, atravesó algo, desapareció. El ruido de Corrientes llegaba desde una ciudad superpuesta a ésta, idéntica pero con un propósito diferente.
Faustino asintió. La miró como había mirado las zapatillas.
—Cuando ganaste el título, muchos decían que eras un genio. ¿Vos te sentís así?
—No sé qué es ser un genio. Yo entreno mucho. Y tuve gente que me ayudó.
Yo entreno mucho. En ese local que ya medía más metros de los que debería, la respuesta sonó como una proposición metafísica: el genio como acumulación de tiempo en un punto, el tiempo apretado hasta que revienta y sale algo que parece milagro pero es solo presión. Toda singularidad, en el fondo, trabajo repetido hasta volverse irreconocible.
—¿Y cualquier chico podría llegar donde llegaste?
El chico no respondió de inmediato. Miró hacia la vidriera. Los peluches del local de al lado se habían reorientado hacia la zapatería —todos, de golpe, con la unanimidad perturbadora de una congregación— y en sus ojos de plástico había algo que no era expresión pero tampoco era su ausencia: era otra cosa, un tercer estado, como las preguntas que no esperan respuesta sino que esperan que uno madure hasta merecerla. Al fondo, donde había estado la vendedora, se acumulaba una penumbra que no era oscuridad sino decisiones no tomadas, visible solo si uno la buscaba. Corrientes seguía sonando desde la otra ciudad.
—Necesitás tiempo para entrenar —dijo Faustino—. Y no todos lo tienen.
La frase cayó sin drama, sin ornamento. Con esa desnudez que solo alcanzan las sentencias que no saben que lo son.
Graciela apagó la grabación.
El chico fue a pagar. Sacó un sobre, contó los billetes, ajeno por completo al hecho de que el local había recuperado sus dimensiones, de que la vendedora estaba donde siempre había estado, de que los peluches miraban de nuevo hacia ninguna parte.
Salieron. En la vereda, Faustino esperaba a alguien. Graciela volvió adentro un momento, miró el teléfono: el archivo estaba guardado.
No existía ninguna revista escolar.
Pero entre pregunta y respuesta hay un instante —brevísimo, del tamaño de un giro frente a un espejo bajo— en que los dos coinciden en el mismo tiempo real. El único tiempo que existe. Que es siempre presente y siempre ya pasado. Una maestra en licencia que había hecho preguntas otra vez. Lo único que sabía hacer. Lo único, también, que valía la pena saber.
J. Noriega
imagen. IA














