Todavía era de noche cuando me despertó un ruido.
No fue un golpe ni un grito. Era un sonido húmedo, irregular, difícil de reconocer, como si algo se arrastrara lentamente sobre el piso. Permanecí inmóvil unos segundos, con la respiración contenida, esperando que desapareciera. La casa volvió a quedarse en silencio y pensé que había sido un resto del sueño. Cerré otra vez los ojos.
Entonces regresó.
Más breve.
Más cerca.
Abrí los ojos de golpe y busqué el reloj sobre la mesa de luz.
Las cuatro y doce.
No había viento. La persiana permanecía inmóvil y desde la calle no llegaba ningún ruido. Ni un motor, ni un perro, ni el paso de alguien volviendo tarde. Ese silencio absoluto hacía que el sonido resultara todavía más extraño.
Me incorporé despacio y apoyé los pies sobre el piso frío. Permanecí sentado un instante antes de levantarme, intentando adivinar de dónde podía venir. Pensé en Artemis. A veces perseguía insectos durante la noche y convertía la casa en un territorio propio. Sonreí apenas, convencido de que encontraría algún desastre menor.
Abrí la puerta del dormitorio.
El pasillo estaba completamente oscuro. La única claridad entraba desde una ventana del fondo, donde comenzaba a insinuarse el color gris del amanecer. Di dos pasos y entonces la vi.
Una gota.
Oscura.
Sobre la cerámica.
Me agaché para observarla. Pensé que era barro. Pasé un dedo con cuidado. No era barro.
La retiré lentamente.
La yema quedó húmeda.
Sentí un escalofrío.
Di otro paso.
Había una segunda gota.
Después una tercera.
Las manchas formaban un camino preciso que atravesaba el pasillo y continuaba hacia la cocina. No parecían salpicaduras al azar. Habían sido dejadas por algo que avanzó lentamente, perdiendo sangre a intervalos regulares.
Seguí caminando.
A medida que avanzaba las gotas se hacían más frecuentes. Algunas ya no eran simples círculos oscuros sino pequeñas manchas alargadas, como si aquello que las hubiera dejado hubiera empezado a arrastrarse.
La casa seguía en silencio.
Solo escuchaba mi respiración.
Y el leve crujido de la madera bajo mis pies.
Al llegar a la cocina distinguí un movimiento.
Era Artemis.
Cruzó lentamente frente a mí sin mostrar ninguna prisa. Caminaba con la elegancia silenciosa que siempre había tenido, la cola apenas elevada, los pasos exactos de quien conoce cada rincón de la casa. Se detuvo un instante y volvió la cabeza hacia mí.
Nos miramos.
Sus ojos verdes parecían absorber la escasa luz de la madrugada.
Después siguió hasta el patio.
No corrió.
No maulló.
Simplemente se echó junto al cantero y permaneció allí, inmóvil, como si estuviera aguardando mi llegada.
Me acerqué.
La acaricié con cuidado.
El lomo estaba tibio.
Las patas, limpias.
No había rastros de sangre en el pelaje.
Solo cuando levantó ligeramente la cabeza advertí una pequeña pluma gris adherida al borde de la boca. Era casi imperceptible, atrapada entre dos bigotes. Debajo, una delgada línea oscura, ya seca, manchaba apenas el labio inferior.
Artemis cerró los ojos mientras la acariciaba.
Ronroneó apenas.
Después volvió a mirar hacia el fondo del patio.
Seguí la dirección de su mirada.
El rastro continuaba.
Ahora las gotas eran más grandes.
Más oscuras.
El aire tenía un olor metálico que hasta entonces no había reconocido y que parecía intensificarse con cada paso.
Avancé despacio, procurando no pisar las manchas.
Las primeras plumas aparecieron junto a una maceta de malvones. Eran pocas, desordenadas, movidas apenas por una corriente de aire que yo no alcanzaba a sentir.
Di dos pasos más.
Había muchas.
Blancas.
Grises.
Pegadas a las baldosas.
Enredadas entre las hojas.
Algunas permanecían adheridas a la pared, como si hubieran quedado atrapadas en un último intento de vuelo.
Sentí un nudo en el estómago.
Todavía no podía ver el final del rastro.
Solo las plumas.
Y aquel olor persistente.
Seguí avanzando.
Entonces lo vi.
En el rincón más alejado del patio yacía el cuerpo de una paloma.
Estaba completamente despedazada.
Las alas habían sido arrancadas del cuerpo. El pecho permanecía abierto. Plumas, pequeñas gotas de sangre y fragmentos de piel dibujaban alrededor una especie de círculo irregular. Solo la cabeza parecía intacta.
Uno de sus ojos, inmóvil, reflejaba la primera claridad del amanecer con una nitidez insoportable.
J. Noriega
imagen. IA














