Nadie sabía cuándo empezaba una asamblea, porque cuando crucé el patio ya había grupos discutiendo, cartones extendidos sobre el piso y una fila de termos apoyados contra la pared como si también esperaran turno para intervenir. El edificio llevaba una semana sin clases y, aun así, parecía más habitado que durante el cuatrimestre.
Hundí el pincel en la pintura negra y una compañera, sin levantar la vista del cartón, preguntó:
—¿Negro queda?
—Queda.
No agregó nada más y siguió trazando las letras despacio, dejando que el cartón absorbiera la pintura antes de avanzar sobre la siguiente palabra. A nuestro alrededor otros terminaban pancartas, corregían consignas con el dedo húmedo o esperaban que el sol secara la témpera antes de moverlas.
Lucía golpeó una botella contra dos pupitres.
Las conversaciones no terminaron; apenas comenzaron a acercarse unas a otras. Como si el sonido no hubiera llamado al silencio sino a una forma distinta de escucharse.
Tomás tomó el micrófono.
—No podemos quedarnos solamente en la universidad…
El parlante devolvió un silbido.
Esperó.
Repitió la frase.
Desde el fondo alguien respondió antes de que pudiera continuar.
—¿Y quién convoca la huelga?
Varias cabezas giraron hacia el mismo lugar, aunque nadie alcanzó a distinguir quién había hablado.
Mariana respondió desde donde estaba.
—Nombrarla no alcanza.
La frase quedó suspendida unos segundos. Nadie contestó enseguida.
Un estudiante terminaba de pintarse una estrella sobre el pecho mirando la pantalla del celular. El aerosol flotó un instante antes de mezclarse con el olor del mate, la pintura fresca y el polvo tibio del patio.
El docente levantó apenas el micrófono.
—En mi cátedra seguimos cobrando tarde.
—Nos pasa a todos.
—No exactamente.
—Los sindicatos tampoco se mueven.
—Entonces tendrá que empezar en nosotros.
Las voces dejaron de respetar un orden. No discutían una después de otra. Se cruzaban. Algunas se apagaban antes de terminar la frase. Otras encontraban continuidad en alguien que hablaba desde el extremo opuesto del patio.
Un estudiante se levantó de golpe.
—Siempre terminamos igual.
Nadie intentó detenerlo.
La puerta golpeó contra la pared.
Después volvió el murmullo, apenas más bajo.
La estudiante que estaba sentada a mi lado siguió mirando hacia adelante.
—¿Siempre pasa esto?
—No.
Esperé un momento.
—Siempre pasa otra cosa.
Ella no respondió. Miró las manos que levantaban carteles, las mochilas abiertas sobre el piso, los mates que seguían girando entre desconocidos y un perro que acababa de acostarse junto a la escalera como si también esperara el resultado.
El trabajador acomodó el cable del micrófono antes de hablar. Tenía las manos marcadas por la grasa.
—En la fábrica hay bronca.
Hizo una pausa.
—Y miedo.
Otra.
—Cuando ustedes salen, eso se comenta.
Nadie aplaudió.
Alguien cebó otro mate.
Otro terminó de escribir una consigna.
Una chica pasó repartiendo cinta adhesiva.
El sol había empezado a correrse y la sombra ya ocupaba media asamblea. Algunos se pusieron un buzo sin dejar de discutir. Otros cambiaron de lugar para seguir viendo a quien hablaba.
Lucía volvió a mirar la hoja.
—Paro.
Esperó.
—Marcha con docentes y no docentes.
Levantó otra hoja.
—Coordinadoras.
La última.
—Perspectiva de huelga general.
Miró alrededor.
—¿Alguna otra propuesta?
Nadie habló.
Esperó unos segundos más.
—Vamos a votar.
Las manos empezaron a levantarse.
No todas al mismo tiempo.
Algunas subieron enseguida.
Otras quedaron suspendidas a mitad de camino.
La estudiante nueva levantó la suya cuando la mayoría ya estaba arriba.
Miró alrededor.
No volvió a bajarla.
El aplauso apareció desparejo.
En ese momento los bombos entraron desde la calle.
Nadie dijo que había terminado.
Simplemente empezamos a caminar.
Enrollé la pancarta todavía húmeda.
La pintura quedó en la manga de la campera.
No intenté limpiarla.
Al cruzar la puerta el aire frío de la calle desarmó por un momento el olor de la pintura y del mate. Los grupos siguieron conversando mientras avanzaban hacia la marcha. Las discusiones no habían quedado atrás; cambiaban de lugar junto con nosotros.
Las voces seguían allí.Solo que ahora caminaban con nosotros.
J. Noriega
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