«La memoria no aparece como un recuerdo lejano, sino como una presencia profunda y persistente que nos atraviesa y define».

A 50 años del 24 de marzo de 1976, la memoria no aparece como un recuerdo lejano, sino como una presencia profunda y persistente que nos atraviesa y nos define.

Es una memoria que no se archiva ni se domestica, respira en cada nombre, en cada historia, en cada ausencia que todavía duele.

Es la voz de quienes ya no están, pero también la de quienes, con una dignidad inmensa, supieron transformar el dolor en lucha, en ternura organizada, en un camino colectivo que aún hoy nos enseña cómo sostener la vida frente a la injusticia.

Recordar, en este tiempo, no es un gesto protocolar. Es un acto profundamente humano y político. Es detenernos a escuchar lo que todavía late, reconocer que el pasado sigue pidiendo verdad, sigue reclamando justicia, sigue abrazando el presente para que no se desvíe. Porque la memoria, cuando es verdadera, no se limita a señalar lo que ocurrió, nos marca un rumbo, nos compromete y nos exige estar a la altura de esa historia.

A medio siglo del golpe, la memoria nos sigue reuniendo. Nos convoca desde el dolor, sí, pero también desde la esperanza. Nos recuerda que incluso en los momentos más oscuros hubo quienes eligieron la solidaridad, la valentía, el compromiso con el otro. Y es desde ese legado inmenso que seguimos caminando.

Porque la memoria no es solo pasado, es un abrazo que nos sostiene en el presente y una promesa hacia el futuro.

Una promesa de no olvidar, de no callar, de seguir luchando.

Para que el Nunca Más no sea solo una consigna, sino una forma de vivir, de construir y de cuidar la democracia, todos los días.

E. Quique Ríos

foto. bicameral

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