El Club Universitario de Paraná respiraba calor aun antes de que empezara el baile. Era 1974 y el verano parecía no terminar nunca. Las ventanas abiertas dejaban entrar el olor del río y una humedad espesa que se pegaba a las camisas planchadas y a los vestidos recién estrenados. Sobre el escenario, las luces probaban colores lentos, indecisos, como si tampoco supieran qué iba a pasar esa noche.

Algunos habían venido a bailar. Otros, a mirar. Y unos pocos —los menos visibles— estaban allí por otra cosa.

En una mesa lateral, lejos de la pista, cuatro jóvenes hablaban inclinados hacia adelante. No parecían conspiradores; reían demasiado para eso. Pero cada tanto el tono cambiaba y la conversación adquiría una gravedad brusca, como un corte de electricidad.

—La CGT se acomodó —dijo Marta, bajando la voz—. Si no marcamos posición ahora, desaparecemos.

Nadie respondió enseguida. Desde los parlantes salió una cumbia liviana y varias parejas ocuparon la pista. Las risas chocaban con la discusión política como dos radios sintonizadas en frecuencias distintas.

Luis miró alrededor.

—Hoy mismo —dijo—. Pintamos esta noche.

El plan era simple: reunirse después del baile, caminar hasta calle Churruarín y dejar la consigna antes del amanecer. Nada heroico. Nada espectacular. Apenas pintura, pared y urgencia.

Sin embargo, algo en el aire volvía todo más incierto.

El presentador apareció con traje brillante y voz exageradamente alegre.

—¡Esta noche, señoras y señores… el ídolo popular!

Un murmullo eléctrico recorrió el salón. El nombre no hacía falta decirlo. Todos sabían quién estaba detrás del telón: Sandro, el cantante que podía hacer llorar a las madres y suspirar a las estudiantes de arquitectura por igual.

La música cambió. El clima también.

La pista se llenó de cuerpos que buscaban cercanía, calor, olvido. Las luces rojas transformaron el salón en algo íntimo, casi clandestino. Marta observó la escena con una sonrisa cansada.

—Mirá esto —dijo—. Parece otro país.

Luis respondió:

—Lo es.

Porque mientras algunos bailaban abrazados, ellos calculaban recorridos, tiempos, posibles patrulleros. El romanticismo del momento convivía con la sensación constante de peligro. Nadie nombraba la palabra miedo, pero estaba ahí, sentada con ellos.

Sandro salió a escena entre gritos. El aplauso fue inmediato, visceral. Cantó con los brazos abiertos, como si quisiera abrazar a todos al mismo tiempo. Su voz llenó el club con una intensidad casi excesiva. Algunas chicas lloraban sin saber bien por qué.

Durante unos minutos, incluso los militantes dejaron de hablar.

Había algo hipnótico en ese contraste: el ídolo popular cantando sobre amor eterno mientras, a pocos metros, se organizaba una acción política mínima pero irreversible.

Marta pensó que quizás el país entero era así: una canción romántica sobre un suelo que temblaba.

El sonido se volvió más fuerte, más corporal. Las parejas giraban, chocaban, reían. El sudor mezclaba perfumes baratos con olor a cigarrillo. La fiesta parecía expandirse hasta borrar cualquier conflicto.

Entonces Luis dijo:

—Nos vamos en veinte minutos.

Nadie discutió.

La decisión cayó como una nota desafinada dentro del baile.

Mientras Sandro cantaba su tema más famoso, ellos se levantaron uno por uno. Nadie los detuvo. Nadie los miró demasiado. El espectáculo absorbía toda la atención.

Al salir, el aire nocturno resultó frío. Paraná estaba casi vacía. Las luces amarillas dibujaban sombras largas sobre el asfalto.

Caminaron sin hablar.

El sonido del Club quedó atrás, convertido en eco distante. Solo se escuchaban pasos y algún perro ladrando a lo lejos. La ciudad parecía suspendida entre fiesta y amenaza.

En Churruarín encontraron la pared elegida: larga, blanca, todavía intacta. Marta abrió la mochila. El ruido del tarro de pintura rompió el silencio.

El primer trazo fue torpe. Después la mano encontró ritmo.

Las letras crecieron rápidas, urgentes.

Mientras pintaban, todavía podían escuchar, imaginariamente, la música del club. Como si el baile continuara dentro de sus cuerpos. Como si la canción y la consigna formaran parte de una misma coreografía secreta.

Luis vigilaba la esquina.

—Apúrense.

Un auto pasó sin detenerse. Nadie habló. El corazón golpeaba más fuerte que cualquier tambor.

Cuando terminaron, retrocedieron unos pasos.

La frase ocupaba toda la pared. No era perfecta. Las letras se inclinaban, vibraban, respiraban.

Marta sonrió por primera vez en toda la noche.

Detrás de ellos, la ciudad seguía igual. Ninguna sirena. Ningún aplauso. Solo la certeza silenciosa de haber dejado una marca.

Desde lejos llegó un eco imaginario del Club Universitario: la voz de Sandro, los aplausos, el baile que continuaba sin saber nada de la pintada recién nacida.

Fiesta y política, deseo y riesgo, canción y pared.

Dos mundos tocándose apenas.

Antes de irse, volvieron a mirar la consigna tenuemente iluminada:

No queremos carnaval, asamblea popular.

J. Noriega

imagen. IA

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