Recibí un llamado de atención por no señalar el mal olor de un gurí. No fue una frase dicha con énfasis, sino una observación casi administrativa y moral, como quien registra una anomalía del ambiente. Sin embargo, algo se detiene allí. No es solo el olor lo que se nombra, sino una forma de señalar cuerpos que parecen exceder el umbral de lo tolerable. En esa frase mínima se condensa una operación más amplia: la producción de una frontera sensible entre lo que puede integrarse al espacio común y aquello que debe ser marginado.
Leí en Página/12 la nota “Los pobres son el enemigo”. Mientras avanzaba en la lectura apareció una sensación difícil de nombrar: no se trata solamente del rechazo a la pobreza, sino de algo más inquietante, más íntimo. Como si ciertos cuerpos comenzaran a condensar aquello que una sociedad no logra simbolizar de sí misma. No molesta únicamente lo que carece; molesta aquello que devuelve. El cansancio visible, la precariedad, el deterioro urbano, la fragilidad compartida. El “mal olor” funciona menos como descripción material que como operación defensiva: expulsar hacia otro cuerpo aquello que resulta insoportable reconocer en el propio lazo social.
La escena reactualiza discusiones presentes en Miseria de la filosofía de Karl Marx (1847), donde cuestiona las interpretaciones morales de la pobreza y muestra que la miseria no constituye una desviación accidental sino una producción estructural del capitalismo industrial. Pero leída desde el presente, la cuestión excede la economía política. La pobreza contemporánea no solo evidencia desigualdad material; interrumpe las ficciones simbólicas mediante las cuales una sociedad organiza su estabilidad imaginaria. Allí aparece la necesidad recurrente de construir figuras sobre las cuales depositar angustia, frustración y amenaza difusa. El problema ya no se formula como conflicto distributivo sino como alteración sensible del orden cotidiano. La pobreza comienza a percibirse, antes que comprenderse.
En la Argentina actual, esa mutación adquiere una intensidad particular. Mientras crecen el endeudamiento familiar, la precarización laboral y el desgaste subjetivo, parte del discurso político-mediático desplaza el conflicto social hacia narrativas de orden, limpieza y seguridad. El deterioro económico se traduce afectivamente en irritación social. Como sugiere el registro de una democracia emocional, las emociones dejan de ser un borde privado para convertirse en lenguaje político central. El miedo encuentra objetos concretos sobre los cuales fijarse; la incertidumbre necesita cuerpos visibles donde localizar aquello que el sistema no consigue resolver estructuralmente. Así, la figura del pobre comienza a funcionar como superficie de proyección colectiva.
La operación resulta hermenéuticamente significativa: revela menos a quienes son rechazados que a la sociedad que necesita rechazarlos. Toda coyuntura histórica interpreta sus crisis mediante símbolos, desplazamientos y figuras de condensación. El problema es que esa reorganización no elimina la fractura; apenas la redistribuye. El “mal olor” atribuido a los pobres encubre, en realidad, el olor de una descomposición social más amplia: vínculos erosionados, futuro incierto y una creciente dificultad colectiva para sostener experiencias comunes de reconocimiento. Tal vez por eso la pobreza incomoda tanto. Porque devuelve, sin mediaciones, aquello que una sociedad insiste en no querer reconocer como propio.
J. Noriega
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