El primer video duraba apenas treinta segundos.
Plano fijo. Luz azul. Fondo negro. La cámara demasiado cerca del rostro. El influencer sonreía como si estuviera cansado o drogado o ambas cosas.
—Si este video llega a diez mil likes… voy a matar a uno de ustedes.
Silencio. Después se reía. Una risa corta, seca, sin entusiasmo. La transmisión terminó ahí.
Durante las primeras horas todos pensaron que era marketing. Un experimento. Un chiste oscuro para aumentar seguidores. Los comentarios aparecieron como insectos bajo una lámpara:
“JAJAJAA genio.” “hacelo” “yo me ofrezco” “esto es arte” “el mejor creador de contenido lejos”
A la mañana siguiente el video ya tenía ochenta mil likes. El canal explotó.
Nadie sabía demasiado de él. Usaba el nombre LázaroVive. Nunca mostraba ventanas. Nunca salía a la calle. Sus videos parecían grabados en un departamento vacío o en una habitación insonorizada. Lo único reconocible era una pantalla detrás de él: una enorme televisión agrietada horizontalmente, como si hubiese recibido un golpe antiguo.
En el segundo video apareció una mesa metálica. Sobre la mesa había: un cuchillo de cocina, cinta adhesiva, una botella de lavandina, un martillo.
—Método uno —dijo—. Rápido. Doméstico. Cercano.
Tomó el cuchillo y atravesó un trozo de carne cruda.
—Puntaje de sufrimiento: siete sobre diez. Puntaje visual: nueve. Puntaje algoritmo: excelente.
Leyó comentarios en voz alta mientras sonreía.
—“Probá con veneno”. —“Hacelo en vivo”. —“Que el hater mire la cámara”.
Miles de emojis riéndose subían por el chat como burbujas. En el tercer video enseñó cómo borrar rastros digitales. El cuarto fue peor. Mostró un sótano. No entero. Fragmentos.
Una pared húmeda. Una silla. Un desagüe. Una cadena. La cámara temblaba apenas, como si respirara.
—Muchos preguntan si es real —dijo—. Eso es lo interesante. Ya no pueden diferenciarlo.
El video terminó con un golpe seco fuera de plano.
Esa noche varios canales empezaron a hablar del tema. Psicólogos. Periodistas. Abogados. Algunos exigían cerrar la cuenta. Otros decían que censurarlo sería convertirlo en mártir digital.
Los seguidores aumentaban. Doscientos mil. Trescientos mil. Un millón.
El hashtag #Influencias se volvió tendencia mundial.
En el quinto video apareció una encuesta.
“¿Quién debería morir?”
Opciones:
Un seguidor fiel.
Un periodista.
Un hater.
Ganó “hater” con el 74%.
LázaroVive agradeció emocionado.
—La comunidad decidió.
Después mostró capturas de comentarios críticos. Elegía perfiles al azar. Los ampliaba lentamente mientras una música infantil sonaba de fondo.
La gente comenzó a borrar mensajes viejos. Algunos cerraron sus cuentas. Otros comentaban compulsivamente para demostrar apoyo. Una madrugada publicó una dirección. No completa.
Solo una calle. Una puerta roja. Un horario. Miles intentaron descifrarla. Los foros analizaron sombras, reflejos, coordenadas, sonidos de tránsito. Nadie llegó a nada concluyente.
El último video apareció un domingo a las tres de la mañana. Duraba once minutos. La transmisión comenzó ya iniciada. La cámara apuntaba al piso. Había respiración agitada.
Pasos.
Luego la imagen subió lentamente. Un hombre estaba sentado en la silla del sótano. Tenía la cabeza cubierta con una bolsa negra. Las manos atadas.
La pantalla agrietada brillaba detrás, emitiendo una luz blanca intermitente. Los comentarios explotaban.
“NO PUEDE SER REAL” “hacelo” “fake” “esto ya fue demasiado” “mostrá la cara”
LázaroVive entró en cuadro.
Vestía completamente de negro.
En una mano sostenía el teléfono. En la otra, un martillo.
—Diez millones de likes —dijo casi en susurro—. Superaron mis expectativas.
El hombre atado empezó a moverse violentamente.
Un sonido ahogado salió desde la bolsa.
LázaroVive inclinó la cabeza, como escuchando algo lejano.
Entonces miró fijo a cámara.
Por primera vez parecía nervioso.
—Hay algo que ustedes todavía no entienden.
Silencio.
La imagen comenzó a pixelarse.
La pantalla detrás de él emitió un zumbido eléctrico.
Y entonces dijo:
—Nunca necesité elegir a nadie.
La cámara giró bruscamente.
Durante un segundo apareció reflejado en la televisión agrietada el rostro del hombre atado.
Era exactamente igual al suyo.
La transmisión se cortó.
El canal desapareció siete minutos después.
J. Noriega
imagen. IA













