Era sábado a la tarde y el barrio estaba quieto. De ese quieto aburrido que pesa en los pies y no te deja quedarte ni parado ni sentado.

En la plaza de los tilos se fueron juntando, de a poco, como siempre pasa: Valentina llegó primero, con su bici. Después Tomás, que vivía a media cuadra y vino arrastrando las ojotas. Después Jimena, la más chica, que tenía seis años y no se perdía nada. Y después Ramiro y Sofía, que eran mellizos y casi siempre llegaban juntos aunque pelearan todo el camino.

Se tiraron en el pasto, mirando el cielo. Un rato largo. Sin hablar.

Valentina—¿Y si leemos algo?

Nadie dijo que no. Valentina sacó de su mochila un libro finito, con las tapas verdes gastadas. Se llamaba Las aventuras de Tom Sawyer. Era una versión corta, para chicos, que alguien había dejado olvidada en su casa.

Tom Sawyer no era un chico malo, pero tampoco era exactamente bueno. Era el tipo de chico que encontraba siempre algo interesante donde los demás veían solo trabajo o aburrimiento. Un día, su tía lo mandó a pintar la cerca y Tom, en vez de quejarse, convirtió esa tarea en el juego más codiciado del barrio…

Valentina dejó de leer. Miró a los demás.

Miguel —que había llegado tarde y estaba escuchando apoyado en el árbol—Pará. ¿Por qué seguimos leyendo lo que ya está escrito?

Todos lo miraron.

Miguel—Grabemos cada uno un audio. Inventamos cómo sigue. Uno graba, manda, y el que sigue tiene que continuar desde donde el otro dejó.

Jimena, la más chica, ya había sacado el teléfono de su hermana.

Jimena—¡Yo primero!

Los audios

Jimena (6 años)

Y entonces Tom vio que la cerca tenía una puerta secreta. Y adentro había un dragón, pero chiquito, del tamaño de un gato. Y el dragón también estaba aburrido. Y Tom le dijo: vos pintás un cachito y yo te doy un caramelo. Y el dragón dijo sí porque a los dragones les gustan los caramelos de menta.

Ramiro (11 años)

Bueno yo lo continúo pero sin el dragón porque no puede ser. Tom lo que hace es que convence a tres gurises del barrio de que pintar es un superpoder. Les dice que solo los elegidos pueden ver el color verdadero de la madera. Entonces todos quieren pintar. Tom se sienta a mirar. Eso es lo que hace Tom: convierte el trabajo en lo que quiere hacer.

Sofía (11 años)

Pero hay una chica en el barrio que no se deja convencer. Se llama Clara. Clara mira a Tom y le dice: yo sé lo que estás haciendo. Y Tom, por primera vez, no sabe qué responder. Porque Clara no lo está acusando. Solo lo está viendo. Y eso es peor.

Tomás (9 años)

Tom se queda paralizado. Le pasa algo raro en el pecho. No es vergüenza. Es otra cosa. Como cuando sabés que alguien te vio de verdad y no podés hacer como que no pasó. Y Tom piensa: nunca me pasó esto. Y sin querer empieza a pintar él también.

Valentina (13 años)

Y ahí está lo bueno. Tom estaba acostumbrado a mover a los otros. A que los demás sintieran cosas. Pero ahora algo en él se movió solo, sin que él lo pidiera. Sin que nadie lo convenciera. Algo en su cuerpo dijo: pintá. Y él pintó. Y no supo por qué.

Miguel (14 años)

Fin del audio de Valentina. Ahora yo. Creo que ahí está la parte más importante de toda la historia. Tom siempre pensó que él controlaba sus ganas. Que él elegía qué querer. Pero resulta que hay algo en uno que ya quiere antes de que uno decida. Como un sueño que empieza solo. Tom descubrió que también tenía eso.

Cuando terminaron los audios, se quedaron en silencio. El sol ya estaba más bajo y los tilos hacían sombra larga.

Jimena—¿Qué es eso que sintió Tom? ¿Cómo se llama?

Ramiro—Una emoción.

Sofía—Pero no es solo una emoción. Porque las emociones uno las puede explicar. Esta Tom no la podía explicar.

Tomás—Es como cuando soñás algo y cuando te despertás todavía lo sentís en el cuerpo. Pero no te acordás qué fue.

Miguel se quedó pensando. Después dijo, despacio:

—Hay cosas que uno siente que no vinieron del afuera. No las aprendiste, no te las enseñaron, no las elegiste. Están ahí, adentro, como si fueran parte de… de tu carne. Como si el cuerpo soñara solo.

—¿Y eso está bien o está mal? —preguntó Jimena.

—No está bien ni mal —dijo Valentina—. Está. Simplemente está.

—Entonces —dijo Jimena, muy seria— Tom es como todos nosotros. Tiene cosas que no entiende pero que igual lo mueven.

—Sí —dijo Miguel—. Eso es. El cuerpo sueña aunque uno esté despierto. Y a veces ese sueño te hace pintar una cerca aunque no sepas por qué.

Jimena asintió como si hubiera entendido algo muy importante. Después preguntó si había caramelos de menta.

No había. Pero igual fue un buen sábado.

J. Noriega

imagen. IA

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