Nicole tenía muchas recomendaciones y una sola prohibición.

— No leas a Kafka.

Su madre toleraba casi todo: música fuerte, amigas desconocidas, enojos repentinos, cambios de ropa innecesarios, preguntas incomodas o silencios. Incluso podía leer.

Su celular estaba lleno de libros y Nicole había leído desde gurisita. Pero Kafka era distinto.

—No tenés edad.

—¿Por qué?

—No es bueno para vos.

Después la explicación cambió:

—No me gusta.

Eso la convenció todavía menos. Nicole buscó información. Encontró El proceso, El castillo, La metamorfosis. Ese último título resonó con ella.

No ocurrió nada mientras leía.

Terminó cerca de las dos. Pensó en Gregor Samsa, en su habitación, en la familia detrás de la puerta. Después se durmió.

El primer cambio apareció días después: una molestia en la espalda. Luego, una pequeña mancha oscura y brillante entre los omóplatos.

La madre pensó que era una alergia.

Consultaron médicos. Crema, estudios, diagnósticos posibles. Nada funcionó. Las manchas crecieron. Después cambiaron sus manos. Los dedos adquirieron una flexibilidad extraña. Al despertar, Nicole debía mirarlos unos segundos antes de reconocerlos.

Comenzó a faltar a clases. Sus amigas dejaron de preguntar. En internet aparecieron fotografías tomadas a escondidas.

Una noche su madre encontró el libro en su celular.

—Te dije que no.

—Ya sé.

—No tenías edad.

—Ahora tengo más.

La madre miró las manchas que subían por sus brazos.

—No entendés. No es bueno.

Nicole no supo qué responder.

La transformación continuó lentamente. La espalda se endureció. La piel adquirió zonas brillantes. Sus movimientos cambiaron. Aprendió a caminar de otra manera y qué ropa podía usar.

También descubrió algo inesperado: quizá aquello no fuera una desgracia. Gregor Samsa se había despertado convertido en algo imposible. Ella, en cambio, tenía tiempo.

Una vecina que estudiaba artes visuales la llevó a un grupo de body art.

—Te vendría bien —le dijo—. Para que no te miren como si fueras una enfermedad.

El grupo trabajaba con pintura, máscaras, prótesis y luces. Nicole entró con miedo. Nadie se sorprendió demasiado.

Primero pintaron alrededor de las zonas endurecidas. Después incorporaron piezas sobre su espalda. Finalmente, un diseñador construyó una estructura flexible que prolongaba el nuevo caparazón.

Nicole comprendió que no quería ocultarse. Quería intervenir.

La primera función fue en Rosario.

Las luces transfiguraron su cuerpo. Los movimientos que antes escondía se volvieron coreografía.

Al terminar, alguien preguntó:

—¿Cómo construiste el personaje?

—No lo construí, pasó – respondió.

Después comenzó la gira: Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Mendoza, Neuquén. Cada ciudad modificaba el acto. Y cada ciudad coincidía con una nueva figura.

El arte agregaba formas sobre las formas que aparecían solas. La metamorfosis modificaba la puesta; la puesta modificaba la manera en que Nicole comprendía su cuerpo.

No sabía dónde terminaba una y comenzaba la otra.

Eso le gustaba.

Su madre dejó de hablarle durante semanas. Después llamó.

—Te vi en internet.

—Sí.

—¿Estás bien?

Nicole miró su reflejo en la ventana.

—Sí.

—No parecías vos.

Nicole sonrió.

—Ese es el problema, mamá. Seguís buscando que parezca yo.

Esa noche, antes de salir a escena, abrió la valija. Allí estaba Kafka.

Pensó en la prohibición.

“No tenés edad.”

“No es bueno.”

“No me gusta.”

Entonces comprendió que su madre había tenido razón en una cosa. Kafka no le hacía bien. Pero Nicole tampoco quería volver atrás.

Guardó el celular, ajustó sobre su espalda la estructura del caparazón y caminó hacia la luz. El público comenzó a aplaudir antes de verla.

Durante unos segundos nadie supo qué estaba mirando. Ella creyó saberlo.

Y esa diferencia, por primera vez, la hizo sentirse completamente ella.

J. Noriega

imagen. IA

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