El documento apareció por casualidad.

Yo buscaba otra cosa en el Archivo General de Entre Ríos: expedientes sobre embarcaciones perdidas durante las crecientes de la década de 1820. Había pasado la mañana entre inventarios de ganado, denuncias por tierras y partes militares que repetían las mismas preocupaciones: el río, los caminos, la fiebre, la falta de hombres.

A media mañana pedí una caja sin catalogar.

No tenía número de clasificación. Solo una inscripción a lápiz:

República de Entre Ríos

Dentro había una lista de víveres, una carta sin firma, un parte militar y una hoja pequeña, doblada en cuatro.

La fecha decía:

29 de septiembre de 1820.

El texto comenzaba:

“En las inmediaciones de la isla llamada Curupí fue hallado un niño en condición extraordinaria, a quien por su disposición y manera de moverse los presentes dieron en llamar guri yaguareté.”

Leí el resto de pie.

El cronista no daba nombre. Tampoco explicaba quién había redactado el informe ni para quién.

“El niño se trasladaba en cuatro extremidades, con gran velocidad y sin demostración de fatiga. Gruñía ante la aproximación de los hombres y mostraba los dientes, los cuales eran más agudos de lo esperable en criatura de su edad.”

Después:

“No respondió pregunta alguna. No se obtuvo de él palabra, nombre ni señal inteligible.”

Calculaban que tendría entre seis y ocho años.

Dos pescadores lo habían encontrado al amanecer, cerca de los pajonales. Primero creyeron ver un animal. Uno dijo que era un cachorro de yaguareté. El otro juró haber visto una cabeza humana.

Cuando desembarcaron, el niño huyó.

Lo persiguieron durante casi una hora.

“No corría como hombre ni como animal conocido.”

La frase estaba tachada.

Debajo, otra mano había escrito:

“Avanzaba en cuatro patas.”

Lo rodearon junto a unos ceibos. Gruñó. Intentó morder a uno de los pescadores. Le arrojaron una red encima y lo llevaron al poblado.

Allí comenzó el problema.

Nadie lo reconoció.

No había denuncia por desaparición. Ninguna familia reclamó al niño. Un sacerdote intentó acercarse. El pequeño permaneció agazapado en un rincón, mostrando los dientes.

“Por la noche no durmió. Emitió sonidos semejantes a rugidos breves y observó la luna durante largo tiempo.”

Después habían decidido trasladarlo a Paraná.

“Se lo conducirá mañana, donde autoridades más competentes determinarán su naturaleza y procedencia.”

Naturaleza y procedencia.

El informe terminaba con una última línea:

“El niño comprende.”

Busqué el expediente de traslado.

No existía.

Revisé registros de Paraná, libros parroquiales y partes militares. Nada. El guri yaguareté desaparecía exactamente donde comenzaba el viaje.

Encontré una única mención posterior. Era una nota de noviembre sobre la isla Curupí. Varios habitantes solicitaban autorización para cazar allí.

La respuesta decía:

“No conviene enviar hombres hasta nuevo aviso.”

No explicaba por qué.

Volví al Archivo una tarde de lluvia y pedí nuevamente la caja de septiembre.

El empleado la buscó durante varios minutos.

—No existe ninguna caja con ese número —dijo.

Le mostré mis notas.

Reconocí la fecha. 29 de septiembre de 1820. Reconocí las citas. Pero la primera frase había cambiado.

Yo había copiado:

“En las inmediaciones de la isla llamada Curupí fue hallado un niño…”

En mi cuaderno ahora decía:

“En las inmediaciones de la isla llamada Curupí fue hallado un yaguareté…”

No podía recordar haberlo escrito así.

Todavía conservo el cuaderno. Cada tanto vuelvo a leer la anotación. Algunas noches dice niño. Otras, yaguareté.

Y cuando el río está bajo aparecen las dos palabras, una encima de la otra. Entonces recuerdo la única pregunta que el documento dejó sin responder:

¿por qué todos habían supuesto que el yaguareté encontrado en la isla había sido, al principio, un niño?

Anoche abrí el cuaderno otra vez. La palabra niño estaba tachada. No recordaba haberla tachado.

Debajo, con una letra que reconocí inmediatamente como la mía, decía:

“El yaguareté comprende.”

J. Noriega

imagen. IA

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