El tren nocturno entró a San Petersburgo sin anuncio. Nadie miró por la ventana cuando cruzamos el río. Bajé con una dirección escrita en un papel húmedo.

No era lejos, dijeron. En Rusia nada parece lejos hasta que uno empieza a caminar.

Las calles: nieve vieja, gris. En las vidrieras había pocos productos: pan oscuro, papas, algunos frascos sin etiqueta. Pregunté por él en una farmacia. La mujer no respondió; señaló hacia un conjunto de edificios idénticos.

El ascensor no funcionaba. Subí. Olor a humedad y sopa recalentada.

Golpeé.

Tardó en abrir.

Perelman apareció con un suéter gastado, sin sorpresa visible. Me miró como si yo hubiese llegado hace años, o como si la diferencia entre ahora y hace años fuera una pregunta que él ya había descartado.

Entré.

El departamento no era el escenario de una vida. Era la vida misma, sin capas agregadas para otro. Libros apilados en el suelo, platos sin lavar, una ventana cubierta por condensación. Nada había sido dispuesto para ser visto. Tomé una silla cubierta por papeles.

Encendí la grabadora.

—Quería comenzar con Heidegger —dije—. Su crítica a la matemática en Ser y tiempo, donde la considera un modo impropio del ser.

Perelman sonrió apenas.

—Heidegger no desconfiaba de la matemática. Desconfiaba de no entenderla.

Silencio.

—El cálculo no reduce nada —continuó—. Lo único que reduce es la filosofía cuando necesita protegerse.

Me pregunté si había llegado demasiado rápido. Si las preguntas preparadas en el avión, en el tren, en los veinte minutos de caminata, no eran más que ruido.

—¿Entonces la matemática no conduce al dominio técnico?

—La matemática es economía. Quita lo innecesario. Lo técnico aparece cuando alguien quiere administrar el resultado.

Se levantó y buscó una tetera. No la encontró. Revisó tres veces el mismo lugar.

—Los precios subieron otra vez —dijo sin mirarme—. Por eso camino. No tiene sentido pagar transporte si uno puede pensar caminando.

—El pensamiento necesita fricción. Si uno llega demasiado rápido, todavía no llegó.

El agua nunca hirvió. La dejó igual sobre la mesa.

Hablamos de la medalla rechazada, del premio, de los artículos. Respondía con frases que parecían terminar antes de empezar. No era evasión: era la sensación de que ciertas preguntas ya habían sido respondidas antes de ser formuladas.

—La gente cree que un matemático busca respuestas —dijo—. En realidad busca eliminar preguntas equivocadas.

Entró una mujer mayor sin anunciarse. Traía una botella transparente y tres vasos pequeños.

—Mi madre —dijo Perelman.

Sirvió vodka. Bebimos. Nadie brindó.

La madre observó la grabadora unos segundos, como si intentara recordar para qué servía. Luego acomodó un mantel inexistente sobre la mesa y salió.

La humedad avanzaba por las paredes. Algunos libros estaban deformados por el agua. Afuera oscurecía.

—¿Por qué vive así? —pregunté.

No respondió inmediatamente.

—Porque funciona.

Pensé que hablaba del departamento. Pero siguió mirando la mesa, y entendí —demasiado tarde para haber hecho la pregunta de otro modo— que hablaba de algo más difícil de señalar: un modo de estar que no requería justificarse, y donde cambiar algo que funciona solo introduce ruido.

La grabadora dejó de registrar por unos segundos. No me di cuenta cuándo.

En algún momento ya no fue evidente quién preguntaba.

Apagué la grabadora. Ninguno reaccionó.

Me levanté para irme, pero nadie indicó el final. Antes de salir miré otra vez el interior: papeles en el suelo, la tetera fría, el vodka abierto, la luz amarilla suspendida sobre todo.

No podía recordar la primera pregunta que había hecho. Tampoco estaba seguro de haberla formulado yo.

Abajo, la nieve seguía cayendo sobre marcas antiguas que nadie intentaba borrar. Detrás de las ventanas, algunas luces permanecían encendidas, como si la conversación continuara sin necesidad de quienes habían participado en ella.

Caminé de regreso sin buscar la dirección. Pensé en lo que él había dicho: que llegar demasiado rápido significa no haber llegado todavía. El sentido de la tarde se iba volviendo legible solo porque ya no estaba en ella.

J. Noriega

imagen. IA

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