El Tedeum del 25 de Mayo volvió a convertirse en una escena central de la disputa simbólica argentina. En la Catedral Metropolitana, frente al presidente Javier Ferardo Milei, ministros y autoridades militares, el arzobispo de Buenos Aires Jorge García Cuerva pronunció una homilía marcada por referencias a la fragmentación social, la violencia discursiva y el deterioro de los vínculos comunitarios. Mientras Milei escuchaba desde la primera fila, el silencio de la Catedral contrastaba con el tono áspero de la discusión pública argentina. “Nadie se salva solo”, afirmó García Cuerva. Luego pidió “basta de arengar la división y la polarización”. La frase salió rápidamente del templo. Dejó de ser solamente una intervención religiosa. Comenzó a circular como síntoma político de una fractura más profunda.
La reacción libertaria fue inmediata. El diputado Alberto Benegas Lynch acusó al arzobispo de “militar con sotana el regreso del peronismo” y cuestionó lo que definió como una “romantización de la pobreza”. El intercambio expuso algo que excede la coyuntura. El gobierno libertario organiza buena parte de su legitimidad alrededor de una concepción individualista de la libertad. El mercado aparece allí no solo como mecanismo económico, sino también como principio ordenador de la vida social. La autonomía personal, el mérito y la competencia funcionan como valores centrales. Desde esa lógica, toda apelación fuerte al bien común o a la solidaridad colectiva tiende a ser leída como una amenaza potencial contra la iniciativa individual.
La tradición social de la Iglesia católica latinoamericana conserva, en cambio, otra comprensión de la experiencia humana. El sujeto no aparece aislado. Surge atravesado por vínculos, responsabilidades compartidas y formas de interdependencia. Cuando García Cuerva habla de personas paralizadas “en sus esperanzas, en sus oportunidades y en su dignidad”, introduce una dimensión que desborda el cálculo económico. La pobreza deja de ser solamente una cuestión de ingresos. Aparece también como experiencia de fragilidad humana y pérdida de reconocimiento social. Allí el conflicto adquiere otro espesor. Ya no se discuten únicamente políticas públicas. Lo que comienza a tensionarse son formas distintas de entender la dignidad, la comunidad y el sentido mismo de la vida colectiva.
La escena adquirió todavía más densidad porque la homilía coincidió con la publicación de Magnifica Humanitas, la primera encíclica del papa Leon XIV. El documento advierte sobre los riesgos de una época marcada por el dominio creciente de la técnica, la inteligencia artificial y las nuevas formas de concentración económica. La preocupación excede lo religioso. Expresa el temor frente a un orden social donde la tecnología y las finanzas avanzan sobre espacios históricamente ligados al cuidado y a la vida comunitaria. Allí aparece una crítica a una racionalidad que mide cada vez más la existencia en términos de rendimiento, eficacia y cálculo.
Por eso el conflicto abierto tras el Tedeum no puede reducirse a una controversia pasajera entre el gobierno y la Iglesia. Lo que emerge es una disputa más profunda sobre el tipo de sociedad que comienza a consolidarse. De un lado, una racionalidad económica basada en competencia y autosuficiencia individual. Del otro, una tradición religiosa que insiste en la existencia de obligaciones colectivas irreductibles al mercado. Mientras afuera continuaban las disputas políticas habituales, dentro de la Catedral reapareció una vieja tensión de la modernidad occidental. La tensión –y la complicidad histórica- entre la Cruz y la Cosa.
J. Noriega
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