Argentina ganó 3 a 1 frente a Suiza. Quedará el resultado. Quedarán las estadísticas. Los nombres propios. Los goles. Las atajadas. Durante unas horas, las pantallas organizarán la conversación alrededor del juego: los cambios de Lionel Scaloni, los movimientos de Lionel Messi, las decisiones tácticas, los aciertos y los errores. Pero debajo de esa escena deportiva aparece una pregunta más profunda: ¿quién tiene derecho a representar el significado de la camiseta argentina? Porque la disputa por el sentido de la Selección masculina de fútbol no es solamente deportiva. Es una disputa política por la apropiación de una identidad colectiva.

El fútbol argentino concentra una paradoja contemporánea. La camiseta funciona como uno de los pocos espacios donde millones de personas pueden reconocerse dentro de un mismo relato. Allí conviven generaciones, territorios, memorias familiares y experiencias compartidas. Pero precisamente por esa capacidad de producir pertenencia, la Selección se convierte también en territorio de disputa simbólica. Diferentes actores intentan vincularse con esa emoción colectiva para trasladar hacia otros campos una legitimidad que no construyeron. La pregunta no es solo quién gana un partido, sino quién puede hablar en nombre de ese nosotros que aparece cuando juega el equipo.

Una frase pronunciada por Javier Gerardo Milei el año pasado permite observar esa tensión. El Presidente comparó al secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Scott Bessent, con Lionel Messi. La analogía parecía una metáfora circunstancial, pero contiene una operación simbólica más amplia: trasladar la legitimidad construida por un símbolo deportivo hacia el territorio de las finanzas y la política. ¿Qué ocurre cuando una figura asociada a la emoción colectiva de millones de argentinos es utilizada para describir a un representante central del sistema financiero internacional?

La escena revela una dinámica del capitalismo contemporáneo: la necesidad de apropiarse de símbolos afectivos para producir reconocimiento. El capital financiero no solo administra recursos; también necesita construir confianza, adhesión y sentido. Antes habían aparecido otras operaciones similares: Manuel Adorni presentado como el supuesto “Scaloni” del oficialismo o Luis Caputo como el “Messi” de la economía. El mecanismo es semejante: una legitimidad producida en otro campo es trasladada hacia nuevas disputas, como si la confianza acumulada por una selección pudiera convertirse en respaldo político.

El historiador británico Eric Hobsbawm señaló que el deporte fue uno de los espacios privilegiados donde las naciones construyeron sus identidades. Hoy también es un escenario donde distintos poderes disputan esas identidades. La camiseta argentina condensa una experiencia afectiva que atraviesa generaciones y que ningún actor puede controlar por completo. Puede ser utilizada por gobiernos, empresas o mercados, pero conserva un resto que escapa.

Argentina seguirá enfrentando problemas económicos, sociales y políticos después del festejo. Ningún triunfo elimina las dificultades cotidianas. Pero ahora la Selección tendrá por delante un nuevo desafío: enfrentará a Inglaterra, un rival cargado de historia, memoria y símbolos que exceden el campo de juego. Ese encuentro volverá a poner en escena una disputa por los significados que rodean a la camiseta argentina. El capital financiero puede mover mercados, condicionar gobiernos e influir sobre economías enteras. Lo que todavía necesita conquistar son los afectos. Y mientras busque hacerlo vistiendo la camiseta de la Selección, mostrará que existe un capital más difícil de administrar: la identidad compartida de un pueblo.

J. Noriega

imagen. IA

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