Juana se escapó de su casa con la guitarra al hombro. No dejó una nota. Cerró la puerta sin hacer ruido y caminó hasta la terminal mientras la ciudad todavía dormía. Compró el primer pasaje disponible. Cuando el colectivo arrancó, las luces de las calles retrocedieron hasta confundirse con la oscuridad.
Durmió poco. Cada vez que despertaba, el paisaje había cambiado. Los eucaliptos desaparecieron. La tierra se volvió más clara. Los alambrados parecían interminables. Al amanecer, el chofer anunció la llegada. Juana descendió con la guitarra y una mochila liviana.
Había recorrido setecientos kilómetros.
El frío la recibió antes que la ciudad. No era un aire húmedo sino seco, áspero, capaz de endurecer las manos. Se acomodó el estuche sobre la espalda y caminó sin rumbo hasta encontrar una plaza. En un banco de madera apoyó la guitarra. Las cuerdas estaban apenas desafinadas. Giró dos clavijas. La última respondió con un sonido breve que quedó suspendido entre los árboles inmóviles.
Abrió el estuche sobre las baldosas.
Las primeras canciones atravesaron la plaza sin detener a nadie. Una mujer dejó dos monedas sin mirarla. Un barrendero disminuyó el paso durante unos segundos. Un perro viejo se acostó cerca del banco y cerró los ojos.
Juana siguió tocando.
El frío regresaba entre canción y canción. Se frotaba las manos, soplaba los dedos y volvía a apoyar la yema sobre las cuerdas. Cada acorde parecía durar un poco menos que el anterior.
Cerca del mediodía un hombre dejó un billete doblado.
—No dejes la guitarra sola —dijo antes de seguir caminando.
Fue la única frase que escuchó en toda la mañana.
Entró en un bar. Pidió un café y un pan. Apoyó el estuche contra la pared. El vidrio empañado devolvía una imagen borrosa de la plaza. Cuando terminó, salió sin apuro. El perro seguía en el mismo lugar.
Por la tarde cambió el repertorio. Las melodías comenzaron a atraer pequeños círculos de gente que permanecían unos minutos antes de disolverse. Una niña marcaba el ritmo golpeando los talones contra el piso. Un repartidor apoyó la bicicleta para escuchar una canción completa. Una pareja discutía en voz baja mientras dejaba unas monedas dentro del estuche.
El viento aumentó.
Una cuerda vibró sola antes de romperse con un chasquido seco. Durante unos segundos la plaza quedó inmóvil.
Juana abrió el bolsillo del estuche, sacó una cuerda nueva y la cambió allí mismo. Nadie se acercó a ayudarla. Nadie se fue. Cuando terminó de tensarla, volvió a tocar desde el principio, como si la interrupción también formara parte de la música.
Al caer la tarde contó el dinero. Alcanzaba para una habitación y algo de comida. Guardó las monedas sin volver a mirarlas.
Encontró una pensión frente a la terminal. Desde la ventana del cuarto se veían los colectivos entrar y salir bajo una hilera de luces blancas. Cada uno llevaba un nombre distinto en el parabrisas. Ninguno decía el de su ciudad.
Apoyó la guitarra sobre la cama. La cuerda nueva brillaba apenas entre las otras. Afuera arrancó otro colectivo. El motor fue alejándose hasta confundirse con el viento.
Juana abrió la ventana. El aire helado volvió a entrar en la habitación. Tomó la guitarra, pulsó una sola nota, inspiro y esperó.
J. Noriega
imagen. IA














