La niebla llegó una mañana sin que nadie pudiera decir de dónde.

Primero cubrió las calles bajas. Después los edificios. Al mediodía ya no se veía la otra vereda. Era una neblina espesa, blanca y silenciosa, distinta de cualquier otra que hubiera conocido la ciudad. Los más viejos recordaban inviernos, inundaciones, humo de incendios, pero nadie algo parecido.

Todos esperaron que se disipara.

No lo hizo.

Contra todo pronóstico, pasó una semana.

Al principio fue casi una curiosidad. Los gurises salían a la calle para perderse a pocos metros de sus casas. Los negocios permanecían abiertos. Los conductores avanzaban lentamente, con las luces encendidas aun durante el día. La ciudad había aprendido a moverse dentro de una nube.

Al cumplirse un mes, la preocupación ya era común.

Las redes hablaban de partículas desconocidas, humedad extraordinaria, inversión térmica, fenómenos atmosféricos. Los especialistas discutían. Las autoridades prometían estudios. Nadie sabía qué estudiaban.

Después comenzaron los accidentes.

Primero fueron choques en las avenidas. Luego trenes que no alcanzaban a detenerse. Camiones que aparecían atravesados en rutas que sus conductores juraban conocer de memoria. Los accidentes aéreos fueron peores. Aviones que habían despegado normalmente desaparecían durante el vuelo. Algunos nunca fueron encontrados. Otros regresaban sin pasajeros.

Durante seis meses la ciudad perdió vehículos, edificios, puentes y personas.

La niebla permanecía.

Un año después, la vida cotidiana se había vuelto difícil.

Encontrarse en un lugar era peligroso.

Ya no bastaba con decir una dirección. Había que describir sonidos, paredes, temperaturas, cantidad de escalones. Las personas comenzaron a caminar tomadas de la mano. Después dejaron de salir. Los mapas perdieron utilidad. Los nombres de las calles sobrevivían únicamente en documentos.

La ciudad empezó a convertirse en una suma de habitaciones.

Con el tiempo, cada casa construyó su propio pequeño mundo. Las voces de los vecinos llegaban deformadas desde detrás de las paredes. Algunos golpeaban tres veces antes de abrir una puerta. Otros dejaban objetos en los pasillos para reconocer el camino de regreso. Había quienes pintaban líneas sobre las paredes, aunque nadie sabía si seguían siendo visibles al día siguiente.

Y entonces desaparecieron las plantas.

Primero fueron los árboles. Después los jardines. Luego las macetas de los balcones. Las semillas dejaron de germinar. Los cultivos se pudrieron bajo la niebla.

Los animales desaparecieron poco después.

Los perros dejaron de ladrar. Los pájaros dejaron de cruzar el cielo invisible. Los insectos fueron los primeros que nadie echó de menos, hasta que comprendimos que su ausencia significaba algo.

Después desaparecieron los demás.

La ciudad quedó sin verde, sin alas, sin movimiento.

Sin vida.

No vemos el sol desde hace años.

A veces creemos recordar su forma. Algunos conservan fotografías. Otros dicen que el sol era amarillo, aunque nadie consigue ponerse de acuerdo sobre el amarillo.

Todavía no estamos ciegos. Eso es lo extraño.

Podemos distinguir una mano a pocos centímetros del rostro. Podemos leer, con dificultad, una palabra escrita sobre una pared. Podemos caminar dentro de nuestras casas sin golpearnos.

Vemos lo suficiente para saber que seguimos viendo. Pero ya no vemos lejos. Quizás por eso nadie sabe exactamente cuántos quedamos. Quizás por eso dejamos de buscarnos.

Anoche escuché una voz detrás de la puerta. No pude reconocerla. Preguntó mi nombre.

No respondí.

Volvió a preguntar.

Entonces comprendí algo que hasta ese momento no había querido pensar: tal vez la niebla no había cubierto la ciudad. Tal vez había cubierto solamente aquello que nos permitía reconocernos.

Y ahora alguien, allá afuera, estaba aprendiendo nuevamente nuestros nombres.

No dormí.

Durante horas permanecí sentado junto a la puerta, escuchando. A veces creía oír pasos. Otras, una respiración. Una vez alguien apoyó la mano del otro lado y dejó allí los dedos durante varios segundos.

Por la mañana encontré algo en el piso.

Un papel.

No tenía dirección ni firma. Solo una frase escrita con letra temblorosa:

Todavía recuerdo tu rostro.

La leí varias veces. Después levanté la vista hacia la ventana. Del otro lado estaba la niebla. Por primera vez en muchos años tuve la impresión de que no era blanca.

Era gris.

Y dentro de ella, muy lejos, alguien encendió una luz.

J. Noriega

imagen. IA

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