La casona era antigua. Nadie recordaba quién la había construido. Tenía techos altos, paredes gruesas y un patio enorme, lleno de árboles secos. Había pertenecido durante generaciones a una misma familia, pero hacía años que estaba abandonada.

La municipalidad decidió demolerla.

Nosotros trabajábamos en la obra. Había que tirar todo abajo y levantar un edificio nuevo. Primero sacamos los muebles, después las puertas, las ventanas, los pisos. Encontramos papeles viejos, fotografías, botellas, juguetes rotos.

Nada demasiado extraño. Hasta que apareció el pozo.

Estaba debajo de una habitación que, según los planos, no había existido nunca.

Al principio pensamos que era una cisterna. Después vimos que las paredes bajaban demasiado. Tenía unos tres metros de profundidad y estaba perfectamente seco.

Adentro había cosas.

Alhajas envueltas en telas podridas. Cubiertos de plata. Una caja con monedas. Un reloj detenido. Dos sillones pequeños. Una cómoda sin cajones.

También había huesos.

De perros. De gatos. Otros que nadie supo reconocer.

Y al fondo, apoyada contra la pared, estaba la estatua.

Era una adolescente bella.

Estaba sentada, con las manos apoyadas en el suelo y la cabeza ligeramente inclinada hacia un costado. Parecía de piedra, aunque la superficie era tan lisa que daba la impresión de estar húmeda.

Parecía recién hecha.

Llamaron al arquitecto. Después vino gente del municipio. Finalmente apareció un arqueólogo. Bajó al pozo, la miró durante unos minutos y subió sin decir demasiado.

—Esto no pertenece al lugar —dijo.

Esa noche me quedé de sereno.

A eso de las tres escuché un ruido.

Venía del pozo.

Me acerqué con la linterna.

La estatua estaba mirando hacia arriba. Estoy seguro. Los ojos, que durante el día parecían apenas dos cavidades, ahora parecían seguirme.

—¿Quién sos? —pregunté.

La muchacha habló. No entendí una sola palabra.

Era una lengua que nunca había escuchado. Las palabras eran breves, suaves, dichas casi en secreto.

Retrocedí.

Ella volvió a hablar.

Entonces comprendí una palabra. Afuera.

—Sí —dije—. Estoy afuera.

La muchacha negó lentamente con la cabeza.

Dijo otra palabra. Vos.

Después señaló la pared. Luego el suelo. Después me señaló a mí.

Volvió a hablar.

Esta vez entendí la frase, aunque todavía no sé cómo:

Ustedes construyeron la casa encima de nosotros.

Sentí frío.

—¿Quiénes?

La muchacha sonrió. No respondió. Miró hacia arriba. Yo también miré.

Callé mi experiencia, temí la locura.

Al otro día la estatua volvió a ser estatua. Encontramos una inscripción en el fondo del pozo.

Un arqueólogo la miró durante mucho tiempo.

—No es una lengua que reconozca —dijo.

Yo tampoco podía leerla.

Ese día continuamos con la demolición.

Al golpear una de las paredes del patio, apareció otro hueco. Después otro. Y otro.

No eran habitaciones.

Eran espacios demasiado estrechos, como si la casa hubiera sido construida alrededor de ellos. Desde entonces comenzaron a aparecer cosas que no figuraban en ningún plano.

Una puerta detrás de una pared. Una escalera que bajaba y volvía al mismo lugar. Huellas pequeñas en habitaciones todavía cerradas.

Y, algunas noches, voces. Siempre en aquella lengua extraña.

Yo ya entiendo algunas palabras. No las suficientes para traducirlas. Las suficientes para saber cuándo hablan de mí.

Y comprendí algo que todavía me cuesta escribir. Tal vez nosotros no habíamos encontrado el pozo.

Nosotros somos el pozo.

J. Noriega

imagen. IA

——————————–

Para suscribirte con $ 1500/mes a LNd hace click aquí

Tendencias