En diferentes países, la derecha y la ultraderecha han encontrado una poderosa estrategia para llegar al poder y conservarlo: presentar a sus dirigentes como hombres elegidos por Dios. Ya no basta con ofrecer programas políticos; ahora se construyen relatos mesiánicos en los que el líder aparece como salvador de la patria, mientras sus adversarios son convertidos en enemigos de Dios.

En Argentina, algunos seguidores de Javier Milei afirman que su llegada habría sido anticipada por videntes y chamanes. Se lo relaciona especialmente con el llamado “hombre gris”, anunciado décadas atrás por Benjamín Solari Parravicini. Sin embargo, Parravicini nunca mencionó a Milei. Se trata de una interpretación posterior de profecías ambiguas, acomodadas a los acontecimientos políticos. A ello se suma el discurso de “las fuerzas del cielo”, con el cual una propuesta económica y política termina adquiriendo una apariencia sobrenatural.

En Estados Unidos el fenómeno es todavía más evidente. Una parte importante de la ultraderecha evangélica considera a Donald Trump un instrumento escogido por Dios para salvar la nación. Algunos pastores lo llaman “ungido” y lo comparan con Ciro, el rey persa que, según la Biblia, fue utilizado por Dios a pesar de no pertenecer al pueblo judío. De esta manera justifican todas las contradicciones morales de Trump: no importa su conducta personal, sus procesos judiciales, su racismo ni su desprecio hacia los inmigrantes y los pobres, porque supuestamente Dios puede utilizar a un hombre imperfecto para cumplir una misión superior.

La misma estrategia fue utilizada en Brasil con Jair Bolsonaro. Influyentes pastores evangélicos lo presentaron como un hombre escogido por Dios y convirtieron su campaña en una cruzada contra el comunismo, el feminismo, las diversidades sexuales y las religiones afrobrasileñas. La política dejó de ser una confrontación de propuestas y pasó a ser representada como una guerra entre Dios y el demonio.

En El Salvador, sectores evangélicos consideran a Nayib Bukele un gobernante enviado para “limpiar” el país. El propio presidente atribuye a Dios su victoria sobre las pandillas, descritas como fuerzas satánicas. Así, sus decisiones dejan de ser evaluadas jurídicamente y pasan a justificarse como parte de una batalla espiritual.

Este fenómeno no se limita al cristianismo evangélico. En Rusia, Vladimir Putin utiliza a la Iglesia ortodoxa para presentarse como defensor de una civilización sagrada frente al Occidente decadente. En Hungría, Viktor Orbán afirma defender la Europa cristiana contra inmigrantes, musulmanes y liberales. En Israel, sectores del sionismo religioso recurren a las promesas bíblicas para justificar la ocupación territorial y las guerras. En India, Narendra Modi y el nacionalismo hinduista presentan al hinduismo como la esencia de la nación, relegando a musulmanes y cristianos. En Turquía, Erdoğan combina el islam político con el nacionalismo y la nostalgia del Imperio otomano.

Cambian los nombres, las religiones y los países, pero la fórmula es casi siempre la misma: un pueblo supuestamente elegido, un líder providencial, una misión salvadora y unos enemigos demonizados.

El problema no es la espiritualidad ni la religión en sí mismas, sino su manipulación para dominar. Cuando un gobernante se presenta como enviado por Dios, cuestionarlo deja de ser un derecho democrático y comienza a ser considerado un pecado, una traición o una alianza con el mal. Sus seguidores ya no analizan sus actos: creen en él. No le exigen cuentas: lo veneran. No lo consideran un administrador temporal, sino un salvador indispensable.

Resulta profundamente contradictorio que quienes exaltan la riqueza, la competencia, las armas, el racismo, el castigo y la exclusión se proclamen representantes de Jesús, quien defendió a los pobres, acogió a los despreciados y enfrentó a los mercaderes y poderosos de su tiempo. Si Jesús regresara, probablemente sería perseguido por muchos de quienes hoy dicen hablar en su nombre.

La derecha ha descubierto que la religión puede ser más eficaz que cualquier propaganda. Dios termina convertido en jefe de campaña; los pastores, sacerdotes y videntes, en promotores electorales; y las iglesias, en estructuras de movilización política. Mientras tanto, las élites económicas permanecen detrás del altar, acumulando riqueza y poder.

Los antiguos reyes afirmaban gobernar por derecho divino. Los nuevos autoritarios hacen prácticamente lo mismo, aunque ahora llegan mediante elecciones. Han cambiado la corona por la urna, pero conservan la vieja pretensión de que Dios los ha escogido. Y cuando un político necesita declararse enviado del cielo para gobernar la Tierra, no está revelando su grandeza, sino la pobreza y el peligro de su proyecto.

(*) T. A. Oviedo Freire es autor del libro El Tawantinsuyu que admiraron los cronistas (Amazon)

imagen. archivo

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