Mirábamos pasar la cosechadora desde la ventana de la escuela.

Yo había llegado temprano, aunque la primera hora no empezaba hasta las nueve. La mañana estaba clara y el campo, detrás del edificio, parecía inmóvil. Había algunos estudiantes en el patio y otros ya sentados en el aula. Desde la ventana se veía la línea de árboles, el camino de tierra y, más lejos, la máquina amarilla avanzando lentamente.

La cosechadora parecía demasiado grande para esa distancia.

—Miren —dijo uno de los gurises.

Todos se acercaron.

La máquina iba dejando detrás una nube que al principio confundimos con polvo. Se levantaba apenas y el viento la llevaba hacia los árboles. Después se deshacía.

Volví a la sala de profesores antes de entrar al aula.

Habían puesto la pava eléctrica sobre una mesa. Algunos hablaban de las horas, de las suplencias, de quién iba a faltar la semana siguiente. Yo preparaba unos papeles cuando escuché la palabra puntaje.

—Hay un curso nuevo —dijo una profesora.

La conversación cambió de dirección.

—¿Cuál?

—Uno de ambiente.

El profesor que estaba mirando el celular levantó la vista.

Buenas prácticas agropecuarias y Educación Ambiental. Les debe aparecer en la plataforma de ATAMA.

—¿Sirve para sumar?

—Sí, creo que da puntaje.

—¿Cuánto?

—No sé todavía.

Todos empezamos a buscarlo.

Una profesora acercó el teléfono a la cara.

—A mí no me aparece.

—Tenés que entrar por capacitaciones.

—Ya entré.

—Probá actualizar.

Durante unos minutos hablamos solamente de eso. El curso, la inscripción, el puntaje, los certificados, las fechas. Afuera, a través de la ventana de la sala, la cosechadora seguía avanzando.

Pensé que alguien había mencionado la palabra fumigación.

No estoy segura.

Tal vez la pensé yo.

Miré la hora y volví al aula.

—Bueno —dije—. Sigamos con Distancia de rescate.

Los más estudiosos abrieron los libros. Algunos buscaron la página. Habíamos hablado de la voz de Amanda, de la enfermedad, de la distancia invisible que una madre calcula para saber llegar hasta su hija.

Leímos un fragmento en silencio.

Desde afuera llegó el ruido de la cosechadora.

No era un ruido fuerte. Era constante.

Ellos comenzaron a mirar otra vez por la ventana.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada.

Seguí leyendo.

—Fíjense cómo aparece la pregunta por la distancia.

Delfina levantó la mano.

—Profe.

—¿Sí?

Señaló hacia afuera.

La nube nos tapa.

Me acerqué a la ventana. La nube ya no estaba lejos.

No venía del suelo solamente. Se había levantado por encima del campo y avanzaba hacia la escuela. Era grisácea, espesa, irregular. Durante un momento pensé que era polvo de la cosecha.

Entonces la gurisa tosió.

Después tosió otro.

Sentí una irritación en la garganta.

Tosí. Todos tosimos.

Algunos se cubrieron la boca con la mano. Natalia cerró el libro. Juan se levantó y abrió más la ventana, como si necesitáramos aire.

Entró más nube.

—Cerrá —dije.

Pero tardó unos segundos en escucharme.

Tosíamos.

Afuera, la cosechadora seguía avanzando.

Nadie hablaba.

Todos callamos.

Miré el libro abierto sobre el escritorio. La palabra distancia aparecía en la página que estábamos leyendo.

Pensé en la sala de profesores. En el curso. En el puntaje.

En Buenas prácticas agropecuarias y Educación Ambiental. En la plataforma de ATAMA.

Después miré las caras de los gurises. Algunos seguían tosiendo. Otros habían dejado de hacerlo y me miraban. No sabía qué decirles.

La nube terminó de cubrir la ventana. Y cubrió todo.

No vimos el campo. Ni la cosechadora. Ni el camino.

Nos confundimos con la nube. La nube nos borró…

J. Noriega

imagen. IA

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