ONGs denuncian los impactos que los monocultivos de árboles a gran escala provocan sobre los ecosistemas y las comunidades que en ellos viven a lo largo y ancho de nuestros países.

A pesar de contar con documentación que da cuenta de los efectos nocivos (contaminación y agotamiento de suelos y aguas) que los monocultivos tienen en los territorios, las plantaciones se continúan expandiendo con su lógica de crecimiento sin límites, acaparando tierras y avalando un sistema de despojo en muchos casos asociado con la violencia en contra de comunidades indígenas, negras y campesinas, siendo esto ya un común denominador.

Mientras avanza el despojo, las empresas buscan “reinventarse” y esconder sus graves impactos por detrás de nuevos nombres, de sellos y certificados “ecológicos”, de políticas de “responsabilidad social”, bajo el maquillaje de la economía “verde”. Esta expansión provoca graves problemas para las comunidades afectadas directas o indirectamente.

RESISTENCIAS

Los procesos de resistencia van de la mano con otro modelo de generación de alimento y de gestión del territorio, en el que las plantaciones de monocultivo no tienen cabida y en el que por el contrario perviven conocimientos tradicionales y de manejo de bosque que en muchos casos son milenarios. Eso es de suma importancia porque la oposición por parte de movimientos sociales, organizaciones campesinas, comunidades indígenas, negras y otras es respondida con amenazas, criminalización, y a veces hasta con la muerte.

Estas plantaciones de eucaliptus, pino, palma aceitera, teca, acacia, ubicadas en el Sur Global, responden a una lógica de producción y consumo excesivo que prima en países del Norte. Generalmente en manos de empresas transnacionales o grandes grupos económicos nacionales, ocupan grandes extensiones de territorio, sustituyen ecosistemas como bosque, cerrado o pradera, impactan negativamente en las comunidades locales, en quienes menos recursos tienen.

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(La Nota digital)

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