San Martín es considerado el iniciador y el propulsor de la reforma carcelaria en la Argentina y de la humanización del sistema punitivo.

Juan Carlos García Basalo afirma en su libro “San Martín y la reforma carcelaria” (1954- Ediciones Arayú), que “a la luz de nuestros conocimientos históricos actuales, por las realizaciones carcelarias y penológicas expuestas, San Martín tiene que ser considerado el iniciador y el propulsor de la reforma carcelaria en la Argentina y de la humanización del sistema punitivo –hasta donde las circunstancias de la época lo permitieron– y del régimen penitenciario en el Perú”.
Así sintetiza el autor la preocupación del prócer de los argentinos por la situación de los encarcelados con un sesgo que es propio del penitenciarismo bien entendido y que probablemente adquirió durante su juventud en España: tratar al detenido con la convicción de que a pesar de ser delincuente, no pierde su condición humana. Y esa preocupación no surge de la mente caprichosa de algún estudioso, sino que aparece documentada históricamente.
Por ejemplo, como gobernador intendente de las provincia de Cuyo y comandante de las tropas que luego encararían el cruce de los Andes para libertar a Chile, envió un oficio el 25 de marzo de 1816 al Cabildo del lugar, en el que se muestra preocupado por la situación de los presos.
Allí destaca: “Conmovido por la noticia que acabo de oír, de que a los infelices encarcelados no se les suministra sino una comida cada veinticuatro horas. Le transmito a VS. Sin embargo del feriado, para que, penetrado de iguales sentimientos de conmiseración, se les proporcione cena a horas que no altere el régimen de la cárcel”.
El oficio que mandó San Martín continúa diciendo: “Aquél escaso alimento no puede conservar a unos hombres que no dejan de serlo por considerarles delincuentes. Las cárceles no son un castigo sino el depósito que asegura al que debe recibirla. Y ya que las nuestras, por la educación española, están muy lejos de equipararse a la policía admirable que brilla en las de otros países cultos, hagamos lo posible por llegar a imitarles. Conozca el mundo que el genio americano abjura con horror los crueles hábitos de los antiguos represores y que el nuevo aire de libertad que empieza a respirarse, extiende su benigno influjo a todas las clases del Estado”.
Dos días más tarde, el prócer recibió una nota del Cabildo, donde le informaron que su orden ya había sido cumplida.
El 13 de mayo de 1816, el Libertador plantea a los cabildantes debido a las “ventajas que resultarán a la sociedad y buen orden de la policía el establecimiento de una Casa en donde se recojan a las mujeres escandalosas o que su conducta antisocial les haga acreedoras a alguna represión; y que el Estado, exhausto de fondos públicos, ellas puedan economizar la fábrica de vestuarios que se necesitan para el Ejército, he decidido la creación de dicho establecimiento”.
Las premisas carcelarias de preocuparse por “el estado de los presos” y mantener el orden en los establecimientos que introdujo la Recopilación de las Leyes de Indias, permanecían no sólo vigentes, sino que se consolidaban ya sea a través de la enorme figura y con el ejemplo del general San Martín, hasta los alcaides a cargo de las prisiones en los tiempos de la organización nacional.

La preocupación por las cárceles peruanas
Designado Protector del Perú a pocas semanas de entrar como libertador a Lima, el 10 de julio de 1821, San Martín se dedica a enfrentar la anárquica situación política, económica y judicial del país. El 15 de octubre, el general comienza a visitar las cárceles de la capital peruana.
El redactor de la Gaceta del Gobierno relata las visitas y señala que “examinando el estado de las causas pendientes y oídas las reclamaciones y exposición de los delincuentes, varios fueron puestos en libertad, otros aliviados de sus prisiones y S.E. ordenó que todas las causas concluyesen dentro del término de 20 días”.
Un día después, el 16 de octubre de 1821, San Martín dispuso por decreto la abolición de la pena de azotes.
En otro escrito, el mismo redactor destaca la decisión de San Martín de “abolir para siempre toda especie de tormento y mandando que jamás se hiciera uso de los horrendos calabozos, conocidos como infiernillos, donde se sepultaban, se desesperaban y morían los hombres bajo el anterior gobierno” español. El prócer no quedó conforme con su orden: por las dudas, ordenó demoler los infiernillos “sin gasto para el Estado”, de lo que se ocupó Juan de Echeverría y Ulloa.
San Martín dejó a Perú un Reglamento Carcelario de 20 artículos que, el 23 de marzo de 1822, firmó su ministro Bernardo de Monteagudo y que para el historiador y penitenciarista peruano Mariano Felipe Paz Soldán establece “principios de humanidad y moralidad hasta entonces desconocidos”.
Pero San Martín le dejó más a Perú. Sembró en su senda libertadora de medio continente el primer impulso y la premisa de avanzar en la humanización carcelaria, como meta digna de la especie.

Fuente: SPF

(La Nota digital)

Anuncios