Antes de que la pelota comenzara a rodar en el Mundial de 2026, Estados Unidos ya llevaba varios meses disputando otra competencia, mucho menos festiva y bastante más costosa. La inauguración del torneo encontró al país anfitrión celebrando un contundente 4 a 1 frente a Paraguay y, al mismo tiempo, intentando cerrar una guerra con Irán que había prometido resolver de manera rápida y decisiva. Del otro lado, la selección iraní debutaba con un empate ante Nueva Zelanda mientras Teherán emergía de una devastadora campaña militar dispuesto a volver a negociar. Entre las tribunas colmadas y las noticias que seguían llegando desde el Golfo Pérsico, el inicio del Mundial ofrecía una imagen inesperada: fútbol y geopolítica compartiendo escenario.

Las imágenes de los estadios, los himnos y las camisetas contrastaban con las noticias provenientes del estrecho de Ormuz. El alto el fuego parecía anunciar una vuelta a la normalidad. Pero las guerras, como los partidos, no siempre las gana quien más ataca ni quien promete goleadas. A veces las decide la resistencia, el tiempo y la capacidad de soportar. Durante cuatro meses, Estados Unidos desplegó una superioridad militar abrumadora. Sin embargo, el resultado final se pareció menos a una victoria absoluta que a una negociación inevitable. El régimen iraní sobrevivió, el problema nuclear permaneció abierto y Ormuz volvió a demostrar que la geografía conserva una fuerza que ni los bombarderos ni los discursos consiguen anular.

Irán sufrió pérdidas enormes. Su estructura militar quedó severamente dañada y el país atravesó una de las mayores crisis de las últimas décadas. Pero consiguió atravesar la tormenta y mostrar que incluso una potencia muy inferior puede condicionar a un adversario incomparablemente más fuerte. No se trata de presentar a Teherán como vencedor. Se trata de reconocer una regla recurrente de la política internacional: la supervivencia también constituye una forma de triunfo. En las guerras contemporáneas, evitar la derrota puede resultar más importante que alcanzar una victoria imposible.

La escena remite a una transformación más profunda. Las guerras contemporáneas rara vez concluyen como las del siglo XX. La rendición incondicional y la ocupación prolongada son cada vez menos frecuentes. Afganistán, Irak, Ucrania y ahora Irán muestran conflictos donde la capacidad de resistencia y la imposibilidad de imponer una victoria definitiva adquieren un peso decisivo. Las grandes potencias continúan disponiendo de una superioridad militar extraordinaria, pero encuentran crecientes dificultades para traducir esa ventaja en resultados políticos duraderos. La fuerza sigue siendo decisiva, aunque ya no garantiza la obediencia ni la estabilidad posterior.

Trump jugó esta guerra como si fuera un partido de fútbol, apostando a una victoria rápida y contundente. Pero terminó enfrentando una lógica más cercana al ajedrez, donde el tiempo, las posiciones y la capacidad de soportar importan tanto como la potencia de ataque. Mientras los estadios celebran goles y las selecciones buscan avanzar de ronda, otra lección permanece fuera de las canchas. Las guerras actuales terminan cuando los contendientes descubren los límites de su poder y aceptan volver a sentarse frente a frente. Quizá esa sea la paradoja de este Mundial. El país que llegó como anfitrión y potencia indiscutida descubrió, una vez más, que la historia no siempre se juega como en el fútbol. A veces, como en el ajedrez, sobrevivir ya es una forma de no perder.

J. Noriega

imagen. IA

——————————–

Para suscribirte con $ 1500/mes a LNd hace click aquí

Tendencias