Nicolás Loza nació en Diamante en 1988. Es licenciado en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Entre Ríos – UNER. Actualmente publica artículos periodísticos de actualidad. Reside en la ciudad de Paraná.

Soplaba el viento

Todos los jueves por la noche venía un amigo a visitarme en el apartamento en que estaba alquilando hacía ya algunos meses. Yo esperaba ansioso su visita, porque además de buena compañía, solíamos disfrutar de algunos placeres no tan sencillos de la vida. A mí me gustaba, y eso hacía.
Recuerdo que uno de esos jueves, mi amigo y yo, nos habíamos metidos en esas discusiones largas y densas que rondaban la filosofía existencial, el nihilismo, la angustia; sin saber demasiado de esos temas. Mientras preparaba la cena, en la mesada de la cocina, podía observar desde allí, cómo las nubes viajaban rápidamente hacia el norte.
-Lo que no te mata, te hace más fuerte- dijo mi amigo.
Las nubes me habían impresionado tanto, en la velocidad y su viaje nocturno en la dirección norte, que no puse suficiente atención a sus palabras.
-Disculpá A. No pude escucharte- le dije a mi amigo. El repitió enfáticamente:
-Lo que no te mata, te hace más fuerte, Nietzsche, El Ocaso de los Ídolos. Y colocó la obra del Loco de Turín, nuevamente en la biblioteca.
Tuve una sensación extraña, porque si bien la frase es muy conocida, me penetró en la conciencia esa noche como el pasar de las nubes hacia el norte con el soplido del viento. No fue casualidad mi reacción. La estaba pasando mal desde hacía unos días y mi estado de ánimo no era bueno. Traté de disimularlo y respondí, mientras dejaba los utensilios de cocina sobre la mesada:
-Es así mi amigo, no queda otra- Traje el cenicero cerca y encendí un cigarrillo. Quedé pensativo, con ganas de que las horas pasaran rápidas y los días también.
Mientras la noche avanzaba, escuchamos música y cocinamos un poco de carne asada en el horno de la cocina. Era una cocina nueva y, aunque estaba viviendo allí hacía un tiempo, había utilizado muy poco esa función de la cocina.
Rápidamente nos quedamos sin cigarrillos. Mi amigo fumaba mucho y yo desde que había terminado una incipiente relación con una colega, fumaba el doble además de comerme constantemente las uñas. Decidí ir al lugar más cercano, a una cuadra de donde vivía. Tenía que cruzar una plaza y listo.
-Ya vengo. Voy a ir a comprar cigarrillos y algo para tomar- le dije a A. La noche será muy fría y no es bueno salir demasiadas veces con un tiempo como el de hoy. Si quieres, podemos armar el sofá y dormir aquí. Además de tener un lindo sofá. Necesitaba compañía. Hacía días.
-Si no es molestia, no hay problema. Podemos estirar la noche. Usted sabe, amigo, que disfruto mucho de sus charlas- Me dijo.
Fui al dormitorio, busqué una bufanda, me abrigué el cuello, me puse un saco abrigado de color negro que tenía en la segunda percha del placard, le revisé los bolsillos para ver si no tenía nada y salí.
-Me llevo la llave, controlá la comida- dije. Mi amigo asintió con la cabeza mientras exhalaba una densa bocanada de humo de su boca.
Cuando bajé a la vereda, las luces de un auto que venía me encandilaron, esperé que pasara y crucé la calle. Los pinos de la plaza parecían querer cantar una melodía medieval. Miré sus copas, metí la mano en los bolsillos y apuré el paso.
De regreso, paré en el medio de la plaza y encendí un cigarrillo. Miré nuevamente los pinos y la luna. Un viento frío me quemaba la cara. Recogí la bolsa con las cervezas en lata que llevaba y algunos chicles que pensé serían todo lo necesario para no salir más a la calle por esa noche. Antes de entrar al edificio donde vivía, mientras sacaba la llave para abrir la puerta principal, escuché la sirena de una ambulancia que se dirigía hacia el centro de la ciudad, por una avenida paralela. Entré al edificio, y luego a mi apartamento.
-Ya está todo listo- me dijo mi amigo. Hay que sentarse y comer. Nada más.
-Que así sea, le dije. Sonreí.
Cuando se hizo de madrugada, ya habíamos tomado las cervezas pero aún teníamos cigarrillos. Recuerdo que admirábamos el poema Después del Diluvio de Rimbaud y hacíamos extrañas interpretaciones. Fue ahí cuando lo miré a mi amigo y le dije:
-Vamos a comprar algo más- Yo estaba convencido que el frío disminuía justo en ese momento y que por unos minutos, el viento gélido de la madrugada daba una tregua a los desesperanzados.
-Vamos y venimos rápido- dijo mi amigo. Emprendimos la caminata.
Hice el mismo recorrido que unas horas antes, pero esta vez acompañado. Es por eso que decidí esperar en la esquina y así se lo manifesté a A.
Se veía que el negocio estaba cerrado. Las luces estaban apagadas. Era tarde. Escuché los perros ladrar y por instantes me sentía extraño. No alcanzaba a ver a mi amigo. Pensé en la noche, pensé en los que pasarían esa noche a la intemperie o bajos los árboles de la plaza.
Cuando miré nuevamente, mi amigo ya se acercaba con un tranco distendido.
-¿Todo bien?- le pregunté.
-Todo bien- me respondió.
Miré al cielo. Las nubes seguían viajando hacia el norte. Hacía frío. Soplaba el viento.

tapa

(La Nota digital)

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