Suplemento Literario N° 57: “Piedra grande sin labrar”

Verónica Yattah. Febrero de 1987. Libros: Ella salta la espuma de las olas, Allá es mañana y Los perros también se van.

Poemas

 

Como patitos llegamos,

como ciegos.

El segundo no vio al primero

el tercero no vio al segundo.

Tan cerca quedó un auto de otro

que mientras la barrera del tren bajaba

tuvimos tiempo de tomar espacio.

El tren iba a venir

pero no venía.

Vi a una chica darle un beso a un chico

y cómo encendían las luces del restaurante.

Y yo que estaba en bici apoyé mi mano

en el techo del auto vecino

para no tener que sostenerme toda

con la punta de los pies.

Y me sentí parte de algo.

Había viento y era mucho

tener una piel.

Era viernes.

Tenía el cuerpo cansado

y dos piernas fuertes.

 

 

Hecha jirones, montaña

tirá la ropa, vení

en amasijo nuestras remeras

esa ropa que no sea

más la tuya ni la mía,

Así

que no haga falta volver a ella.

 

 

Piedra grande sin labrar

Piedra grande sin labrar
Peña, se llamaba así la calle
donde vivía el amigo de mi hermano.
La primera vez que hice el amor
vi mi ropa manchada.
Fue distinto el color de los autos
que pasaban mientras regresaba a casa.
Fue distinto el color de mi mamá
que ponía la mesa como tantas otras noches
aunque esa fuera para mí
la primera noche de otra era.
El rostro de mi mamá acariciado
mucho antes de que esto pasara
(ella sola en su casa, mi hermano y yo)
por hombres recostados
en pequeñas camas
el humo del cigarrillo marcando en el aire
figuras sin forma.
Uno de esos hombres mi padre
el humo dibujando, en su caso sí,
un ciervo corriendo
perdiéndose en un bosque.
Entonces Peña el nombre de la calle
de la casa del chico
con el que estuve la primera vez.
Después hubo otras:
Arganguren, Tucumán, Aráoz
la calle de un barrio lejano
hasta que llego caminando
a una fiesta en el primer piso
departamento A
de un ambiente en Gurruchaga,
calle empedrada
de árboles viejos
que a las tormentas
les lleva minutos derribar.
Llegué como quien llega a un umbral
y pasando una línea se transforma.
Descorrí la bolsa de nylon
que ocultaba una botella de cerveza.
Y mi deseo de darle un beso
siendo ella como yo, una mujer.
Y mi deseo de escribir
sobre todo lo que pasaba alrededor:
el colchoncito apoyado en la pared
para silenciar la felicidad de la fiesta
el vecino tocando timbre
para quejarse no, para bailar
y mi mejor amigo acariciando los vinilos
jugando a ser el dj
que todavía no era.
Ana también quiso que la noche fuera larga
que todo recién empezando como estaba,
no terminara tan pronto.
De negro a nublado, el cielo
se nos fue metiendo en los ojos.
La suavidad que conocí esa noche
fue un hacha una pica un revólver
que palpé en mi bolsillo meses después
años después.
La suavidad fue mi antídoto cada vez que hizo falta
mi defensa incluso cuando ella me dejó.
Ahora cuando algo termina
me acuerdo de esa noche
lo que se tuvo una noche, si de verdad se tuvo
se tiene otra vez.
Fui alguien conduciendo un auto
en medio de una ruta
hasta cruzarse en mi camino, algo
que me hizo frenar el paso.
El beso que le di a otra chica,
la noche en que mi cuerpo
fue por primera vez, además de mi cuerpo
mi casa.

Fuente: Revista Virtual de Arte y Poesía El infinito viajar

(La Nota digital)

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