Homilía de Monseñor Arancedo

Homilía de Monseñor Arancedo en la Misa de Apertura de la 113° Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina – CEA.

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Foto: CEA

Queridos hermanos:

Con esta eucaristía iniciamos nuestra 113° Asamblea Plenaria. Vamos a vivir una semana de encuentro fraterno y de reflexiones al servicio de nuestros hermanos y comunidades. Como siempre traemos a nuestras Asambleas diversos temas que hacen a la vida de la Iglesia en Argentina. Nuestra mirada tiene en Jesús, el Buen Pastor, su fuente y modelo. Dispongamos nuestros corazones y pidamos la asistencia del Espíritu Santo, para que nos acompañe con sus dones e ilumine nuestros trabajos.
Recordamos hoy la memoria de San Atanasio, un testigo de la fe que nos ha dejado un claro testimonio de la divinidad de Jesús, y que consolidó la fe de la Iglesia en los primeros siglos. Volver nuestra mirada a su persona, aunque de otra época, nos hace bien. Él mantuvo con firmeza y lucidez la primacía de Dios y la centralidad salvífica de Jesucristo, el único Señor y Salvador (cf. Hech. 4, 12). Hagamos memoria agradecida de un pastor que, por el bien de las almas y en el cuidado de la doctrina, acompañó el camino de la Iglesia. Que su memoria nos estimule y nos mueva a elevar nuestra oración a Dios para que: “por su doctrina y gracias a su intercesión, podamos crecer incesantemente en tu conocimiento y en tu amor”, como reza la liturgia del día.
En el evangelio que acabamos de proclamar Jesús se nos presenta como el verdadero Pan de Vida, (Jn. 6, 30-35), que proviene de Dios, que desciende del cielo y da vida al mundo; de este misterio de fe somos depositarios como Iglesia y ministros para nuestros hermanos. La eucaristía es el testamento de la Pascua Cristo y expresión definitiva de la Alianza de Dios con los hombres. Con precisión el Catecismo de la Iglesia Católica la llama el “compendio de nuestra fe”, usando una la bella expresión de San Ireneo cuando afirma: “Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía y, a su vez, la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar” (C.I.C. 1327). En esta línea el Concilio la define como: “fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG. 11). No hay vida sin referencia a la Eucaristía.
Ella encierra una dinámica de transformación y de configuración a Cristo que la hace camino de plenitud en la vida cristiana; es sacrificio de alabanza y de acción de gracias; es presencia y anticipo del Reino; es signo de unidad y alimento que fortalece el vínculo de la caridad. Ella entraña, por su misma configuración a Cristo, un compromiso especial con los más necesitados como nos insiste san Juan Crisóstomo: “Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano” (C.I.C. 1397). A esta riqueza la vamos a tratar en esta Asamblea cuando reflexionemos sobre el Domingo, el día de la Eucaristía.
Ella pertenece, además, a la misión de la Iglesia, por ser la fuente que nos hace testigos de la misión de Jesucristo. Cuando confesamos que “Cristo es nuestra paz”, que él ha venido para derribar todo muro de enemistad entre los hombres (cfr. Ef. 2,14), proclamamos una verdad que hace a la misión de la Iglesia. Esto lo asume el Concilio al definirla como: “sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1). Ella está en el mundo para dar testimonio de su fe en Jesucristo y comunicar la salvación al hombre, y contribuir al bien de la paz y la unidad de la humanidad.
Esta verdad que creemos y proclamamos nos debe llevar a mirar con ojos de fe, compromiso y esperanza la realidad que vivimos en lo concreto de nuestra amada Patria. Nos hemos acostumbrado a una cultura del enfrentamiento, la violencia y la anomia que nos debilita como nación. Al anunciar a Jesucristo, que es la paz en persona (cf. Ef. 2, 14), Francisco nos recuerda que: “la nueva evangelización anima a todo bautizado a ser instrumento de pacificación y testimonio creíble de una vida reconciliada. Es hora, continúa, de saber diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarlos de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones” (EG 239). Esta mirada ubica la raíz de la temática social y política en el corazón del hombre como sujeto moral y valora, asimismo, el significado de las instituciones a las que el mismo hombre, especialmente el dirigente, debe cuidar y ejercer sus funciones al servicio del bien común.
Contribuir con su palabra a una cultura del encuentro forma parte, por ello, de la misión misma de la Iglesia en su fidelidad al Evangelio. La fe en Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, no puede quedar en algo intimista que nos exima de una palabra en lo concreto de nuestra historia, ella es: “una fuerza que sana, afianza y promueve la dignidad del hombre” (L.P.N.E 16). Esta actitud de la Iglesia de promover una cultura del encuentro y fortalecer lazos de amistad social, como de privilegiar el cuidado y la atención de los más necesitados no es una estrategia, sino un compromiso de su fe en Jesucristo. No se trata de una mirada ingenua sino de poner al hombre en el centro de la cuestión social, y verlo como responsable de la misma realidad e instituciones de la República, que son la necesaria mediación en un estado de derecho y en el marco de una vida en democracia. Esta actitud nos hace protagonistas de un futuro que nos compromete.
Queridos hermanos, pongamos en las manos de María Santísima, Nuestra Madre de Luján, los trabajos de esta 113° Asamblea Plenaria que hoy iniciamos como expresión de comunión y compromiso pastoral al servicio de nuestras iglesias y de todos nuestros hermanos. Amén.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

(La Nota digital)

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