M. S.

@Sauceverde

Overture

¡No me chingues otra vez con la misma pregunta, hermanita! ¿Cuántas veces tendré que repetírtelo? Me importa un pito que Xenakis esté muerto. La muerte, para llamarla por su nombre, es el destino de todos nosotros. Nadie puede medir sus propios días: yo ya me he resignado. ¡Que no me importe no significa que yo lo hice! No soy un criminal. Que te quede bien claro: soy un músico. ¡El mejor de toda Viena! ¡Dedico todo mi tiempo a la composición porque es el único camino hacia lo trascendente! ¡Te aseguro que nadie estudia tanto como yo! Claro está, cuando no me interrumpen con disparates. Si no fuera por ti, estaría por terminar un exquisito singspiel en dos actos: ¡Die Zauberflöte! Escucha: Una muchacha o una mujercita/es lo que Papageno desea/¡Oh! ¡Una suave pichoncita/sería mi mayor felicidad!/Entonces me sabrían bien/la comida y la bebida/entonces podría compararme/con un príncipe/disfrutaría la vida como un sabio/y estaría como en el Eliseo. El libreto lo escribirá mi buen amigo Schikaneder. ¡Será su mayor éxito comercial! ¡Hasta podrá comprarse un teatro con las ganancias! ¡Ya verás!

Sí, sí, sí. Ya te lo dije: hasta los criados del arzobispo saben que le debía una fuerte suma a Xenakis. Pero, ¿cómo no endeudarme? Vivo tiempos encabronadamente difíciles, ya nadie se interesa por mi música. ¡Ni la duquesa Palmada-culo, ni el conde Placer-meón! ¡Incluso el Emperador se atrevió a reducir mi salario! —¡La lalalalala!/De esta gente/no recibe uno ni una gota de agua/Y mucho menos/otras cosas— Si nuestro padre viviera,se volvería a morir al saber esto. Además, mi salud empeora día con día: mis riñones están hechos mierda. Si esto continua… ¡quizás me entierres muy pronto, hermanita! Pero que sea en el cementerio de San Marx. ¡En una tumba comunitaria por ocho florines con cincuenta y seis kreutzer!

¿Qué fue de tu sentido del humor? Está bien, her-ma-ni-ta, continuaré. El adeudo fue saldado cuando llegué a un acuerdo con ese doctorcillo. Me parece que fue la última semana del mes pasado cuando Xenakis se presentó en mi estudio diciendo que venía a proponerme un gran negocio, que ambos cambiaríamos el rumbo de la historia y no sé qué tanta fregadera. Entonces como ahora, no entendí del todo la propuesta. Creo que ese chiflado quería inventar una máquina que pudiese componer sinfonías y grandiosas overturas en un abrir y cerrar de ojos. ¿Puedes imaginarlo? ¡Pinche mundo de locos! Ni una inteligencia sublime, ni una gran imaginación, ni las dos cosas juntas forman el genio… ¡Amor! ¡Eso es el alma del genio musical! ¡Las máquinas nunca tendrán un alma propia!

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Sí, te repito. Nunca vi el dichoso artefacto, pero su funcionamiento se basaba en los tratados de Offray y de La Mettrie, y en un juego musical que publiqué en el Journal des Luxusen 1787. ¿Lo recuerdas? Hace ya cuatro años, cuando el físico Ernst Chladni descubrió que mi música tiene efectos inusuales sobre la materia. Xenakis me compró la idea por una fuerte suma de dinero —¡Ay, señor/no me esperaba esa recompensa/Nada de gratitud/¡es mi deber!—. A cambio de algunos pagos extras, yo le ayudaría a perfeccionar el método. Mi querida Constanze podrá confirmarte mis palabras, ella estuvo presente aquel día. ¡No empieces otra vez, hermanita! ¡Constanze me ama y yo a ella! ¡Es la única mujer que no quiere lamerme el culo! Si te contara todo lo que hago con su querido retrato te reirías. Creo que la odias porque tiene el trasero más grande que el tuyo.

¿Qué si sospecho de alguna persona? ¡Por supuesto! Si alguien quería muerto a Xenakis es Salieri. ¡Él lo hizo! ¡Él lo mató! Ese cabrón envidioso haría lo que fuera por manchar mi reputación con un escándalo. Hace algunos años incluso intentó plagiar una de mis obras. No me extrañaría en lo más mínimo que él sea el autor de esta farsa. Le escribiré muy pronto a ese desgraciado para decirle qué pienso de él. Si me lo llego a encontrar, le daré una patada que la recordará en sus flácidas carnes para siempre. ¡Si todos los hombres honestos/poseyeran campanitas como estas/todos los enemigos como esos/desaparecerían sin esfuerzo.

Rondo

En primer lugar, señora, yo no tengo nada que envidiarle al insufrible de su esposo. Yo también he creado piezas maestras: cuarenta óperas, tres oratorios, cinco misas, más de doscientos cánones, etcétera. Además, no sólo fui director de la Orquesta Real durante más de doce años, sino que también, por mi excelente trayectoria profesional, hace poco me dispensaron de este cargo para que pudiera dedicarme exclusivamente a la composición. A diferencia de Mozart, yo he venido a este mundo para amar la música por sobre todas las cosas. ¡Soy un digno sucesor de mi maestro, el gran Leopold Gassmann, Maestro de Capilla Imperial! Trabajo tan duro que me olvido de mí mismo. Por esta razón, me dieron a mí y no a su esposo el puesto de profesor de música de la princesa de Wurtemberg.

En segundo lugar, ni siquiera conocí a Iannis Xenakis en persona. Supe de él a través de uno de sus colegas, el profesor Arnold Schönberg, un renombrado académico, aunque algo excéntrico y bastante supersticioso, que me presentaron en la reunión de unos amigos—la cual, por cierto, fue para celebrar el reestreno de mi ópera Les Horaces en Francia—. Al parecer, ambos trabajaban en un proyecto conjunto, algo descabellado que involucraba milagrosos artefactos de música, o algo así… ¡Tonterías! ¡Disparates! En la antigüedad los habrían acusado de herejía. Hace algunos años, señora, el filósofo Descartes afirmó que la música no es cosa de relojerossino privilegio del gran Hacedor. ¡La música es el producto más puro del hálito divino!

Por lo que Schönberg nos hizo saber esa noche, Xenakis ambicionaba devolverle a Mozart la «majestuosidad musical» de sus años «dorados». Incluso, inmortalizarlo a través de su invento. No sé a qué se refería con majestuosidad o cómo conseguiría devolvérsela a alguien que jamás ha tenido un gramo de pudor. ¿Sabía que su esposo estuvo a punto de ser excomulgado a la edad de catorce años? ¡Se atrevió a robar el Miserere de Gregorio Allegri, la mayor obra polifónica italiana, en las narices del Papa! ¿Y qué hizo éste? ¡Premiarlo! —a veces me pregunto dónde está la justicia divina, por qué Dios ilumina el cerebro de los holgazanes y dementes—.

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La verdad, aquello no me importó ni me importa en lo más mínimo. Las ideas de Schönberg son una pérdida de tiempo: desde su ajedrez para cuatro jugadores simultáneos hasta su método de composición con doce sonidos. Usted entiende un poco de música, señora: imagine cantar un aria en la cual no exista una íntima relación entre las notas y un tono fundamental. ¡Una quimera sin pies ni cabeza! ¡Habría más armonía en el llanto de un niño que en todo un concierto atonal compuesto por Schönberg! No me extraña que la Academia de Viena rechazara su solicitud para ocupar una cátedra en composición musical. La naturaleza tiene jerarquías que deben venerarse: primero la música, luego las palabras, al final los números. ¡Ir en contra este orden divino es ridículo!

Además, todo el mundo sabe que Mozart es un músico fracasado. Quizás, cuando su esposo tenía seis años, sorprendió a la corte con artimañas bien ensayadas, pero ahora es un borracho pendenciero que no logra concluir un solo trabajo. ¡Malgasta su tiempo y el poco dinero que gana en la Taberna del León de Oro! Dudo mucho que Xenakis o el mismísimo diablo pudiera hacer algo por él. Déjeme señalarle, señora, que el último concierto de su esposo fue un rotundo fracaso. Incluso, el gran clarinetista Anton Standler, a quien Mozart había dedicado la obra, no le ha vuelto a dirigir la palabra desde entonces. El día de ayer, Alexander Pushkin, el crítico de música, escribió en el Diario de Praga lo siguiente: ¡Oh, Mozart! ¡Ya no eres digno de ti! Me sorprende que personas tan cultas como el conde Walsseg o el mismísimo Emperador aún contraten sus servicios.

Mozart se equivoca, señora. Como se equivoca al pensar que la melodía es la esencia de la música. Como se equivocó al acusarme de plagio. ¡Schönberg lo hizo, no hay duda! ¡Él mató a Xenakis! ¡Está loco! Sufre de triscaidecafobia crónica. ¡Su aversión por el número trece lo ha vuelto un hombre muy peligroso! Tengo entendido que hace un par de semanas, frente a una docena de testigos, Schönberg golpeó con un palo al poeta Stefan George hasta dejarlo inconsciente y moribundo. El motivo de tal salvajada es escalofriante: el título de su último poema, Moses und Aaron, tiene trece letras.

El pobre Stefan tiene un brazo roto y graves contusiones. ¡Iannis Xenakis no tuvo tanta suerte! Tenga cuidado, señora. Le aconsejo que no le abra sus puertas a cualquiera.

Andante gracioso

¡Xenakis es un charlatán! ¡Un ladrón y un traidor! ¡Un mal nacido hijo de…? ¿Qué dice…? ¿Que está muerto? No, no lo sabía. Hace más de una semana que dejé de frecuentarlo. ¡Lo juro! ¡Tengo testigos!—una docena, de hecho—.

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Pero, maestro, por favor, tome asiento y acepte una copa de vino. Esta sorpresa es digna de celebrarse. Será lo mejor de mi cava: ¡reserva del 87! ¡El año de su rotundo éxito Don Giovanni! Disculpará mi cinismo, pero no me incomoda reconocer mi aversión por Xenakis. Por cierto, ¿ya averiguaron quién fue? Quisiera estrechar la bendita mano del héroe lo antes posible. ¿Cómo…? ¿Dice que Salieri me señala como sospechoso? ¡Debí imaginarlo! Ese arrogante no desperdicia ninguna oportunidad para lavarse las manos. ¡Es un embustero y usted lo sabe mejor que nadie! ¡Salieri miente al decir que fui yo! ¡Pero sabrá de mí, tarde o temprano!

Sí, maestro, tenga paciencia y responderé sus preguntas. No me amargue este trago, por favor. ¡Salud por los mentirosos porque de ellos es el reino de la mierda!

Conocí a Xenakis en una fiesta de la corte, hace más de tres años. En ese entonces, yo era un bohemio apasionado por el arte y los nuevos descubrimientos científicos. Me habían invitado a la prestación del libro Musiques Formelles, un manuscrito que proponía utilizar modelos matemáticos en las composiciones musicales, así como la sustitución de los propios músicos por máquinas “inteligentes”. Rara vez había conocido a un hombre con ideas tan singulares que despertara tanto interés entre el público, principalmente en las mujeres. Autómatas, música aleatoria, viajes a través de tiempo… Un peligroso soñador griego, pensé, y no estaba del todo equivocado. El doctor Iannis Xenakis no sólo aprovechaba su mañosa conversación, sino también su peculiar físico para sacar ventaja. No sé por qué, pero su frente ancha, blanca como un pilar de mármol, su nariz recta y bien perfilada, y sus modales extraños, como de otra era, fascinaban a las jóvenes aristócratas.

¿Qué puedo decirle que usted no sepa! ¿No es verdad, maestro? Xenakis explotaba la vanidad de los poderosos, las calenturas de las cortesanas y la estupidez del resto de nosotros.

Pero sus teorías no eran totalmente descabelladas. De otra forma, me hubiese negado a trabajar con él cuando me lo propuso. Todavía creo que el uso de elementos aleatorios en las composiciones musicales es una idea brillante. Nuestra ambición, maestro, una vez que perfeccionáramos su juego con ayuda de modernos y eficientes algoritmos matemáticos, era dotar a nuestro compositor de un repertorio insuperable… y, evidentemente, comercializarlo de inmediato. ¡Piense en las posibilidades de este invento! ¡Un Amadeus que interprete piezas maestras en la comodidad de todos los hogares austriacos! ¡Óperas, sonatas, misas!

Las cosas marchaban bien. Incluso el Emperador estaba interesado en nuestro proyecto. Sin embargo, Xenakis tenía sus propios planes y, por supuesto, yo no figuraba en ellos. ¡Salud por los pendejos porque de ellos es el reino de los cielos!

Sí, maestro, lo recuerdo perfectamente: fue el martes de la semana pasada cuando descubrí que el compositor, así como todos los documentos de investigación y nuestra primera obra, la Sinfonía Negra, habían desaparecido de nuestro estudio. Supongo que Xenakis los hurtó en la noche, ya que la tarde del lunes sólo trabajamos hasta las cinco y media. El doctor necesitaba atender algunos asuntos personales. Yo aprovecharía la ocasión para pasar la noche con una amiga

¡Ya sé, ya sé! ¡No tiene por qué burlarse de mí! ¡Admito que fui un verdadero estúpido al confiarle mi carrera a Xenakis! Como usted diría: en mi boca mi culo metí. ¡Pero le juro que en su laboratorio vi cosas increíbles! Cosas que me hicieron creer en él, aunque estuvieran fuera de toda lógica. Por eso, aunque sentí deseos de buscar al doctor y abrirle el pecho con la espada de mi padre, no lo hice. ¡No pude hacerlo! ¡Jamás podría! Comprenda: después de todo, Xenakis fue mi maestro. Él me abrió los ojos. Me enseñó a mirar a través de ventanas secretas. Además, todavía tengo una reputación que proteger, de otra forma hubiese matado al doctor Xenakis la mañana siguiente, en la que presentó ante la corte nuestros avances como suyos.

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¿Triscaidecafobia? ¿Qué le importan a Salieri si golpeo a uno u otro pendejo que se cree poeta! Si él supiera que su alma se encuentra a trece pasos del infierno, no saldría nunca de la iglesia. ¡Pero ya verá, maestro, él sabrá de mí! ¡Le romperé más que un brazo cuando nos encontremos! ¡Salud por los trece en la última cena de Cristo! ¡Salud por mi maestro en el otro mundo!

Minueto y trío

¿Mi nombre verdadero? Maria Anna Walburga Ignatia Mozart. Ya sé que parece albur, por eso desde pequeña me dicen Nannerl. Soy la hermana mayor de Amadeus… y sí, está en lo correcto: mi padre tuvo cinco hijos aparte de nosotros dos, pero lamentablemente todos ellos fallecieron a temprana edad.

Seré sincera, aunque eso signifique estar de acuerdo con usted: mucho de lo que dicen las malas lenguas y los envidiosos de «orejas largas» sobre mi hermano no se puede discutir. En los últimos años, Amadeus se ha metido en serios problemas a causa de sus vicios y excentricidades. Creo que sus deudas ascienden a más de mil florines. ¡Mil florines! ¿Se imagina? ¡Un año de salario! Una vez me pidió que le prestara cincuenta y cinco florines sólo para pagarle a un sastre, entre otras cosas: un pañuelo inglés, una casaca anglo-francesa y unas medias de seda a cuadros azules y blancos. ¡Me dijo que un músico de su fama no podía vestir como un pordiosero! ¡No quiero saber cuánto gasta su esposa en calzones que ni siquiera usa!

A pesar de todo, mi hermano sería incapaz de hacerle daño a alguien. ¡Amadeus no es más que un niño grosero, pero de buen corazón! ¿Sabe lo que hizo cuando el conde Arco, miembro de la corte arzobispal, le pateó el trasero por órdenes de Hieronymus von Colloredo, príncipe de Salzburgo? ¡Se echó a reír! Luego le hizo una reverencia a von Colloredo, agradeció al conde y, con voz muy seria, le dijo: A pesar de no ser noble, tengo más honor y gallardía en mi corazón que tú. Te escribiré muy pronto para decirte qué pienso de ti.

Los únicos errores graves en la vida de mi hermano son: haberse casado con Constanze, una golfa sin talento, y, por supuesto, inventar ese estúpido juego con los dados. Desde pequeño, el geniecillo de papá mostró asombrosas facultades para la música y las matemáticas. ¡Su memoria le permite montar mentalmente una sinfonía! Aunque usted no pueda creerlo y asevere que son trucos baratos, la obertura de su ópera Don Giovanni la compuso durante una partida de billar y se la dictó a sus discípulos horas antes de su estreno.

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¿El juego? No es tan complejo una vez que se comprende la mecánica. Consiste en lanzar los dados repetidas veces y, según el resultado, se toma el compás de una tabla para construir la primera parte de la composición, que constará de un minueto y un trío. ¡Interpretar todas las posibilidades de este método requeriría millones de años! Disculpará mi tecnicismo. Yo también fui una niña excepcional y podría darle lecciones de estadística y composición musical a más de uno, incluso a mi hermano o a usted, maese Salieri, pero mucho me temo que nací en una época equivocada y, sin el apoyo de mi padre, nunca pude revelar mi talento.

¿Una pelea entre mi hermano y el doctor Xenakis? ¿Por Constanze…? ¡Hágame el favor! ¡Puros chismes de la servidumbre! No le negaré que hace unos días, el domingo pasado para ser exacta, me enteré que el doctor Xenakis intentó abusar de Constanze. A decir verdad, tengo mis dudas. Xenakis era un caballero honesto e intachable, casi como mi propio padre. Tuve la oportunidad de conversar con él en varias ocasiones. ¡Fueron charlas exquisitas! En su mayoría, sobre la existencia de múltiples realidades paralelas a la nuestra. Incluso discutimos el Harmonices Mundi de Kepler y las hipótesis de Hugh Everett referidas a universos que se «desdoblan» y se «traslapan» de forma simultánea.

¿Qué si existen otros mundos realmente? Le responderé, maese Salieri, sin presunción: otros mundos existen, bajo nuestros pies y sobre nuestras cabezas, pero usted nunca creerá que otros mundos existen.

Xenakis y yo hubiésemos sido grandes amigos, pero tuvimos algunas diferencias que nos distanciaron. Además, conozco a mi cuñada y sé qué clase de víbora es: ¡de las que valen menos de quinientos florines! Estoy segura que ella provocó al doctor de alguna manera. No sería la primera vez. Esa mujer es una pu-tí-si-ma que se ha aprovechado de mi hermano desde que lo conoció. ¡La más astuta de los Weber!

¡No me subestime, maese Salieri! En esta historia sólo uno de ustedes dice la verdad: es cuestión de lógica. Tarde o temprano descubrirán al asesino.

Divertimento et finale

Nunca creí que detrás de un hombre tan encantador y bien dotado como el doctor Xenakis se escondiera un demonio… y de los peores. Hace tres días se presentó imprudentemente en esta casa, con el pretexto de cobrarle a Amadeus una antigua deuda. Era muy tarde, cerca de las nueve de la noche, si mal no recuerdo. Hacía mucho frío. No, no estaba sola. Bueno, sí. Más o menos: mi esposo estaba en cama delicado de salud, tal como el día de hoy. Los sirvientes habían salido. Ignoro a dónde, te lo repito. Ante tal oportunidad, Xenakis intentó seducirme. Sí, aquí mismo. En este estudio y en este mismo sillón. Él estaba sentado a mi lado, mirándome exactamente como tú lo haces: sin perder de vista la voluptuosidad de mis senos. Supongo que Xenakis esperaba que, por algún descuido, mis pezones se liberaran de este ajustado escote. Y así fue…

Pero no pienses mal de mí, querido. No fue a propósito. Bueno, quizás un poco. ¿A qué mujer no le gusta provocar el deseo de los hombres, sobre todo cuando hay alguna ganancia de por medio? Yo lo hice porque creí que podía hacerle un favor a Amadeus. Sus deudas me preocupan. A fin de cuentas, el cuerpo es un artículo de primera necesidad, no lo olvides, que puede comprarse o venderse… y algunos como el mío valen mucho, mucho dinero. Dame lo que necesito y tendrás lo que deseas, escribió Adam Smith hace algunos años.

¡Ay, querido Schönberg! ¿Por qué insistes? ¡Yo no lo hice! ¡Yo no maté a Xenakis! ¡Estás lo-qui-to!

¡Huy, qué carita! ¡Igual a la de mi perrita Pimperl cuando se constipa! ¿Tú también quieres tu ración de tabaco, una rebanada de pan y tres besitos? Mejor ponte cómodo, déjate de preguntas tontas y acércate más, más, hasta que puedas escuchar mi respiración acompasada y la íntima sinfonía de mi sangre. Si lo haces, te contaré todo lo que pasó… ¡y dejaré que le des tres besitos a mi Pimperl!

Al principio, Xenakis comenzó a murmurarme obscenidades al oído, cosas estúpidas que algunos hombres acostumbran decirles a las mujeres para justificar el sexo libertino: Prepara tu dulce y querido nido muy delicadamente, porque mi pequeño compañero realmente se lo merece. Francamente, a cada palabra del doctor yo estallaba en una carcajada. Sin embargo, cuando Xenakis comenzó a morderme los pezones y acariciar mi entrepierna por encima del vestido, poco a poco mis groseras risotadas comenzaron a transformarse en gemidos. Tú sabes: la carne no logra reprimir sus ansias de placer por mucho tiempo. Además, imaginarme descubierta por los criados me excitaba muchísimo. Total que comenzamos a cachondear un buen rato, hasta que Xenakis, embrutecido por el deseo, logró tumbarme boca abajo… lo suficiente para que mi trasero quedara a la altura correcta de su miembro —¡aún ignoro en qué momento el doctor se bajó los pantalones!— Entonces levantó mi falda y, aprovechando que nunca uso ropa interior, abrió descaradamente mis nalgas y me penetró en seco: sin salivazo ni remordimiento alguno. ¿Así te gusta, verdad?, ¿verdad?, se atrevió a preguntarme el imbécil a viva voz mientras mi sexo amortiguaba sus embistes.

¡Claro que grité! No sólo cuando sentí las contracciones del primer orgasmo, sino también cuando tuve que implorarle al doctor que se detuviera… o que no lo hiciera… Con solo escuchar el nombre de amor, de gozo/se me turba, se me altera el pecho/y me obliga a hablar de amor—¡me dieron ganas de cantar!—¡Un deseo, un deseo que no puedo explicar!/Hablo de amor despierto/hablo de amor soñando/al agua, a la sombra, a los montes/a las flores, hierbas, fuentes/al eco, al aire y a los viento/que el sonido de mis vanos acentos/se llevan consigo/Y si no tengo quien me oiga/hablo de amor conmigo.

No sé cuánto tiempo pasó, pero ya no pude cantar sin gemir al unísono con Xenakis. ¡Fuimos violín y viola en sol mayor! ¡Dúo de cuerpos en allegro!… ¡Adagio!… Hasta que, de repente, mi esposo gritó desde nuestra habitación: ¿Dónde está mi medicina? ¡Constanze, alguien me ha envenenado! ¡Pronto!

Apenas pude responderle. Ya voy, queridoNo bajes, te hará mal.

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Pero Amadeus no tardaba en descender las escaleras. Los músicos como mi esposo son hombres impacientes, no puedes atarlos a un lecho, aunque su vida dependa de ello. De nuevo, le pedí a Xenakis que se diera prisa y terminara. Lo pellizqué. Le mordí las manos, los dedos. Si hubiese podido, lo habría nalgueado como a un niño desobediente. Sin embargo, ignoró mis súplicas y… bueno, ya conoces el resto de la historia: Amadeus nos descubrió en pleno rondeau—justo cuando varios chorros de semen empapaban mis entrañas y yo pretendía ahogar inútilmente el gemido final—. Después de partirle al doctor un violín en la cabeza, lo persiguió con una flauta por todo Salzburgo, jurando enloquecido que se la metería por el trasero.

Aquello fue una tragedia con graves consecuencias. Al saber que Amadeus amenazó de muerte a Xenakis, muchos cortesanos dejaron de pedirle trabajos para sus fiestas y reuniones. Incluso la iglesia, después de que mi esposo compusiera piezas bellísimas como la Misa de Coronación o el Ave Verum Corpus, le volvió la espalda—¿cómo pudieron olvidar que el santísimo Papa lo ordenó Caballero de la Orden de la Espuela de Oro?—. Por otro lado, Nannerl nunca perdonó a Xenakis el haberse fijado en mí y rompió su compromiso con él. ¡Pobre mujercita! ¡Siempre le tocan las sobras del banquete!

¿Yo? No volví a saber del doctor hasta el día de hoy. Por un hombre como él no vale la pena arriesgarse. Si algo aprendí de mi madre fue a comerme sólo a los peces más gordos. Sí, querido, como el tuyo… o como el de Georg von Nissen. ¿Lo conoces? ¡Es un hermoso diplomático danés que me pretende en secreto! ¡Pero no te pongas celoso, mi gatito vienés! ¡Tú eres mi favorito!

Ahora, si no tienes más preguntas, te ruego que guardes silencio y me aprietes contra tu cuerpo —así, así, más fuerte—. Pero apresúrate, mi esposo no tarda en bajar… y créeme: sólo hay una cosa peor que una flauta… dos flautas… en…el…cu… lo… por… favor…Con sólo escuchar el nombre de amor, de gozo/se me turba, se me altera el pecho/y me obliga a hablar de amor…

(La Nota digital)

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