R. Navarro

Capítulo 1

—Me echaron, Cristina. Me acaba de llamar por teléfono el gerente de Recursos Humanos del canal para notificármelo. Se acabó Economía Política, El Destape TV y El Destape Radio: me quedé sin laburo.
—No puede ser, hablé esta mañana con Fabián y me dijo que estaba todo bien. Ya lo llamo.
Cristina llamó a su secretario para que le trajera el teléfono. Yo pedí el mío también. Habíamos dejado los aparatos fuera de la oficina, como se hace en cualquier reunión importante desde que asumió Macri. Ellos escuchan todo.
—¿Por qué lo echaste a Navarro, Fabián? —le preguntó Cristina al dueño del canal.
—No lo eché, le enviamos una carta documento pidiéndole que rectifique lo que dijo por twitter sobre la censura. Disculpá, Cristina, me están allanando otra vez en este momento, no me dan paz —escuché que contestó mi ex jefe.
Mientras Cristina hablaba recibí el mail con la carta documento del canal. No lo podía leer en el celular.
—Acá llegó, pero la letra es muy chica. ¿Vos lo podés leer? —pregunté.
Cristina tomó mi celular y comenzó a leer con dificultad.
—No. Esperá… Mariano —llamó de nuevo a su secretario—. ¿Qué dice acá?
Mariano leyó finalmente la noticia que, en definitiva, significaba una declaración de guerra al periodismo crítico.
—Te echaron Roberto. Acá dice “rescindimos sus contratos de Economía Política y El Destape desde el día de la fecha”.
Yo lo veía venir hacía unos días; Cristina estaba sorprendida y enojada.
—Acá hay algo que no sabemos; lo deben tener muy apretado para que te eche. ¿Por qué me mintió? Es el dueño. Acá pasa algo raro: peor de lo que pensábamos.
Los dueños del canal y la radio, Fabián de Sousa y Cristóbal López, venían siendo acosados por la justicia macrista desde que asumió Cambiemos. Ellos dos y el director, Mariano Frutos, cargaban con diecisiete causas penales que los ponían al borde de la cárcel. Un destino que pronto llegaría.
El día anterior a mi visita a Cristina había sido el mismo Frutos, mi interlocutor más asiduo en el mes anterior a mi despido, quien me dejó claro lo sombrío de la situación.
Me reuní con él el lunes 19 de setiembre para hablar de la creciente censura a la que estaba siendo sometido.
El domingo 18 nos habían levantado una denuncia que revelaba que el gobierno estaba usando en redes el sistema Watson, declarado ilegal en Estados Unidos por ser una herramienta creada especialmente para la manipulación pública.
Pero el director del canal sabía de la censura y la justificaba. No era esa la razón de la reunión, sino notificarme una suspensión por 48 horas. Entendí que la idea era sacarme del aire ya, como prolegómeno al despido. Los canales no te dejan despedirte de tu público.
—No me podés dejar sin trabajo —me quejé.
—Vos no me podés pedir que yo vaya preso por salvar tu trabajo, tengo una beba de seis meses —fue su respuesta.
Yo sabía que las causas que acosaban al grupo de medios habían sido armadas por los jueces que respondían a Macri y no dudaba de que podían terminar presos. Pero mi preocupación era mantener mis programas y mi equipo de trabajo al aire.
Esa noche hablé con políticos, sindicalistas y colegas. En el país sólo quedaba nuestro canal narrando el arrasador proyecto político, económico y cultural del régimen conservador de Cambiemos. Y Economía Política y El Destape eran los dos programas que investigaban y denunciaban.
De nuestro trabajo apareció material para que los pocos jueces independientes que quedaban imputaran a veintiún funcionarios. Desde la primera denuncia sobre la estafa con dólar futuro de Iván Schargrodsky hasta la última de Horacio Verbitsky, que reveló que el hermano del presidente había blanqueado 662 millones de pesos, mostramos que Macri había llegado a la presidencia a cambiar la distribución del ingreso a favor de los más ricos y a hacer negocios personales.

el abismo

“SE TERMINÓ, ROBERTO”

De mis llamados de apoyo surgieron varias reuniones. Una de ellas fue con Cristina.
Faltaban 33 días para las elecciones legislativas y Macri no me quería más en el aire.
Fueron varios los políticos que llamaron al dueño del canal para que recapacite. No iba a salvarse de la cárcel por echarme y su canal perdería poder.
También mi compañero Víctor Hugo Morales intentó comunicarse para evitar el final de programas que él consideraba fundamentales para romper el cerco informativo imperante. No hubo caso.
El ministro del Interior, Rogelio Frigerio, me lo había advertido pocos días después de las PASO en las que Cambiemos se declaró ganador, a pesar de que perdió por 20 mil votos a manos de Cristina. Conozco a Frigerio desde que comencé a trabajar en Página 12 en 1998.
—Se terminó, Roberto. Te van a echar. Marcos Peña le exigió a De Sousa que entregue el canal —me anotició el ministro en su casa de Belgrano.
—Por un tiempo seguirá siendo crítico de 18 a 22. Pero se acabaron las denuncias. Además, se van a incorporar periodistas oficialistas. Empiezan con María Julia Oliván —me contó Frigerio sin ponerse colorado.
Días después Olivan llegó al canal de la mano de Carlos Infante, antiguo vocero de Cristóbal López, a reunirse con el gerente del canal, Federico Maya. Aunque finalmente Oliván no fue contratada, su presencia en el canal comenzaba a confirmar la versión de Frigerio.
Macri me odiaba como odia a todo el que se le opone. Pero fueron, fundamentalmente, las investigaciones de mi equipo de trabajo las que lo impulsaron a pedir mi cabeza.
Su asesor Durán Barba había llamado la atención sobre el daño a la imagen del Gobierno que había generado la denuncia sobre la privatización del satélite Arsat, que reveló Darío Ganio en Economía Política. Los argentinos están orgullosos del Arsat y le tienen tirria a la palabra privatización y su aroma noventista.
“Primera privatización de la era Macri: Arsat pasa a manos privadas”, fue el título de la nota de Darío que marcó agenda durante semanas.
—El Arsat, emblema de la soberanía satelital, será explotado por una compañía norteamericana desde el próximo lanzamiento —le explicó Darío al público el 16 de julio, dos meses antes de nuestro despido. Las derivaciones económicas de la denuncia son gigantescas y afectan a varias generaciones por venir.

el abismo navarro frente

ROMPER EL CERCO

Otro hecho que les mostró que, de vez en cuando, lográbamos romper el cerco informativo fue la transmisión del 13 de agosto, cuando se realizaron las PASO, en las que buscaron convencer al público de que Cristina había perdido.
Operaron todo el día con bocas de urna truchas para convencernos de que habían ganado la provincia de Buenos Aires. Poco después del cierre del comicio, María Eugenia Vidal salió a dar un discurso triunfal. Una hora después, el propio Macri salió a festejar con globos y baile.
Los primeros datos oficiales daban a Cristina perdiendo por ocho puntos. Habían organizado la carga de los votos de manera tal que en el horario central de la televisión, a las 21 horas, los argentinos recibieran la información de un rotundo triunfo de Cambiemos.
Cuando fueron pasando las horas, tuvieron que empezar a computar más votos de Cristina: la diferencia se achicaba. A las 12 de la noche finalizó el segmento horario que me correspondía conducir y Cristina se había acercado a tres puntos de diferencia.
Salí del aire, pero me quedé en el canal. A las dos de la mañana la diferencia se había achicado a 0,1 por ciento. Faltaba computar el 6 por ciento de los votos y detuvieron la carga.
Cargué en una planilla de Excel los resultados de los principales distritos y el porcentaje que faltaba cargar. Con esos datos hice una proyección. El resultado era claro: Cristina había ganado.
A las tres de la mañana volví al aire y lo conté. Me quedé hasta las cinco dando datos y explicando la maniobra macrista. Sólo en nuestro canal los argentinos podían enterarse de que Cristina había ganado. Durante la transmisión hicimos picos de rating de 11 puntos. Habíamos roto el cerco informativo.
Fabián de Sousa, uno de los dueños del C5N, se quedó hasta el final. El triunfo ajustado de Cristina en la provincia y la gran cantidad de votos que sacó Cambiemos en todo el país eran una pésima noticia para él.
—Cagamos, Roberto, estos nos pasan por arriba, arrasan con todo.
—Tranqui, Fabián, hay que esperar.
—¿Me vas a venir a visitar a Ezeiza? —me preguntó con una media sonrisa y mirándome a los ojos, en un chiste con más temor que humor. Sabía que iría preso.
Pocos días después el canal comenzó a cercenar la libertad con la que había trabajado siempre. La advertencia de Frigerio seguía confirmándose.
Juan Amorín, quien ya había denunciado la compra secreta de armas que derivó en la imputación del ministro de Defensa, Julio Martínez, y el adelanto de la renuncia del embajador en los Estados Unidos Martín Lousteau, consiguió capturas de whatsapp de la candidata número dos de Cambiemos en la provincia de Buenos Aires, Gladys González, pidiendo coimas.
Además, tenía grabado a un arrepentido que contó todo. La acusación fue hecha por el concejal de Avellaneda, Daniel García, quien dejó la presidencia del bloque del PRO en junio de este año. Allí, señaló que González les pidió retornos del 10 por ciento a las personas que iban a formar parte de su equipo, en caso de que ganara la intendencia de Avellaneda, en 2015.
El canal no nos permitió poner el informe al aire.
Días después conseguí documentos que acreditaban que la empresa energética Amarilla Gas financiaba a Elisa Carrió y que había conseguido excelentes negocios gracias al gobierno. Ese informe también fue levantado.
Así, en el único canal de televisión con mirada crítica sobre el gobierno, a un mes de las elecciones, no se podían realizar denuncias sobre los principales candidatos oficialistas.
Por esos días comenzó un proceso de censura previa y acoso permanente que, luego entendí, buscaba mi renuncia, una forma de cumplir con la exigencia del gobierno sin pagar el costo del despido.
La situación llegó al ridículo de censurar a El Cadete, el personaje de Pedro Rosemblat. Días después de las PASO, iba a presentar uno de sus famosos whatsapp en el que aparecían los nombres de varios funcionarios. El acoso había llegado al colmo de tener que presentar sus sketches al mediodía para que pasaran por la censura del gerente, Federico Maya. En esa oportunidad la propuesta había sido aceptada, pero en el momento de comenzar el programa el mismo Maya avisó que no iba, porque se mencionaba a la vicepresidenta, Gabriela Michetti. Yo no llegué a enterarme, así que en medio del programa lo llamé al aire.
—Vení, Cadete —grité, como siempre.
El productor me avisó por la cucaracha lo que estaba sucediendo.
—No está, se fue a la casa, nos bajaron su whatsapp.
Las órdenes comenzaron a llegar a un ritmo vertiginoso.
—No se investiga a Rodríguez Larreta ni a María Eugenia Vidal —avisó Maya.
Resumiendo: a un mes de las elecciones legislativas más importantes desde la vuelta a la democracia, en el único canal crítico no se podía hacer denuncias del jefe de Gobierno de la Ciudad, Rodríguez Larreta, ni de la candidata en su distrito, Elisa Carrió, ni de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, ni de la segunda candidata a senadora por su distrito, Gladys González. Ah, tampoco de la vicepresidenta, Gabriela Michetti.
Sabía que buscaban mi renuncia y que no podría evitar mi salida, pero me propuse aguantar o, en todo caso, que el canal y el gobierno se hicieran cargo de mi despido.

el abismo aguilar

¿DÓNDE ESTÁ SANTIAGO MALDONADO?

Pero la libertad de expresión no era la única libertad cercenada. Por esos días fuimos a la Plaza de Mayo, una vez más, a exigir la aparición con vida de un argentino. Fue el viernes 1º de setiembre. La policía de la Ciudad, al mando de Rodríguez Larreta, reprimió ferozmente a los manifestantes y se llevó presos a treinta y un pibes que no habían hecho nada.
Estuve en esa plaza. Cuando llegué a casa y prendí la tele el canal titulaba “Incidentes en Plaza de Mayo” y trataba el tema con periodistas de policiales. Durante todo el fin de semana, mientras los pibes eran maltratados en la cárcel, mantuvieron el título “incidentes”, sin sumar información adicional.
Para el domingo el equipo de Economía Política había conseguido 14 videos y decenas de fotos que demostraban que los disturbios los habían comenzado policías de Larreta de civil, infiltrados en la manifestación, y que los pibes apresados habían sido víctimas inocentes de una cacería policial.
Uno de los videos revelaba a un grupo de encapuchados que volteaba las vallas puestas frente a la Casa Rosada al grito de “uno, uno, uno”. Eran infiltrados, pertenecían a la policía de la Ciudad. El grito era su manera de identificarse con sus colegas uniformados para no ser reprimidos.
Nos resistimos a dar información para censura previa antes del domingo. Llegamos con los tapes y dejamos claro que el graph iba a ser “Feroz represión policial”.
—Si ponen la palabra “incidentes”, denuncio al aire la censura. Poner “incidentes” es una canallada —le aseguré a la productora que el gerente había puesto para vigilarnos. Ese día fue el último que pudimos romper el cerco informativo. Se venía el final.
Durante las semanas siguientes, los temas sobre los que podíamos hacer revelaciones se iban reduciendo. Mi intención era aguantar hasta las elecciones. Juan Amorín tenía dos investigaciones sobre corrupción muy fuertes. La idea era meterlas de sorpresa en el último programa de Economía Política anterior a la elección. No pudo ser.
El domingo 19 el canal nos vació el programa. Tuvimos que hacer una hora repitiendo un discurso que Cristina había realizado esa misma tarde y que el canal ya había transmitido.
Esa noche escribí tres tuits comentando la actitud del gerente. Sólo quería ganar tiempo para llegar a las elecciones y presionarlo para que abriera un poco el grifo. El canal aprovechó esos tuits para inventar un despido con causa.
Así terminó Economía Política, un programa que ganó su franja horaria durante tres años consecutivos, domingo tras domingo, superando en rating a los canales de aire de mayor audiencia.
Terminó El Destape TV, que logró ganarle por paliza a A Dos Voces, el programa líder en audiencia en señales de noticias durante quince años.
En ellos denunciamos ochenta y dos hechos de corrupción del gobierno de Cambiemos. Entrevistamos a los presidentes Lula da Silva, de Brasil; Rafael Correa, de Ecuador, y Cristina Fernández. Recibimos a las madres, las abuelas y a actores, músicos e intelectuales la noche de la manifestación contra el 2×1. Llevamos a los primeros 50 despedidos del Estado. A los discapacitados que perdieron su pensión. Denunciamos el acoso a los inmigrantes. En definitiva y para sintetizar, hicimos nuestro trabajo y estuvimos del lado que teníamos que estar.
El día del despido, aunque sabía que era fruto de haber hecho mi trabajo y que había sido inevitable, sentía que me habían pegado un hachazo. Cómo dijo el Diego, me cortaron las piernas: me sacaron lo que más me gusta hacer, me dejaron sin salario y cambiaron de manera drástica mi cotidianeidad.
El resultado electoral de las PASO del 13 de agosto envalentonó a Macri. A la vez, el ajuste que se preparaba necesitaba imperiosamente de una fuerte restricción de las libertades individuales.
Nuestra salida del canal se dio al tiempo que el gobierno encubría la desaparición forzada de Santiago Maldonado. Fue contemporánea con la primera represión a una manifestación de los organismos de derechos humanos en democracia. Y convivió con la revocación de la prisión domiciliaria exigida por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de Milagro Sala.
La derecha nunca fue democrática en la Argentina. Tampoco con Macri. El pueblo no acepta mansamente la transferencia de recursos de los trabajadores hacia los más ricos ni los negocios de los funcionarios a su costa. Para hacerlo es necesario el silencio de la prensa.

EL TUIT

(La Nota digital)

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