Suplemento Literario Nº 94

R. Revagliatti entrevista a Alejandra Correa.

Mini versión

 

 

Alejandra Correa nació el 12 de abril de 1965 en Minas, capital de Lavalleja, República Oriental del Uruguay, y reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Estudió Periodismo. Es Comunicadora Social egresada en 1986 del Instituto Grafotécnico. Efectuó en 2005 el posgrado de Políticas Internacionales en Comunicación y Gestión Cultural en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Entre 2002 y 2004 se desempeñó en el Área de Arte y Comunicación de la Comisión por la Memoria, en la ciudad de La Plata, integrada por organismos de Derechos Humanos. Desde 1998 publicó los libros de poesía “Río partido”, “El grito”, “Donde olvido mi nombre”, “Cuadernos de caligrafía” (1ª edición, 2009; 2ª edición, 2014), “Los niños de Japón”, “Maneras de ver morir a un pájaro”, “Extranjerías” (con dibujos de Florencia Fernández Frank, edición artesanal numerada) y “Si tuviera que escribirte” (1ª edición como libro-objeto y con ilustraciones propias, en Madrid, España, 2015; 2ª edición con ilustraciones de Cecilia Afonso Esteves, en 2017).

 

Alejandra Correa 16 - en Río de Janeiro, Brasil, 2009

 

         1 — Estuve en numerosas localidades uruguayas y en varias oportunidades. Pero no en Minas. El gran Buscador me orientó.

 

         AC — Nací en esa ciudad en 1965, en el sitio y el mes en los que, si se diera el caso, Dios elegiría bajar a la tierra. Al menos, eso dice una canción del lugar: “…si Dios baja a la tierra / por el altar de la sierra / baja en Minas, y en abril”. Y nada la ha desmentido aún. Minas queda en el departamento de Lavalleja, una suerte de provincia de Córdoba a escala uruguaya.

         Hasta los tres años anduve cruzando el cerro desde la casa de mis abuelos a la que mis padres construían. El recuerdo es de una profunda noche perfumada por mentas y salvias, ranas lloronas y una atmósfera suspendida donde flotan las palabras.

 

         2 — El cerro cruzabas hasta los tres años. Y qué más cruzabas.

 

         AC — Eran épocas muy complejas, en Uruguay comenzaba un proceso político que terminó con el “exilio económico”. Mi padre tenía el oficio de electricista, mi madre había hecho un curso de corte y confección. Eso era todo. Cuando nació mi hermano yo tenía menos de tres años y ya se avecinaba el éxodo. Mi padre vino a Buenos Aires buscando oportunidades, consiguió un trabajo y alquiló una habitación en un hotel familiar del barrio de Almagro. Y nos fue a buscar. Mi madre vendió las pocas pertenencias, entre ellas su máquina de coser, y estuvimos un tiempo en un conventillo de la ciudad de Montevideo, del que tengo imágenes muy fragmentarias, hasta que mi padre nos vino a buscar.

         De la nueva vida se destaca en mi memoria mi primera escuela, la 22 de Almagro y un mundo superpoblado de imágenes e impresiones en el cuerpo. Y las salvadoras visitas a un campo en General Rodríguez, donde recuperaba algo de aquellos cerros que habían quedado atrás.

         Así fueron las cosas hasta que cuando tenía ocho años y mi hermano cinco, mi padre falleció en un accidente de trabajo, electrocutado. Mi padre “era la risa, la libertad, el verano” —diría, parafraseando a Héctor Viel Temperley—: era el campo, la fuerza de la naturaleza, el misterio, la mirada sensible. La muerte se lo llevó y en su lugar me dejó un ojo nuevo con el que ver lo que al unísono llamamos “la realidad”, pero que como sabemos no es una sino infinitas.

         Mi madre no quiso volver a Minas. Allá la esperaba un padre demasiado autoritario del que se había librado para siempre. Salió a la gran ciudad, ella, una muchachita de pueblo, y consiguió un trabajo de muchas horas y paga escasa. Desde los ocho años, tuve la misión de “cuidar” a mi hermano todo el día. El objetivo principal era que el muchachito llegara sano y salvo a cada noche, cuando mamá volvía. Y no era nada fácil porque, como descubrí a poco andar, el mundo estaba lleno de peligros.

En el hotel familiar nos quedamos una eternidad. Recién cuando yo tenía diecinueve años nos mudamos a un departamento. Viví toda la infancia y la adolescencia allí. La habitación vuelve en sueños como encierro, oscuridad, pasadizo secreto. Al hotel se sumó la dictadura. Doble candado, pura claustrofobia.

         Sin embargo, la niña que fui anduvo por aquí y por allá inventando sus mundos de aire. La lectura fue una de sus aliadas. Hubo también cierto diálogo con la luz de los días, con el resplandor, con mi padre ausente, con el pasado, con los fantasmas, con el deseo. Y puede ser que de ese diálogo haya nacido la poesía.

         Cuando pude elegir, elegí proyectarme al mundo. Por eso, apenas concluido el colegio secundario salí a trabajar y estudié Periodismo en el Instituto Grafotécnico, que era privado, porque entonces —1983— no había carrera de Comunicación Social en la Universidad de Buenos Aires. Había vuelto la democracia y todo era efervescencia, se recuperaba la calle, el espacio público, las ideas, la historia reciente hablaba en mí por primera vez. Había estado hibernando en la adolescencia en dictadura. Iba a todas las marchas, quería gritar y no parar de gritar nunca más.

 

 

Alejandra Correa 32

 

 

ENLACES

 

 

http://www.ale-correa.com/

 

http://losniniosdejapon.blogspot.com/

 

www.revagliatti.com

 

Libro Correa 19 - Los niños de Japón

 

Fuente: La Nota digital

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