Triste caridad

N. Loza

La noche se presentaba normal y hacía unos minutos había atendido al cadete de Pedidosya con los chow mein. La publicidad rotativa de la radio indicaba que eran las 20:30 horas cuando llamaron al portero. Como yo no estaba acostumbrado a invitar gente, el sonido del portero tenía la carga de lo imprevisto, de la sorpresa, de lo no planificado.

 

―Diga―dije―. ¿Sí? agregué―no hubo respuesta.

Al parecer, el visitante gozaba de poca paciencia para la espera. Le quité importancia y me dispuse a disfrutar de la solitaria cena china mientras contemplaba los diseños de las tapas de los libros de historia del anarquismo que estaban sobre mi mesa.

Durante esos meses, había decidido refugiarme en la literatura como un ermitaño en la adoración divina. Deseaba esperar el invierno de una manera consciente y madura. Estaba solo una vez más, porque al final del verano había terminado mi relación con Julia. Julia y yo nos conocimos en un  seminario de esos aburridos posgrados en los que se habla mucho y se presentan pocos avances científicos. Yo me dedicaba a asistir a los círculos académicos por inercia y allí nos conocimos. Todo empezó como creo que empiezan todas las relaciones: etapa de enamoramiento, etc. Luego de un tiempo decidimos vivir juntos, pero después de tres años y medio, el amor, o el vínculo que nos unía se había terminado y yo estaba esperando, en solitario, de forma estoica, un invierno más.

Llamaron al portero de nuevo. Esta vez, no me sorprendí.

Diga

dije.

 ¿Tiene algo que me dé señor?

dijo la voz trémula de un niño.

Algunos pensamientos pasaron por mi cabeza. El invierno pasado había sido extremadamente frío y, estimaba que no iba a ser la primera vez que toquen el portero pidiendo algo este nuevo año. La crisis económica no cedía y la sensación era desgarradora para buena parte de la población. Por supuesto que siempre estaban los chantas que hacían de esas situaciones el caldo de cultivo para la construcción de su discurso de tribuna. Si no mal recuerdo, en la ciudad de Buenos Aires, el club River Plate, aliado con sectores de la oposición, en su mayoría provenientes del progresismo urbano de izquierda, había abierto las puertas del estadio para albergar a los indigentes y los medios opositores desplegaban toda una estrategia de comunicación para generar una sensación de desesperación en los ciudadanos. De igual manera, era innegable la crisis económica y moral que estábamos atravesando.

Ahí bajo

le dije.

Antes de bajar a la entrada principal del edificio, cargué en una bolsa un paquete de fideos, arroz, azúcar y yerba. Iba a hacer un acto de caridad esa noche. También puse en otra bolsa, una campera que no usaba pero que no estaba rota y un par de zapatos negros.

Cuando la criatura me vio, pude notar un gesto de felicidad que hacía tiempo no veía, eso me reconfortó un poco. Le di las dos bolsas y se fue. Su madre lo esperaba fumando en la esquina.

Entré a mi apartamento y permanecí en silencio al menos por una hora y media. Había terminado los chow mein, cuando escuché en la radio el fragmento del discurso de un dirigente político que interpelaba a los ciudadanos para que sean solidarios con sus prójimos y llamaba a todos, todas y todes a que se pongan al día con los impuestos. Todos debíamos ser más solidarios en esa etapa de la historia según el tipo.

Creo que ya lo dije, pero lo repito, me mantuve solipsista, me había refugiado en la literatura para esperar un nuevo invierno.

 

 

Foto de Nico