Ramírez y la República de Entre Ríos

R. Romani

Cuando Francisco Ramírez levantó la bandera de la democracia republicana, al decir de Aníbal Vázquez, el ilustre entrerriano ya había compartido con José Artigas los legítimos reclamos que las provincias llevaron a la Asamblea del Año XIII.

Tanto en la constitución de la Liga de los Pueblos Libres como en el Congreso de Oriente, desarrollado en Concepción del Uruguay, ambos caudillos sostuvieron la soberanía particular de los pueblos, declarada y ostentada, como único objeto de la revolución y la unidad federal de todas las provincias, al tiempo que anunciaban la independencia de todo poder extranjero.

El triunfo obtenido por las fuerzas reunidas en los campos de Cepeda, en febrero de 1820, se lo considera como el bautismo de sangre del federalismo argentino y la primera afirmación colectiva de la mayoría popular en favor de la organización nacional, republicana y democrática. Vale la pena recordar conceptos de Ramírez dirigidos al pueblo de Buenos Aires, después de la batalla: “Apenas nos anunciéis que os gobernáis libres, nos retiraremos a nuestras provincias, a celebrar los triunfos de la nación, y tocar los resortes de nuestro poder para que no se dilate el día grande en que reunidos los pueblos bajo la dirección de un gobierno paternal, establecido por la voluntad general, podamos asegurar que hemos concluido la difícil obra de nuestra regeneración política”.

Cuando el 29 de septiembre, desde Corrientes, el Supremo Entrerriano da a conocer el Reglamento Provisional de la República de Entre Ríos, se establece una amplia amnistía y manda levantar el primer censo regional que se conozca en las Provincias Unidas. También se fomenta el procreo de animales, el trabajo de roturación de la tierra, la siembra de los campos y la plantación de árboles. Por otra parte se procede a ordenar el ejército, y las comandancias de su jurisdicción, estableciéndose la organización judicial, como así también los sistemas de postas y correos.

Pancho Ramírez, con la particular visión que puso al servicio de sus hermanos, estableció la obligatoriedad de la enseñanza, “hasta saber leer, escribir y contar”, al tiempo que ordenaba contemplar los recursos para levantar escuelas que permitieran cumplir con el propósito antes señalado. Paralelamente demostró gran preocupación por las responsabilidades públicas, tomando medidas ejemplares que garantizaran la mayor honestidad en la administración de los bienes de la comunidad.

En los campos de batalla y  en las históricas jornadas con el pensamiento libre de la patria naciente, el hijo de doña Tadea Jordán comenzó a gestar la República de Entre Ríos, junto a correntinos y misioneros, mientras la celeste y blanca con el rojo diagonal anunciaba al mundo que había llegado una época de grandeza.

A doscientos años de aquella epopeya, los ideales federales nos deben impulsar cada día a trabajar con denuedo y renovadas esperanzas, para lograr en unión las auroras de un feliz destino.