El interés nacional es nuestra brújula

S. Urribarri

Una sola temática ocupó en los últimos días los lugares principales en medios de comunicación de todo el mundo: la elección presidencial de Estados Unidos. Es unánime la concentración pública y periodística en un fenómeno político que no deja de ser una elección presidencial en un país extranjero, como se dan decenas en el curso de cualquier año. El hecho de que transcurra en una de las potencias del planeta explica esta generalizada atención, que ninguna persona comprometida con el quehacer político y el destino de su país puede soslayar.

El primer factor a tener en cuenta es que, si bien el extendido proceso eleccionario estadounidense ya dio como claro ganador a Joe Biden, Donald Trump adoptó la actitud que se preveía y no se reconoce como presidente saliente. Las circunstancias específicas en las que el líder republicano habrá de reconocer su derrota -si finalmente esto ocurre- serán fundamentales a la hora de bosquejar el panorama político interno de Washington y, por ende, su proyección internacional.

En segundo lugar, en los últimos cuatro años Trump catalizó y canalizó pasiones e intereses que atraviesan a la sociedad norteamericana y que abrevan en diferentes orígenes ideológicos y casi la mitad del electorado estadounidense le dio una nueva muestra de confianza. Quienes estamos hace años en política vemos con claridad que erran quienes piensan que el 20 de enero de 2021 desaparecerá el movimiento político que llevó a Trump al poder y que definió su administración. Su estilo y políticas internas y externas representan el pensamiento de un amplio sector de la sociedad norteamericana.

En tercer lugar, Biden mereció en los últimos meses una enorme y uniforme corriente de simpatía en la opinión pública internacional, al mismo tiempo que la figura de Trump iba en sentido contrario, y mucho tuvo que ver con eso el tratamiento político y mediático que dio a la pandemia de covid-19. Es posible entonces prever que el mundo recibirá con cierto entusiasmo y esperanza a Biden, quien tiene una extensa trayectoria y conoce como pocos el sistema político estadounidense, así como también las políticas del Partido Demócrata que postuló a Hillary Clinton hace solo cuatro años.

El cuarto factor a tener en cuenta es que la emergencia de la pandemia y la efervescencia política que viven los Estados Unidos convierten toda tentativa de “vuelta a la normalidad” en una utopía. No existe hoy en ningún lugar del mundo, una normalidad a la que volver. Del futuro solo sabemos que será distinto del pasado.

La política de los Estados Unidos en Medio Oriente merece un párrafo aparte. Trump será recordado en esta región desde donde escribo por sus decisiones y gestiones audaces, algunas de las cuales rompieron la práctica de décadas y llevaron al aporte de logros concretos en los últimos meses. La alianza estadounidense-israelí es estructural para ambas políticas exteriores y está cimentada en profundas realidades geopolíticas más que en las personas que transitoriamente ocupan roles o espacios de poder. Se trata de una amistad basada en valores e intereses cuya transformación radical, si no imposible, resulta sumamente improbable dado que la relación Israel-Estados Unidos es de Estado a Estado y trasciende las contingentes personalidades.

Perón nos decía que la política es la política internacional, y lo que se discute en política son intereses. Y si bien los intereses y las posiciones de los países en los temas de la agenda internacional son más estables de lo que suele creerse, se aguarda que la administración demócrata entrante retome de todas maneras la participación y la mirada de los Estados Unidos en ciertos asuntos (ej.: cambio climático, reducción de armas nucleares, inmigración) y regiones (ej.: Latinoamérica) que Trump descuidó.

Con todo eso en mente, nuestra tarea central como argentinos es identificar y perseguir nuestros propios intereses nacionales, sin quitar la mirada de ellos, para que sean nuestra brújula.

A nivel doméstico, Biden ya comenzó a llevar adelante la tarea de restañar las diferencias que generaron las políticas públicas del gobierno saliente, o la falta de ellas, que fueron en detrimento de las minorías. Desde sus primeras declaraciones, procuró demostrar que aspira a ser el presidente de todos los estadounidenses, tanto de quienes lo votaron como de quienes no lo hicieron, intentado superar las diferencias internas que dañan el conjunto.

Esta declaración inicial del candidato ganador nos remite a nuestra propia vida política. Ya desde la campaña a presidente, Alberto Fernández se ha esforzado por superar las antinomias y bregar tanto por la construcción de consensos amplios como por la expresión pacífica de los disensos propios de toda democracia. Cristina Fernández de Kirchner habla de unidad desde hace muchos años. En 2013, en el acto por el Bicentenario de Paraná, dijo: “Un mundo difícil exige que luchemos muy unidos. Estoy convencida de que la inmensa mayoría de los argentinos sabe que peleados y desunidos no llegamos a ninguna parte”. Reiteró el concepto recientemente en su carta del 27 de octubre cuando remarcó la necesidad de lograr “un acuerdo que abarque al conjunto de los sectores políticos, económicos, mediáticos y sociales de la Argentina”. La vocación de diálogo y acuerdo es una constante en nuestra tradición política.

Existen otros signos recientes y positivos de la arena internacional que debemos agregar a nuestro análisis: el referéndum en Chile y la elección boliviana. “El universalismo constituye un horizonte que ya se vislumbra y no hay contradicción alguna en afirmar que la posibilidad de sumarnos a esta etapa naciente descansa en la exigencia de ser más argentinos que nunca”, advertía Perón hace más de 40 años en el Modelo argentino para el Proyecto Nacional. La interdependencia que hoy compone las relaciones internacionales, en particular en países como el nuestro especialmente sujeto a las volátiles alteraciones del mercado mundial, es una realidad. El proyecto nacional es el que nos guía y caracteriza a nuestra fuerza política, en una combinación útil de pragmatismo en los medios y de convicción en los fines.