Yrigoyen, Macri y el populismo

R. Pereira

En el marco de una conferencia en Brasil, el ex presidente de la Nación, ingeniero Mauricio Macri caracterizó a los gobiernos de Yrigoyen como populistas y los emparentó con las presidencias de Perón.

En verdad, este tipo de manifestaciones resultan convenientes pues arrojan luz sobre las ideas, afinidades y diferencias entre las fuerzas políticas que integran una de las dos coaliciones que en la actualidad estructuran el sistema político argentino y permiten además discutir los alcances de un término político calificativo por demás usado en estos tiempos: el populismo.

Hay que tener cuidado con el término, porque fácilmente sirve para calificar cualquier conducta política que tienda al bienestar popular. En el extremo, la democracia es populista, pues en la democracia cuenta el número (el pueblo) y en la medida que este presiona por un mejor pasar puede ser así calificada. Es así que en los ’70 ciertos sectores del pensamiento que hoy identificamos como neoliberales tenían por ingobernable a la democracia y llegaron a apoyar dictaduras militares, a los fines de disciplinar las demandas sociales vehiculizadas en la democracia.

El “populismo” no puede ser entonces sinónimo de “popular”, sino que en todo caso define a la dirección política que promueve medidas que en el mediano y largo plazo son insustentables. Al mismo tiempo, el populismo se caracteriza por un desprecio a la institucionalidad democrática, es decir, a las formas institucionales, y tiene muchas veces tendencia a los gobiernos plebiscitarios y con derivas autoritarias.

Yendo la historia, hay quienes han asociado a Yrigoyen y a Perón. En verdad, ambos pertenecen a épocas y espectros ideológicos diferentes. Yrigoyen es parte de la Argentina liberal, donde por liberal se entiende el gobierno de la ley y las libertades públicas. Es así que Yrigoyen planteó como programa político el cumplimiento de la Constitución Nacional, tanto así que en una clásica obra de historia se califica a la Argentina de la ley del sufragio universal como los tiempos de la República verdadera [1] y tenía como valor entendido la libertad de prensa o la división de poderes, en particular en lo tocante al Poder Judicial. Nos cuesta imaginar a Yrigoyen designando jueces por decreto. De hecho, hay una anécdota que lo ilustra. Dividido el Radicalismo, van a Buenos Aires dirigentes yrigoyenistas de Entre Ríos a pedir la intervención del gobierno radical impersonalista del Dr. Eduardo Laurencena. Yrigoyen se niega, y justifica con la existencia en Entre Ríos de una justicia independiente. Ha de señalarse además que la vuelta al llano de Yrigoyen en 1922, tras cumplir con su período constitucional, contrasta con la búsqueda afanosa de la reelección de Perón lograda con la Constitución de 1949.

Perón por su parte, era un hombre de su tiempo y de su profesión: un militar maduro en sus ideas en la década del ’30, en el marco del retroceso de la democracia liberal en el mundo y con la preocupación de dar una respuesta sólida ante el comunismo. En tal sentido es que entiendo el famoso discurso de Perón en la Bolsa de Comercio en agosto de 1944, cuando era vicepresidente y secretario de Trabajo y Previsión del gobierno surgido el 4 de junio de 1943.

Yrigoyen impulsó sí la intervención del estado en la economía y adoptó normas de protección a los trabajadores, además de promover otras que fueron impedidas por carecer de mayoría parlamentaria, y en general arbitró en favor de los trabajadores en una época de convulsión social, con el temor suscitado en las clases propietarias por la revolución rusa de 1917.  Por otra parte, dio un gran impulso a la educación pública, al igual que Alvear.

Es cierto que Yrigoyen no fue un liberal en lo económico, y en tal sentido la polémica con el dirigente cordobés Pedro C. Molina en 1909, quien cuestionaba políticas proteccionistas del gobierno y que concluyeron con su alejamiento de la UCR.

Ahora bien, la intervención del estado en la economía y la protección social no son políticas populistas. Cabe por lo pronto recordar que en Europa occidental los sistemas de seguridad social fueron impulsados de modo paradigmático por gobiernos conservadores, tal el caso de Bismarck en Alemania en el último cuarto del siglo XIX y por Churchill cuando aún no había concluido la II Guerra Mundial.

En noviembre de 1991, Raúl Alfonsín escribía que la única pauta de razonamiento válido no puede ser el razonamiento de los satisfechos. Esto no es utopismo, sino sentido común, y a lo sumo, alguna percepción sobre lo que es la justicia. [2]

La “paradoja populista”, esto es la reiteración de políticas económicas inconsistente en un mismo país pese la experiencia del fracaso, fue explicada por la tensión entre dos objetivos de política: el equilibrio macroeconómico y la armonía social, lo que ocurre “cuando existe un conflicto distributivo estructural, una tensión entre las demandas sociales y la capacidad productiva de la economía. Las estrategias de política económica que privilegian el objetivo de armonía social por sobre el equilibrio macroeconómico son las que la literatura llama “populistas”. [3]

En tal sentido, el gobierno de Menem -admirado por el ex presidente Macri- sí fue populista, como lo atestigua el tipo de cambio vigente y el endeudamiento como mecanismo de reemplazo del financiamiento vía inflación, además de los bajos niveles de institucionalidad que caracterizaron aquella administración.

El punto de corte debe ser la sustentabilidad de las políticas “de armonía social” y en tal sentido, resulta necesario que un gobierno de vocación transformadora procure la consecución de objetivos de mediano y largo plazo, atendiendo por cierto las urgencias de quienes no pueden esperar esos plazos.

Para ello se requiere de una gran coalición para gobernar y la búsqueda de consensos entra la dirigencia -no sólo política- más allá incluso de los carriles electorales. Las coaliciones se hacen entre fuerzas políticas y dirigentes con historia, identidades y pensamientos diferentes, aunque debe haber acuerdos en tornos a los objetivos fundamentales y pensarse debidamente en las líneas instrumentales de los mismos.

Eso demanda política, buena política, pues si el márketing político es necesario para ganar, gobernar exige en cambio otros atributos.

La política requiere realismo e ideas. Yrigoyen -fallecido hace casi 89 años- fue en su tiempo un ejemplo de político realista, que supo siempre que sus objetivos no eran fáciles y trabajó con esfuerzo para lograr la reparación social en el marco de la democracia constitucional.

Referencias

1) Cfr. HALPERÍN DONGHI, Tulio; “Vida y muerte de la República verdadera 1910-1930”, Ariel, junio 2000.

2) Cfr. ALFONSIN, Raúl Ricardo; “Contra la corriente”, artículo editorial de Propuesta y Control N° 19, Noviembre/Diciembre de 1991. 

3) GERCHUNOFF, Pablo, RAPETTI, Martín y DE LEON, Gonzalo; “La paradoja populista”; Desarrollo Económico, Vol. 60 – N°231, Págs. 299/328, 2020.