Zona Sur no figura en los mapas. O figura como otra cosa. En el litoral, las orillas se corren y con ellas los nombres: calles que cambian según quién las pronuncia, pasillos que aparecen o se hunden con la crecida. El río no bordea el barrio: lo insiste. Ahí apareció el cuerpo, pero no del todo.

Al narco le decían el Zurdo desde gurí, por una herida vieja en la mano izquierda: un corte mal cerrado que le tiraba los dedos hacia adentro, como si algo hubiera quedado retenido. Contaba la plata con esa mano, despacio, repitiendo el gesto hasta dejarlo exacto. No era política, era marca. Lo encontraron en una pieza sin ventanas. Corte limpio. Sin resto. Sin escena. No había signos de pelea, pero tampoco de descanso. Algo había sido suprimido.

—Acá no falta un dato —dijo Ledesma—. Falta lo que pasó.

Rojas anotó eso. No como frase, sino como insistencia.

Los vecinos declararon en variaciones. No eran contradicciones: eran desvíos. La misma secuencia, alterada en mínimos. Un ruido antes. Una moto después. Un nombre desplazado. Nadie mentía. Nadie decía del todo.

Rojas dejó de registrar lo dicho. Empezó a marcar lo que volvía. Descubrió que todos ubicaban la muerte en un intervalo que no contenía nada, pero organizaba todo. Un hueco que ordenaba las versiones, como si el tiempo hubiera sido tocado.

—El intervalo —dijo en voz baja.

Ledesma no preguntó a qué se refería.

Un tiempo sin escena. Una escena sin tiempo.

El Zurdo sostenía tres pasillos y una esquina. No expandía. No retrocedía. Regulaba. En Zona Sur, eso no dura: lo que se fija, se vuelve obstáculo. En el borde del río, la continuidad siempre encuentra su borde.

La noche anterior apareció una pintada: “Acá se transita. Los azules”.

No ordenaba. Señalaba. Como si inscribiera un permiso que ya estaba en acto.

El informe forense fue preciso y vacío: muerte instantánea, arma blanca, trayectoria exacta. Ningún exceso. Ninguna historia. Un cuerpo sin inscripción visible.

—No lo mataron —dijo el médico—. Lo sacaron.

Rojas volvió a la pieza. Midió lo que no variaba: la distancia entre versiones, no entre objetos. Todo cambiaba menos ese intervalo. Como si el barrio hubiera acordado un punto ciego.

—Lo mataron ahí —dijo—. Donde no hay nada.

Ledesma no entendió. Pero no la interrumpió.

Esa noche, Zona Sur mostró otra superficie. No más violenta: más ordenada. Esquinas ocupadas sin disputa. Recorridos corregidos. Miradas que no evitaban: se desviaban en el mismo lugar. El aire traía olor a río bajo, a barro removido, como si algo hubiera sido desplazado más que destruido.

El crimen no produjo desorden. Reacomodó.

El Zurdo no cayó por lo que hacía, sino por lo que sostenía. Su manera de contar, de repetir, de mantener, fijaba algo que el barrio ya no podía soportar.

Al día siguiente, circuló un nombre incompleto. Iniciales, fragmentos, sílabas sueltas. No designaba a alguien: señalaba un lugar disponible.

Rojas revisó el cuaderno. No había datos. Había repeticiones interrumpidas.

—No hay asesino —dijo.

—Siempre hay —respondió Ledesma.

—No —dijo ella—. Hay algo que se hace, aunque nadie lo diga.

El expediente quedó abierto. No por falta de pruebas, sino porque nada faltaba del todo. Todo encajaba sin decirse.

Rojas dibujó un mapa. No de calles: de vacíos. Donde algo no se podía ubicar, algo operaba. Donde el nombre fallaba, algo se fijaba.

En Zona Sur, la muerte del Zurdo no cerró nada: confirmó que el orden también sabe matar en silencio.

J. Noriega

imagen. IA

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