Salgo de clase contento, no porque los gurises y gurisas se hayan portado bien. Hoy fueron un desastre, como yo. Sino porque algo quedó vibrando después del ruido. Seguimos ejerciendo un oficio que a veces parece venir de otro tiempo. Hablamos, explicamos, pedimos atención como si el mundo conservara ritmos reconocibles. Pero cada vez cuesta más “conectar”, palabra gastada que repetimos sin saber bien qué significa. No es solo un problema pedagógico. Es otra cosa. En el aula conviven temporalidades distintas: docentes formados en la promesa del futuro y estudiantes que viven en un presente acelerado, incierto. Allí aparece la pregunta crucial: ¿qué tiempo histórico habitamos cuando compartir el mismo espacio ya no implica compartir la misma experiencia del tiempo?
Esa sensación volvió al leer una entrevista reciente al intelectual boliviano Álvaro García Linera publicada en Res Publica. Revista de Historia de las Ideas Políticas. Intenta nombrar precisamente ese desajuste. Habla de un “tiempo liminal”: un intervalo donde las certezas se aflojan, los relatos pierden estabilidad y el futuro deja de organizar expectativas. No es solo crisis política ni económica. Es una modificación más profunda. El presente ya no parece continuación del pasado y tampoco anticipa con claridad lo que viene. Vivimos en suspensión. Las instituciones siguen funcionando, las elecciones ocurren, los discursos circulan, pero algo dejó de encajar. Como si la historia avanzara sin manual de instrucciones y todos intentáramos comprender mientras el movimiento ya está en marcha.
En ese tiempo extraño conviven procesos opuestos. Expansiones democráticas y deseos de orden duro. Demandas de igualdad junto a repliegues identitarios. Esperanza y agotamiento mezclados en una misma conversación pública. La polarización ya no organiza el escenario como antes. Produce fenómenos políticos nuevos, difíciles de clasificar. Liderazgos inesperados, electorados movedizos, decisiones tomadas más desde la sensación que desde programas estables. La política pierde previsibilidad. Se vuelve terreno inestable. Ya no discutimos únicamente proyectos de sociedad; discutimos cómo orientarnos cuando los mapas heredados dejaron de ofrecer seguridad. Pensar políticamente exige entonces aprender a habitar la incertidumbre sin convertirla automáticamente en miedo.
También cambia la relación con el pasado. A veces vuelve como repetición: viejos lenguajes, viejas certezas, nostalgias que tranquilizan pero no explican nada. Otras veces retorna transformado, reinterpretado desde nuevas experiencias sociales. Allí se juega una diferencia decisiva. Repetir produce melancolía política. Releer abre posibilidad. García Linera insiste en que ninguna tradición sobrevive intacta cuando cambian las condiciones de vida. Las herencias políticas no desaparecen, pero necesitan ser traducidas. La historia no funciona como museo sino como material en movimiento. Comprender el presente implica aceptar que cada generación debe reconstruir sentido con fragmentos heredados y problemas inéditos al mismo tiempo.
Al salir de la escuela pensé que quizá los estudiantes perciben antes que nosotros esta mutación. Su dificultad para imaginar el futuro no es indiferencia; es intuición histórica. Saben, aunque no lo formulen, que el mundo dejó de prometer trayectorias claras. Tal vez por eso cuesta tanto conectar: no compartimos el mismo horizonte temporal. El aula aparece entonces como umbral. Un lugar donde tiempos distintos se rozan sin coincidir del todo. Enseñar hoy consiste menos en transmitir certezas y más en aprender a pensar dentro del cambio. Porque el presente ya no es un puente hacia algo seguro. Es el espacio donde la historia, todavía abierta, nos obliga a elegir mientras sucede.
J. Noriega
imagen. IA













