La terminal de Paso de los Libres huele a gasoil y a chipá recalentado. Julio llegó a las dos y cuarto; el colectivo de Porto Alegre figuraba en el pizarrón para las cuatro, pero en la frontera el pizarrón es una hipótesis. Se sentó en el banco anaranjado más cercano a la puerta de encomiendas: su punto fijo, el lugar desde el cual el resto tomaba coordenadas. Tenía el ticket en el bolsillo. No lo miraba.

La niña apareció sin que Julio la viera venir. Doce años, tal vez once, con esa edad que en las terminales se vuelve borrosa. Le preguntó si tenía monedas con la entonación justa para que sonara espontáneo. Julio le dio un billete de doscientos. Ella lo miró entonces con una atención que no tenía nada que ver con el dinero: la mirada de quien evalúa si un desconocido puede ser útil o puede ser un problema. Había una diferencia entre la niña que pedía y la niña que miraba. No eran la misma.

Se llamaba Romina, o eso dijo. Hablaba con una fluidez que no era conversación sino tránsito: de un tema al siguiente sin que ninguno cerrara, cada frase levemente abierta. Que su mamá estaba en Uruguayana. Que el colectivo de las cuatro nunca llegaba a las cuatro. Julio le compró un jugo. Romina tomaba el jugo y seguía. La manera en que algunos chicos aprenden a ocupar el silencio antes de que el silencio los ocupe a ellos.

En un momento Romina mencionó a un señor que les compraba cosas cuando tenían hambre. Lo dijo al pasar, señalando vagamente los puestos de revistas. Julio miró: un hombre con gafas de marco grueso en un Volkswagen gris estacionado donde no correspondía, mirando el celular. No miraba hacia la terminal. Eso era todo. Y sin embargo algo en esa imagen generó algo que no estaba antes: un patrón que de repente resultaba imposible no ver.

Un hombre se detuvo a tres metros. Llevaba una Contax colgada al cuello y encuadró algo que quedaba justo detrás de donde Julio y Romina estaban sentados. Oprimió el disparador dos veces sin bajar la cámara. La bajó, miró el visor con el ceño fruncido —como si la imagen hubiera capturado algo que el ojo no había terminado de procesar— y siguió hacia los andenes sin decir nada.

Romina lo siguió con la mirada. Luego volvió a mirar a Julio. No dijo nada sobre la foto. La cámara había visto antes que ellos: eso fue lo que Julio entendió después, cuando ya no había nada que hacer.

Entonces Julio los vio a los otros dos. Un varón de unos catorce con mochila rota, caminando despacio cerca de los torniquetes con la cadencia de alguien que simula no tener apuro. Una chica más chica que Romina, quizás nueve años, junto al kiosco de los cigarros, mirando el suelo con la concentración de quien escucha. El varón que podía parecer un pasajero. Romina que podía parecer una hija esperando. La más chica que podía parecer cualquier cosa. El hombre del auto era la capa que no se veía.

El colectivo de Porto Alegre llegó con cuarenta minutos de atraso.

Julio fue a buscar la caja. La encontró ya sobre el mostrador, con su nombre escrito con marcador. Entre el papel de embalaje y el cartón, doblado dos veces, había esto:

FORMULARIO DE DESPACHO / GUIA DE TRANSPORTE Empresa Crucero del Sur  —  línea RS/COR   Origen:          Porto Alegre (RS) — Terminal Rodoviária Destino:         Paso de los Libres (Ctes.) — Terminal Central Fecha despacho:  14/07  —  08:42 hs Bultos:          1 (uno)   Peso decl.: 3,2 kg   Remitente:       COUTINHO, Elza Maria DNI/CPF:         *** *** *** – ** Tel. contacto:   no consignado   Destinatario:    FERREYRA, Julio A. Retira: con DNI en ventanilla   Contenido decl.: ropa usada / artículos personales   Observaciones: Favor entregar personalmente. No dejar con terceros.         No abrir sin presencia del destinatario.  
Nota ms.: «Julio — si los ves cerca de la terminal, llamá  a la policía. No preguntes. Solo hacelo.«   — E. —

Julio leyó el formulario dos veces. La segunda vez no leyó las líneas de arriba.

Elza. El nombre no le decía nada concreto y le decía todo. La nota al pie del formulario había sido escrita antes de que Julio llegara, antes de que Romina le pidiera monedas, antes de que el Volkswagen encendiera el motor la primera vez. Todo lo que había visto en las últimas dos horas era retroactivamente distinto. Él no había llegado a buscar una caja. Había llegado porque Elza sabía que alguien tenía que llegar.

Cuando volvió al banco, Romina no estaba. Tampoco el varón. La más chica seguía junto al kiosco, mirando hacia afuera. Julio se quedó parado con la caja en los brazos y el formulario en el bolsillo, donde antes tenía el ticket. Pensó en llamar a alguien. No supo a quién. No era un delito que hubiera visto, no era una certeza que pudiera probar, no era una historia que pudiera contar sin que sonara a nada. El hombre de las gafas encendió el motor.

J. Noriega

imagen. IA

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