Durante cuatro meses Emilia aprendió a reconocer el sonido de las negativas. Se presentaba a concursos para cubrir cargos que nunca ganaba. Salía de las entrevistas convencida de haber respondido bien y, pocos días después, descubría que el puesto era para otra persona. Todas las mañanas revisaba el celular antes de levantarse. Preparaba clases para cursos que no tenía y volvía a guardar los apuntes en una carpeta cada vez más gastada. Empezaba a sospechar que el título universitario servía menos para enseñar que para esperar.

El llamado llegó un martes.

—¿Podés empezar mañana? Es una suplencia.

—Sí.

—Durará apenas unas semanas.

—No importa.

Importaba. Importaba entrar en una escuela.

Durmió poco. Preparó una clase de presentación y eligió la ropa con un cuidado exagerado. Tenía veinticinco años. Sus alumnos tendrían dieciséis o diecisiete.

Llegó media hora antes.

El edificio era viejo. Las paredes descascaradas dejaban ver el revoque. Varias ventanas tenían los vidrios rajados y una permanecía sostenida por un alambre. El ventilador del pasillo giraba con un ruido metálico.

Pensó que la escuela seguía en pie gracias a quienes la habitaban.

Se detuvo frente a la puerta.

Cuarto año.

Respiró. Entró. Lo primero que vio fue un pene dibujado sobre el escritorio. Después levantó la vista. Había otro en la pared. Otro sobre un banco. Otro debajo del pizarrón. Otro junto al interruptor.

Otro en la ventana. Decenas. Tal vez cientos.

Algunos eran recientes; otros, casi borrados por el tiempo. Firmas, fechas, flechas. Cada promoción parecía haber agregado uno más.

El aula hablaba antes que los alumnos. No hablaba de sexo. Hablaba de una autoridad desgastada, repetida hasta perder sentido.

Miró el curso. Siete estudiantes. Seis varones. Una sola chica, junto a una ventana rota, sostenía un cuaderno sobre las piernas.

Nadie hablaba.

Esperaban. Durante un instante pensó en salir. La suplencia duraría apenas unas semanas. Pero recordó los concursos perdidos.

Había esperado demasiado para abandonar en el primer minuto.

Apoyó la carpeta sobre el escritorio, cubriendo uno de los dibujos.

Respiró.

—Bueno…

Dos chicos sonrieron.

—Veo que este curso tiene un interés bastante específico por la anatomía humana.

Las risas aparecieron enseguida.

No eran burlas.

Eran alivio.

La profesora no había empezado gritando.

—Me llamo Emilia. Es mi primera clase.

El silencio volvió.

—Vamos a hacer un trato. No voy a preguntar quién hizo los dibujos. Sospecho que algunos estaban acá antes de que ustedes entraran a esta escuela.

Las risas regresaron.

El muchacho del fondo preguntó:

—¿También decimos cuál es el nuestro?

—No. Eso ya lo dijeron las paredes.

Hizo una pausa.

—Ahora quiero escuchar algo que todavía no esté escrito.

La primera en hablar fue la chica.

—Me llamo Lucía.

Después habló un muchacho que trabajaba en una gomería.

Otro repetía el año. Otro quería entrar al Ejército. Otro pensaba irse al campo. Mientras hablaban, Emilia dejó de mirar las paredes. Empezó a mirar las caras.

Los dibujos seguían allí.

Las ventanas continuaban rotas. Nada había cambiado. Pero el aula ya no era la misma.

Al abrir el libro de asistencias encontró otro dibujo, pequeño y casi borrado. Comprendió que no pertenecía a ese curso. Había sobrevivido a promociones, profesores y gobiernos.

Cerró el libro. Pensó que el abandono también escribía. Lo hacía sobre las paredes, los muebles y las suplencias eternamente precarias.

Pero, frente a ella, siete adolescentes de dieciséis y diecisiete años seguían diciendo sus nombres. Entonces comprendió que enseñar no consistía en restaurar una autoridad perdida. Consistía en sostener, aunque fuera durante unas pocas semanas, un lugar donde la palabra pudiera volver a ocupar el centro.

J. Noriega

imagen. IA

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