El abuelo comenzó a aparecer una tarde de invierno, antes del anochecer.

Lo vimos frente al ligustro, al fondo del patio. Era una figura inmóvil, delgada, con las manos detrás de la espalda. Al principio pensamos que era un vecino. La luz engañaba y el ligustro estaba demasiado crecido.

Mi madre fue la primera en decirlo.

—Se parece al abuelo.

Nadie respondió.

El abuelo había muerto hacía más de diez años.

Nos quedamos mirando desde la ventana de la cocina. La figura no se movía ni parecía mirarnos. Permaneció allí hasta que oscureció por completo. Después ya no estaba.

Al día siguiente no había nadie frente al ligustro.

No volvimos a hablar del asunto.

El sábado, antes de su cumpleaños, apareció otra vez. Esta vez éramos tres los que lo vimos. Estaba en el mismo lugar, aunque más borroso, como si sus contornos se deshicieran contra las ramas. Reconocimos la postura, la cabeza ligeramente inclinada, incluso el saco oscuro que usaba durante los inviernos.

Mi hermana abrió la puerta.

—Abuelo.

La figura levantó lentamente la cabeza.

Mi hermana cerró la puerta.

Desde entonces comenzó a aparecer de vez en cuando. Nunca durante el día. A veces frente al ligustro; otras, junto al árbol del fondo. Una noche lo vimos detrás de la ventana del comedor, aunque para llegar hasta allí habría tenido que atravesar la casa.

Nunca entraba. Nunca hacía ningún gesto. Simplemente aparecía.

Con el tiempo dejamos de hablar de él. Quizás porque nombrarlo parecía acercarlo.

Pero una semana atrás empezó la voz.

La escuchamos a las tres de la mañana. Era baja, gastada, y venía del patio.

Decía mi nombre.

Me levanté y encendí la luz. No había nadie.

Al día siguiente mi madre dijo que también la había escuchado. Mi hermana no dijo nada.

Esa noche volvió.

Pronunció el nombre de mi hermana.

La tercera noche dijo el de mi madre.

Después guardó silencio durante varios días.

Hasta ayer.

Ayer habló desde el otro lado de mi puerta.

—Abrime.

Reconocí la voz del abuelo.

—Soy yo.

No abrí.

Sentí una mano apoyarse sobre la madera. La puerta crujió.

—Hace frío afuera.

No respondí.

Esta tarde volvió a aparecer frente al ligustro. Pero ya no estaba junto a las plantas. Estaba al comienzo del sendero, mucho más cerca de la casa.

Mi madre cerró las ventanas. Mi hermana se encerró en su habitación. Yo me quedé en la cocina.

Hace unos minutos escuché tres golpes sobre el vidrio. No venían de la puerta. Venían del patio. Tres golpes lentos.

Después la voz:

—No se acuerdan de mi cumpleaños.

Hoy es su cumpleaños. Mi madre acaba de entrar en la cocina. Está pálida. Me preguntó qué estoy escribiendo. Le dije que sobre el abuelo.

Me miró sin entender.

—¿Qué abuelo?

Antes de que pudiera responder, escuchamos nuevamente la voz. Esta vez no venía del patio.

Venía del pasillo.

—Tengo frío.

Nos quedamos inmóviles. Mi madre fue hasta la ventana. Yo la seguí. El abuelo estaba frente al ligustro. Pero ahora estaba más cerca. Ya no podía distinguir dónde terminaba su cuerpo y dónde comenzaba la oscuridad. Solo se veía la cara, pálida y quieta, mirando directamente hacia nosotros.

Entonces escuchamos un ruido detrás de la puerta de entrada. Una silla arrastrándose. Una vez. Después otra. Mi madre dejó escapar un grito. Yo conocía ese sonido. Era el ruido de la vieja silla de madera del abuelo cuando alguien la movía sobre el piso. Nadie había entrado. La puerta seguía cerrada.

Entonces recordé algo que nadie había mencionado en diez años. El abuelo no había muerto en el hospital. Había muerto solo, en su casa, durante una noche de invierno.

Lo encontramos tres días después, sentado en aquella silla. Mi madre todavía está mirando hacia el patio. Yo acabo de comprender por qué el abuelo siempre aparece antes del anochecer.

No viene a visitarnos.

Viene a esperar que alguien lo deje entrar. Y esta noche la silla está dentro de la casa.

J. Noriega

imagen. IA

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