No quería perderse el almuerzo. Eso, para Anita, era un lujo.

Por eso, mientras corría hacia el comedor de la escuela, llevaba todavía en la cabeza la voz de su madre:

—Pero no llegués tarde.

Había sido un fin de semana largo. En la casa no había quedado mucho. El domingo a la noche habían cenado mate cocido y pan. La madre había dicho que el lunes comía en la escuela y que después veían.

Anita llegó tarde igual. Mal.

Cuando entró, las otras gurisas ya estaban terminando. Algunas juntaban los platos; otras se reían con la boca todavía llena. Las cocineras iban de un lado para otro, apuradas por levantar las fuentes.

Anita se quedó junto a la puerta.

—¿Quedó algo?

Una de las cocineras levantó la vista.

—Justito llegaste, m’hija.

Sintió que se le aflojaban las piernas.

En una mesa del fondo había un lugar vacío. Se sentó. Le sirvieron guiso, todavía humeante, y le alcanzaron un pedazo de pan. Mientras esperaba que se enfriara, vio un periódico abierto sobre la mesa.

El título ocupaba media página:

ENTRE RÍOS LIDERA EL TRANSPORTE FLUVIAL DE GRANOS DEL PAÍS: CONCENTRA NUEVE DE CADA DIEZ TONELADAS.

Anita empezó a leer.

718.301 toneladas.

89 por ciento.

Récord.

No sabía bien qué era el cabotaje. Tampoco entendía cómo podía viajar tanta cosa por el Paraná. Pero algunas palabras las conocía: granos, puertos, barcos, trabajo.

Más abajo aparecía una foto de un barco enorme cargado de cereal.

El barco parecía una casa acostada sobre el agua, con la bodega abierta y una montaña amarilla adentro. Anita lo miró un rato. Pensó en cuántos paquetes de fideos podrían entrar allí. Después imaginó bolsas de harina, bolsas de arroz, cajones, todo junto. Le parecía imposible.

Pensó también en los puertos. Había pasado alguna vez cerca de uno con su madre. Recordaba las grúas, los camiones y el ruido metálico. La madre le había dicho que de ahí salían cosas para lugares muy lejanos. Anita no había preguntado cuáles. Le alcanzaba con saber que salían.

Imaginó que debía pesar muchísimo, todavía sin entender del todo.

Una tonelada eran mil kilos. Eso lo sabía.

Mil kilos. Miró el plato. Después volvió a mirar la cifra.

Intentó imaginar 718.301 toneladas. No pudo. El número se le desarmaba en la cabeza, demasiado grande para tener forma.

En cambio, pudo imaginar el paquete de fideos que su madre había guardado para el martes. La mitad de una botella de aceite. El pan de la noche anterior. Eso sí podía medirlo.

La compañera de enfrente se levantó.

—Dale, comé que se enfría.

Metió la cuchara.

Siguió leyendo.

El artículo hablaba de desarrollo. Decía que Entre Ríos tenía una oportunidad, que sus ríos podían permitir más movimiento, menores costos, más producción y nuevos empleos.

Anita se detuvo en una frase:

Mover más no es lo mismo que desarrollarse más.

La leyó dos veces. No sabía exactamente qué quería decir. Pero la frase le quedó dando vueltas.

Afuera pasó un camión y las ventanas vibraron apenas. Desde la cocina llegaba el ruido de los platos. Alguien llamó a una gurisa desde el patio.

Pensó en el río.

Lo había visto muchas veces, marrón y ancho, moviéndose despacio detrás de la barranca. Había barcos grandes y barquitos chicos. El agua seguía, aunque una no supiera adónde iba.

Moverse. Eso sí lo entendía.

Terminó el guiso. Limpió el plato con un pedazo de pan. Después quedó mirando el que todavía tenía en la mano.

Las otras gurisas ya salían al patio. Anita guardó el pan en el bolsillo del guardapolvo. Lo hizo sin pensarlo demasiado.

Salió detrás de las demás. El pan quedó contra su pierna, tibio todavía.

No era mucho. Pero era para mañana.

J. Noriega

imagen. IA

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