Estaba en el borde de la plaza, respirando hondo, como si pudiera beber la noche con los pulmones.

La multitud avanzaba lentamente. Era un oleaje de cuerpos, banderas y voces que todavía buscaban una palabra capaz de reunirlas. Las banderas pesaban bajo el aire quieto y, por momentos, parecían inclinarse no ante alguien, sino ante algo que estaba por suceder. La ciudad tenía un pulso antiguo, un pulso de raíz: algo más viejo que la historia y, sin embargo, más tierno que el grito.

Entonces apareció.

Surgió como surge alguien cuando uno vuelve a mirar después de un parpadeo y descubre que ya estaba allí.

Era un caminante. Esbelto, de barba leve, piel cetrina, pelo largo y oscuro. Parecía salido de un retrato barroco cuyo nombre nadie recordaba. Vestía sin particularidad, aunque había en él algo fuera de época, no exactamente en la ropa sino en la manera de ocupar el espacio.

Llevaba dos libros bajo el brazo.

Los reconocí enseguida: los Evangelios y Así habló Zaratustra.

Los sostenía con una delicadeza extraña, como si llevara dos pájaros heridos.

Pasó entre la gente sin que nadie pareciera verlo.

Yo sí.

O quizá fui yo quien apareció en su camino.

Se detuvo frente a mí.

—Amigo —dijo.

No preguntó mi nombre.

Después añadió:

—El ser no es una idea. Es tránsito. Caminar.

Y comenzó a caminar.

Lo seguí.

Durante unos minutos atravesamos la plaza sin que ninguno de los dos pareciera formar parte de ella. Las voces llegaban desde lejos, aunque estábamos en medio de la multitud. Las banderas se movían detrás de nosotros como si pertenecieran a otra corriente de aire.

Me habló de sus viajes.

París, dijo, no había sido para él una ciudad sino un método. Caminar por sus calles era atravesar umbrales. Una calle llevaba a otra, una lectura a otra, una pregunta a otra. Había leído tanto que, en algún momento, leer y caminar eran en él la misma acción.

—Pensar también es desplazarse —dijo.

Entonces hablamos de Spinoza.

Simplemente apareció entre nosotros, como si hubiera estado esperando desde antes de que comenzáramos a hablar. Coincidimos en que el filósofo del Deus sive natura debía ser nuestro amigo.

La palabra quedó suspendida.

Amigo.

Nos dio risa.

Queríamos hablar con Spinoza. Preguntarle por la música de los axiomas, por esa extraña ternura que podía esconderse en una definición, por la sustancia y sus infinitos modos, por la manera en que una geometría podía contener una vida.

El caminante habló de la Ética demostrada según el orden geométrico. Pero no explicó nada.

No necesitaba hacerlo.

Seguimos caminando.

En algún momento levantó uno de los libros. Era el Evangelio de Tomás.

Lo sostuvo entre las manos, sin abrirlo.

—No busques en los templos —dijo—. Lo que está oculto no se dice.

—¿Dónde se encuentra entonces?

Me miró.

—Se vive.

La plaza continuaba detrás de nosotros. Todo seguía ocurriendo. Pero algo había cambiado. No en la plaza, sino en nuestra relación con ella.

Por un momento creí que ya no estaba. Después apareció unos metros más adelante.

No había desaparecido: se había transportado.

Lo alcancé.

Caminamos todavía un poco. No hablamos más.

Al despedirnos no hubo promesas ni revelaciones. Sólo un abrazo. Un abrazo sencillo. Como el de dos que se reconocen sin saber de dónde.

Después se alejó.

Lo vi perderse entre la multitud. Después ya no pude distinguirlo.

Miré alrededor.

Nadie parecía haberlo visto.

Era la mañana del 11 de septiembre de 2001.

Cerca del mediodía.

J. Noriega

imagen. IA

——————————–

Para suscribirte con $ 1500/mes a LNd hace click aquí

Tendencias