Mencho salió lector de gurí, como salen algunas cosas del campo: sin anuncio, sin padrinos y sin que nadie sepa muy bien para qué sirven.
A los nueve años ya había leído todo lo que encontró en la casa de sus padres. Después vinieron los libros prestados, los que llegaban en la camioneta del almacenero, los que le daba un maestro jubilado de la escuela rural. Leía de noche, a la luz de un foco que atraía insectos contra el vidrio. Leía mientras esperaba que terminara de hervir el agua para el mate y, algunas veces, mientras cuidaba las ovejas.
Tenía una memoria extraordinaria. No repetía los libros: los llevaba de un lado a otro, como quien lleva una herramienta en el bolsillo. Podía recordar una página años después, pero también podía equivocarse en una palabra que conocía perfectamente. Era como si, al salir de su cabeza, algunas palabras tomaran un camino equivocado.
En el pueblo lo llamaban Mencho porque nadie se ocupaba de saber su nombre completo. Tampoco se ocupaban demasiado de saber qué sabía.
—Es medio quedado —decían.
Y como era callado, no discutía. Como trabajaba despacio, decían que era vago. Como a veces se quedaba mirando una frase escrita en un papel durante varios minutos, decían que no entendía. Nadie sospechaba que estaba pensando en otra cosa, o que una palabra acababa de hacerle una mala jugada.
Su condición rural le cerró las puertas que después otros llamarían oportunidades. No hubo universidad, becas ni congresos. Cuando llegó la hora de buscar trabajo, consiguió lo que conseguían los muchachos como él: campo, galpón, changas. La lectura quedó como una costumbre privada, casi una rareza.
Hasta que un profesor de la secundaria, muchos años después, descubrió que Mencho sabía de Borges más que cualquiera en la universidad.
Lo invitaron entonces a hablar en una biblioteca municipal. Había unas treinta personas. Mencho preparó unas hojas durante varios días. Escribió citas, fechas, nombres. Subrayó algunas frases. La noche anterior leyó en voz alta frente al espejo.
Todo salió bien hasta llegar a aquel título.
Lo había visto cientos de veces.
Pero en el momento de decirlo, hizo un furcio.
—El jardín de los bifurcos que se senderan.
Hubo un segundo de silencio.
Después alguien soltó una carcajada.
—¿Cómo?
Mencho miró sus hojas.
Allí estaba escrito correctamente: El jardín de senderos que se bifurcan.
—Eso —dijo—. Eso quise decir.
Pero ya era tarde.
Otro repitió:
—El jardín de los bifurcos que se senderan.
La sala volvió a reírse.
Mencho siguió hablando. Explicó el cuento, habló de Ts’ui Pên, del laberinto, del tiempo y de las distintas posibilidades. Durante noventa minutos demostró que había leído a Borges con una atención que ninguno de los presentes podía discutir.
Pero nadie recordó nada de eso.
Al día siguiente, en el almacén, ya circulaba la frase.
—¿Supiste lo de Mencho?
—¿Qué?
—Los bifurcos que se senderan.
La noticia llegó al club, a la carnicería y hasta al taller mecánico. Durante semanas, cada vez que alguien se equivocaba al hablar, otro le preguntaba si no estaría pensando en “los bifurcos que se senderan”.
Mencho se lo tomó con resignación.
Lo peor fue que el episodio empezó a modificar su nombre.
Primero fue Mencho, el lector.
Después, Mencho, el que sabía de Borges.
Finalmente quedó Mencho, el de los bifurcos.
Un domingo, varios años más tarde, el mismo profesor lo volvió a invitar a hablar. Mencho aceptó.
Había más gente que aquella primera vez.
Antes de comenzar, miró las hojas.
El título estaba escrito en letras grandes:
El jardín de senderos que se bifurcan.
Respiró.
Levantó la vista.
—Buenas tardes. Hoy voy a hablar sobre Borges y su cuento…
Hizo una pausa.
—El jardín de los bifurcos que se senderan.
La sala estalló en carcajadas.
Mencho también se rio.
Esta vez no corrigió nada.
—Bueno —dijo—. Ya que vinieron por eso, tendrán que escucharme por lo demás.
Y empezó a hablar de Borges.
J. Noriega
imagen. IA














