A las 6:30, Juan y Mario llegaron a la escuela como cada mañana. Hacía quince años que trabajaban como ordenanzas. Todavía era noche. El cielo conservaba un azul profundo y los faroles apenas iluminaban el frente del edificio. Los árboles permanecían inmóviles.
Juan giró la llave del portón. El sonido del hierro atravesó el patio vacío. El eco tardó en apagarse. Después volvió el silencio.
Entraron sin hablar. Juan abrió la puerta principal. Los tubos fluorescentes del hall parpadearon antes de encender. La luz alcanzó apenas los primeros metros del pasillo. Más allá, la oscuridad seguía intacta, azulada, como si la noche hubiera quedado dentro de la escuela.
—Voy a abrir el taller.
—Yo busco un trapo.
Juan tomó las llaves y dobló hacia el fondo. Mario caminó solo por el pasillo principal. Sus pasos regresaban desde las paredes con un leve retraso. Cada eco parecía durar un instante más de lo normal.
Llegó al depósito. Abrió la puerta, buscó el canasto y se inclinó para sacar un trapo.
Cuando volvió a levantarse, la vio.
Una niña corría al final del pasillo.
Tendría siete u ocho años. Llevaba un guardapolvo blanco antiguo. Corría sin apuro, con una serenidad extraña. La luz no venía del techo ni de las ventanas. Nacía alrededor de ella. Una claridad dorada envolvía su cuerpo y dejaba detrás una estela suspendida unos segundos antes de desaparecer.
Todo lo demás permanecía bajo la penumbra azul.
Mario no pudo moverse.
No se oían pasos. No se oía la respiración. Sólo el zumbido lejano de los fluorescentes.
La niña avanzó unos metros y giró lentamente la cabeza. Demasiado lentamente. Quedó de frente.
Sonreía.
Los ojos eran completamente negros.
La sonrisa comenzó a abrirse. El rostro cambió sin producir sonido. La boca siguió abriéndose hasta revelar una oscuridad imposible.
Mario dejó caer el balde.
El estruendo recorrió el edificio.
—¡Mario! —gritó Juan desde el taller.
No hubo respuesta.
Juan salió al pasillo y encontró a su compañero inmóvil.
—¿Qué pasó?
—La… la nena…
Juan miró.
No había nadie. Sólo el pasillo vacío, las puertas cerradas y la luz blanca de los fluorescentes.
Revisaron las aulas, la biblioteca, la cocina, los baños y los depósitos. No encontraron rastros. Las puertas seguían cerradas desde el día anterior.
A las siete y media llegaron los docentes. Mario contó lo sucedido. Algunos sonrieron; otros hablaron del cansancio o de una sombra confundida con la oscuridad.
Revisaron las cámaras.
La grabación mostraba a Mario caminando solo por el pasillo. Al llegar al depósito se detenía de golpe y permanecía inmóvil durante casi un minuto mirando hacia el fondo.
No aparecía ninguna niña. Ninguna luz. Nada.
Mario dejó de insistir.
Cerca de las diez llegó Elena. Había sido bibliotecaria durante casi veinte años. Mientras esperaba en rectoría escuchó la conversación.
—¿La viste correr? —preguntó.
Mario asintió.
—¿Tenía guardapolvo blanco?
Volvió a asentir.
—¿Y una luz alrededor?
—Sí.
Elena permaneció en silencio.
—Entonces era ella.
Nadie habló.
—Hace 30 años desapareció una alumna de segundo grado de la primaria que está a la vuelta. Fue una tarde de invierno. Salió durante el recreo y nunca volvió al aula. La buscaron durante días. Revisaron cada salón, cada depósito y cada patio. Nunca encontraron una huella. Nunca apareció un cuerpo.
Mario preguntó:
—¿Cómo se llamaba?
Elena intentó responder.
No pudo.
Recordaban la desaparición. Recordaban la búsqueda. Recordaban el invierno. Pero el nombre había desaparecido.
Entonces una risa infantil recorrió el pasillo. Todos giraron. No había nadie. Sólo el eco.
Juan caminó hasta el aula. La puerta permanecía cerrada. Sobre el vidrio apareció lentamente la marca de una mano pequeña, apoyada desde el otro lado. Cinco dedos.
Inmóviles.
Cuando llegó hasta la puerta, la mano ya había desaparecido. En el vidrio quedó escrita una única frase:
NO ME OLVIDEN.
J. Noriega
imagen. IA














