Conocí a Orlando Calgaro a principios de los 70. Él ya era un abogado con experiencia, tenía varios años más que yo, que aun no había terminado la carrera de abogacía pero ya iba a Tribunales y hacía algunos trabajos menores. Escribe Edgardo Zotto.
Conocí a Orlando Calgaro a principios de los 70. Él ya era un abogado con experiencia, tenía varios años más que yo, que aun no había terminado la carrera de abogacía pero ya iba a Tribunales y hacía algunos trabajos menores.
A principios del 74, apenas recibido, nos empezamos a tratar asiduamente, ya que ambos defendíamos asegurados de distintas compañías, es decir intereses contrapuestos. En los expedientes y en las audiencias nos enfrentábamos, pero después nos íbamos al café del Colegio de Abogados y ahí sólo hablábamos de política o literatura.
Siempre hubo un puñado de colegas a los que nos interesaba la literatura, y a los más marginales, sobre todo, la poesía. El círculo de la política era más amplio y los dos militábamos en distintos grupos dentro del gran paraguas del llamado movimiento nacional y popular.
En esa época él era dueño, responsable y único empleado de la Editorial La Ventana, que funcionaba en su estudio jurídico, en Corrientes 811, en una especie de subsuelo, lugar muy adecuado para su estilo y los intereses culturales que nos acercaban. En el lugar había tantos libros de derecho como de poesía y cuadros de pintores argentinos que después fueron valiosos. En esa época yo leía a Leónidas Lamborghini, Francisco Urondo, Francisco Madariaga y Juan L. Ortiz entre los argentinos y por Orlando me acerqué a otros autores que conocía pero en los que no me había detenido, como Edgar Bayley, Raúl Gustavo Aguirre y Rodolfo Alonso, a los que editó en La Ventana, como editó a Beatriz Vallejos.
Un tiempo después se creó el Ateneo Arturo Jauretche, del cual Orlando fue el alma mater y donde participamos un grupo numeroso de gente, con gran presencia de jóvenes. Esa agrupación era de carácter político, pero puso un fuerte acento en los temas culturales e intervino en los debates importantes de la época. Además acercó a hombres y mujeres del pensamiento nacional. En plena dictadura seguimos trayendo a gente como Norberto Galasso, Fermín Chávez, José María Castiñeira de Dios, Alcira Argumedo y a escritores como Joaquín Gianuzzi, que ya era un grande, pero no había sido reconocido como lo fue después.
Además se organizaban otras actividades como un homenaje a la acción antiimperialista de la Vuelta de Obligado, en el lugar de los hechos, visitas a la casa de Juanele en Paraná, que recibía a todos con su infinita amabilidad. En fin, una permanente movida e intervención en el campo cultural y político, que dejó huellas en la actividad futura de mucha gente.
De esa época, ya en lo personal recuerdo nuestras largas charlas en su estudio, sobre poesía. Además de los argentinos y de algunos amigos de Rosario, él ya había editado a poetas de la talla de Salvatore Quasimodo o Eugenio Montale y ensayos de Martin Heidegger sobre lo poético. Orlando era uno de los pocos que sabía que yo escribía, y me impulsaba a mostrar lo que hacía y a publicar. Siempre que llegábamos a ese tema, yo cambiaba de conversación. Pensaba que no estaba preparado, que no era el momento. Muchos años después de su muerte, cuando en 1998 publiqué mi primer libro, Memoria de Funes, a instancias de otro gran poeta, Arturo Carrera, puse el nombre de Orlando Calgaro, junto al del psicoanalista Ariel Castagnani —al que también le debo mucho— entre los agradecimientos in memoriam. Mi memoria rara, esquiva, llena de huecos, hoy los trae a los dos, que siguen estando a mi lado.
Fuente: http://www.lacapital.com.ar/senales/-20080810-5024.html
(La Nota digital)













