El temporal que azotó Paraná no solo dejó calles anegadas y viviendas destruidas; dejó al descubierto una realidad persistente: la invisibilidad de quienes viven en los márgenes urbanos. Las lluvias intensas transformaron barrios vulnerables en zonas de emergencia, recordándonos que la tragedia no comienza con el agua, sino con la desigualdad previa. Cuando el territorio no está planificado y las casas se levantan en áreas de riesgo, la catástrofe no es un accidente aislado, sino el resultado de una acumulación de carencias que durante años permanecen fuera del debate público y de las prioridades institucionales.

La historia de la familia Barrios sintetiza ese drama social. La pérdida de Patricia Mena y su hija Kiara no puede reducirse a una estadística climática. Detrás del dolor hay una familia que habitaba una vivienda precaria, como tantas otras, expuesta a un entorno vulnerable. La fuerza del agua no discrimina, pero sus efectos sí revelan desigualdades profundas. Las casas más frágiles suelen estar en los lugares más riesgosos, donde faltan obras hídricas, infraestructura adecuada y políticas sostenidas de integración urbana. Allí, la naturaleza golpea con mayor crudeza.

En medio de la tragedia, la comunidad respondió con solidaridad. Vecinos, voluntarios y equipos de rescate trabajaron unidos durante días, sosteniendo la esperanza en la búsqueda. Esa reacción colectiva demuestra que la sociedad conserva un tejido de empatía capaz de activarse ante la adversidad. Sin embargo, la solidaridad, aunque imprescindible, no puede reemplazar la responsabilidad estructural del Estado. El acompañamiento humano alivia el dolor inmediato, pero la prevención requiere planificación, inversión y políticas públicas que reduzcan la exposición al riesgo antes de que llegue la próxima tormenta. También exige compromiso, políticas urbanas y una mirada sostenida sobre los sectores históricamente olvidados.

La frase del padre —“Tenemos que seguir porque ellas lo hubieran querido así”— expresa una dignidad conmovedora. En esas palabras hay resistencia, amor y voluntad de reconstrucción. Seguir adelante es un acto íntimo, pero también social. La familia necesita un nuevo hogar, estabilidad para los gurises y condiciones que permitan retomar la rutina escolar. Sin embargo, esa reconstrucción no debería depender únicamente del esfuerzo individual. La comunidad puede acompañar, pero las instituciones deben garantizar que el derecho a la vivienda segura no sea un privilegio ni una excepción, sino una base mínima de ciudadanía efectiva.

Paraná enfrenta ahora un desafío mayor que el barro en las calles: reconocer que la invisibilidad de los marginados es una deuda colectiva que se repite en cada emergencia. Cada inundación vuelve a mostrar las mismas fracturas sociales y urbanas. La solidaridad es un puente imprescindible en el momento del desastre, pero la justicia social es el verdadero cauce que debe contener el desborde. Recordar a las víctimas implica también transformar las condiciones que hicieron posible la tragedia, fortaleciendo políticas de vivienda, infraestructura y prevención. Solo así el “seguir” dejará de ser mera supervivencia y se convertirá en un compromiso compartido para habitar un lugar más humano para vivir.

J. Noriega

foto. DLN

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